Acusaron a la médica de robar un gallo y un santo

A mediados de la década del 80 ocurrió un caso bastante curioso y que causó un gran revuelo en Rivadavia Banda Sur. Por esa época el secretario de Salud, Enrique Tanoni, designó como médica de la zona a una joven mendocina recién recibida. Bajita ella, con cara niña y una sonrisa a flor de piel.

Muchos ya la conocían porque desde su época de estudiante visitaba el lugar como misionera y colaboraba en el centro de salud. Como tantos médicos foráneos que por esos años arribaron a la provincia cuando el Gobierno de Roberto Romero puso en marcha el plan de Salud Rural “Ramón Carrillo”, la doctora Ely se sumó a esa patriada con mucho compromiso, sobre todo con los aborígenes. En los tiempos libres dictaba clases de catequesis en la iglesia, que estaba abandonda por falta de párro co.

Una mañana escuchó que alguien golpeó con fuerza las palmas de las manos en la puerta de su casa. Era el comisario Sanguino, al que apodaban “Mortadela”, quien llegó con los dos únicos agentes que tenía a su cargo. El pueblo era tranquilo y las pocas veces que pasaba algo recién los sabuesos se acordaban de la pistola, las esposas y de poner cara de circunstancia. “Doctora, vengo a detenerla”, disparó a modo de saludo. A la médica se le aflojaron las coyunturas y se le borró la sonrisa eterna que la identificaba. “¿Por qué me va a detener?”, interrogó nerviosa. El comisario le explicó que un vecino la denunció por el robo de Epifanio, un gallo colorado cola negra de su colección. Según el damnificado, las gallinas de su corral estaban de “duelo” y lo que más le preocupaba era que habían iniciado una huelga en la producción de huevos por la ausencia del gran semental. 

La doctora Ely le dijo que al gallo lo había comprado de “buena fe” a un aborigen. “¿Y quién es el maula?”, preguntó el comisario, mientras blandía la fusta. La médica pensó que no podía delatar al wichi porque sabía que “Mortadela” tenía fama de azotar a los ladrones. Le respondió que no recordada quién era. Mintió. El que le vendió el gallo fue “Pájaro Loco”, un originario que tenía antecedentes en esta lides. Don Sanguino se puso quisquilloso y para ponerla en apuros le hizo saber cuáles eran las penalidades para quien compra cosas robadas, y le aclaró que el asunto se agrava para quien incurre en el delito de “encubrimiento”. A pesar de ello, la doctora decidió no entregar a quien la metió en este entuerto. “La ley es la ley”, vociferó el comisario y ordenó a sus agentes que la detuvieran. La parte introductiva del sumario que envió a sus superiores rezaba: “En cumplimiento de mi comprometida labor como jefe de esta unidad informo que procedí a la detención de la médica de este pueblo por el robo de un gallo a un pobre vecino”. 

Para la profesional todo se complicó cuando saltó el antecedente de que el año anterior había sido denunciada por la desaparición de una imagen de San Nicolás de Bari que alguien dejó en el altar de la iglesia, de la cual ella era la única que tenía las llaves. El caso se aclaró cuando la doctora demostró que al santito lo había guardado en la sacristía. Sin embargo para el comisario, que a toda costa quería ganarse un galón, ese antecedente reforzaba su teoría de que era cómplice del robo de Epifanio.

La gente, indignada, armó una pueblada y exigió a viva voz su libertad. La cosa se agravó con la llegada de hombres de las comunidades armados con flechas venenosas. El líder de la “movida” fue “Pajaro Loco”, en gratitud a la médica por no haberlo delatado. “Mortadela” se vio en figurilla y liberó a “dotorita”. Pero como alguien tenía que quedar preso, se le ocurrió la “maravillosa” idea de meter en el calabozo al inocente gallo. Y para hacer “justicia” impuso a la doctora la obligación de alimentar a Epifanio con un kilo de maíz diario, limpiar la celda y llevarle una “pollita” cuando lo necesitara.

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