Rosario de Lerma
Doña Estela lleva 56 años tejiendo ponchos de calidad
Por diferentes países y provincias se desperdigaron los ponchos realizados en su telar. Dice que sigue haciendo ponchos porque sus manos están bendecidas.

Las manos primorosas de doña Estela han confeccionado alrededor de 5 mil ponchos salteños de delicada trama y armonía. Su tejido ha llegado a diferentes puntos del mundo, como Francia, Italia, China, Japón y Brasil.

El papa Juan Pablo II tenía uno de estos ponchos tejidos bajo los horcones clavados a un costado de un mandarino y un horno de barro, que custodian a María Estela Moreno de Sandón en su casa de Rosario de Lerma.

Algunos la llaman La Patrona del Telar, como doña Paula Albarracín, madre del presidente Sarmiento, que supo hacer del trabajo tesonero una virtud. Junto a Tito, su marido, fallecido este año, compartieron 56 años de una vida pródiga de anécdotas.

Cumplieron con tener una familia con tres hijos, 8 nietos y 4 bisnietos. Su sueño fue vivir para hacer ponchos en su telar criollo. Esa máquina rústica ubicada en el patio del fondo de su casa, cuyo sustento abrochó el bienestar de esta familia desde la década del 80, aunque ella ya los confeccionaba para la venta desde que se casó en el 1962.

Una cordialidad innata

Estela tiene 78 años. Su sonrisa es dulce y su charla es siempre cordial. Sus hermosos ojos verdes resaltan la figura de esta catamarqueña, devota de la Virgen del Valle, y nacida y criada en Belén de la provincia mencionada.

"Cuando me casé con Tito, yo ya hacía ponchos, porque mi papá, José, los hacía. De chica mis manos saben de telares y de trabajo", cuenta la famosa tejedora. Un día, allá por el año 1979 apareció por su casa monseñor Mariano Pérez, quería conocer a la mujer de los ponchos: "Entró a mi casa y bendijo mis manos", recuerda y levanta sus manos Estela y dice "ahí está la respuesta al por qué sigo haciendo ponchos a mi edad".

Conversa, apoya sus pies en los pedales del telar y retoca la faz de la urdimbre, a donde se tensa el tejido tendido horizontal sobre el catre. Espera el mate tradicional que le acerca su hija Julia Eustaquia, mientras la radio impone el folclore de la tarde. En este pequeño espacio, doña Estela, alcanza a recordar a quienes vinieron a visitar su sencillo telar hogareño.

"Jorge Rojas me encargó cuatro ponchos, eran para un conjunto folclórico de Córdoba; otro día vino Rubén Ehizaguirre, de Los Nocheros, y hasta don Roberto Romero me llevó un poncho grande. Al papa Juan Pablo II le mandaron uno mío. Desde la década del 70 que hago ponchos con mi marido. El ya no está, pero sigo como puedo, aunque su recuerdo es imborrable para mí", desliza con nostalgia.

Emprendedores de otros tiempos

Hace una pausa y sus hermosos ojos brillan aún más con un brote de una lágrima. Su voz no se pierde, la mujer saca coraje a pensar de su edad y sigue el relato. "Con mi marido, apenas nos casamos allá por el año 1962, pusimos una academia de redacción comercial, Tito era secretario comercial y telégrafo. En esos años no era cualquier cosa".

"Recorrimos mucho Jujuy y Salta. Un día entró a trabajar a la empresa que construía el embalse del Cabra Corral. Quedó como encargado de pagar a todo el personal. Mientras, que yo seguía haciendo ponchos. Compramos nuestra casa, aseguramos a nuestros hijos y un día dijimos, que íbamos a trabajar los dos juntos haciendo ponchos o nada. Mi marido se retiró del trabajo y nos dedicamos a esto. Fueron cinco décadas de hacer ponchos juntos".

Una marca registrada

Los ponchos de lana de oveja, las mantas, runas y chales de oveja, vicuña, guanaco, alpaca o llama, tienen la marca registrada de Estela. Su amor ha sido el secreto de esta fórmula prodigiosa para confeccionar ponchos. En los mejores tiempos dice que confeccionó hasta tres por semana. Hoy, en su telar tiene uno grande de color rojo sangre de toro en espera. Nunca deja de explicar sobre la importancia de la guarda y los flecos negros del poncho salteño. Menos, de destacar el moño en el cuello, como señal de luto por la muerte del general Martín Miguel de Gemes.