Claveles rojos y espigas de trigo. Pequeñas réplicas de San Cayetano en altares, cargadas en brazos y en cuadros. En medio de un cordón de seguridad, los devotos del santo del pan y el trabajo cargaron su imagen y le rindieron culto con una procesión y una misa en la plaza España. 
Jóvenes, familias e incluso abuelos llevaron sus agradecimientos y pedidos, que recibió el vicario de la arquidiócesis de Salta, Dante Bernacki, antes de comenzar la misa. A cargo de hablarles a los fieles tras la procesión, el religioso destacó la devoción al santo del trabajo, y recordó que “los santos son los amigos de Jesús, porque siguen su ejemplo y su labor”.


Durante la ceremonia, Bernacki impulsó a los que están sin trabajo a no perder la esperanza ni desanimarse. “No hay que bajar los brazos. Cuando parece que se pierden las esperanzas, hay que confiar en Dios”, rescató el religioso. 
“Tenemos que pedirle a nuestro santo para que nuestro país sea el que queremos. Hay que pedir para que tengamos menos planes sociales y más trabajo. Para que los niños dejen de comer en los comedores sociales y coman en sus casas, con la contención y el amor de sus familias”, expresó Bernacki, minutos antes de llamar a todos a rezar la oración Padre Nuestro. 
Mientras, sobre las avenidas y calles que circundan la plaza España, e incluso a cuatro cuadras de distancia, los puestos y carros de los vendedores ofrecían bollos, tortillas a la parrilla, manzanas y frutillas confitadas, además de dulces tradicionales de Catamarca como rosquetes, turrones de miel de caña y caramelos. 

 

Los puesteros le rindieron honores al santo trabajando y buscando la forma de llevar una moneda más a sus casas. Al finalizar la misa, los creyentes despejaron la plaza y tomaron la avenida Entre Ríos, donde solo algunos compraron los productos que se ofrecían en cantidad y a precios accesibles. 
Silvia Tolaba fue una de las creyentes que hizo la novena, la procesión y escuchó la misa ayer a la tarde. La mujer tuvo la posibilidad de acercarse a la imagen de San Cayetano y hacerse de un par de claveles y unas varas de trigo.
Mientras el resto de los devotos dejaba la plaza, Silvia se tomó unos minutos para envolver su tesoro junto a la réplica del santo que llevaba protegida con una mantilla tejida. 
“Esta imagen la tengo en el salón de la peluquería. Gracias a él no me falta el trabajo y logro mantener a mi familia”, expresó complacida. 

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Sección Editorial

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