Puso cara de lástima y llevaba una pesada carga

Hasta hace unos 20 años muchos jerarcas de la Policía de Provincia sostenían con “orgullo” que la institución no estaba contaminada con la delincuencia. Los que siempre sacaban “chapa” con eso eran dos comisarios que dejaron su marca registrada como conductores de la fuerza.

Ellos sostenían que desde que el coronel Yago Luis de Gracia había barrido a la corrupta “banda de comisarios”, en los últimos años del proceso, la Policía se había puesto las “pilas”, sobre todo a partir del advenimiento de la democracia. Más allá de algunos casos esporádicos que no dañaron a la institución, el punto de inflexión lo marcaron dos oficiales que planificaron el robo de una importante suma de dinero destinado al pago de sueldos de los empleados del Ministerio de Bienestar Social.

Sin embargo, el momento bisagra en el sentido de que las cosas no eran como lo sostenían aquellos nostálgicos jefes, ocurrió en 2003 cuando un comisario de la Dirección de Drogas Peligrosas fue sorprendido con un cargamento de 50 kilos de cocaína en el norte de la provincia. Con ello quedó en evidencia que los poderosos tentáculos del narcotráfico habían logrado perforar las simientes de la fuerza para contaminar luego a algunos de sus cuadros estratégicos. El hecho de que haya sacado los pies del plato no era un tema menor.

A partir de ese momento otros policías se contaminaron, a tal punto que años más tarde un subcomisario, paradójicamente, hijo de uno de aquellos jefes de la década del noventa, fue condenado por el tráfico de un importante caudal de cocaína. El año pasado 8 efectivos cayeron en la “volteada”, acusados de integrar una banda de narcopolicías. Cuatro de ellos fueron condenados. Al igual que el comisario detenido en 2003, estos policías también pertenecían al área de Drogas Peligrosas. De igual manera el mes pasado se confirmó que una cabo formaba parte de una poderosa banda que se dedicaba al microtráfico en la ciudad.

En los últimos años hubo muchos otros casos de policías vinculados con casos análogos. Pero el que batió todos los récords fue el sargento Flores, numerario de la comisaría de Salvador Mazza. El 25 de noviembre de 2017 este policía se calzó el uniforme y salió en su vehículo por la ruta nacional 34. A los pocos kilómetros se encontró con un control de Gendarmería. Con su indumentaria, Flores quiso sacar “chapa”, pero los gendarmes no se amilanaron. No se sabe si por intuición, celo o porque se trató de una “batida”, el efectivo que lo paró se puso estricto. Le pidió al policía que descendiera con el argumento que debía requisar el vehículo. Al sargento se le aniñó el rostro y al pensar que no podía evitar el procedimiento disparó una frase lastimera. “Jefe, hágame la gauchada, estoy cagado (sic)”, exclamó.

El gendarme pensó que quizás el “pobre policía” estaba en apuros económicos, que el sueldo no le alcanzaba, pero no se conmovió. Cuando abrió el baúl del Chevrolet Corsa Classic descubrió un cargamento de 135 kilos de cocaína valuado en más de dos millones de dólares. “Menos mal que este tipo estaba en la lona”, ironizó el efectivo, mientras contabilizaba los “ladrillos” de cocaína. Además de la droga se descubrió que la pistola 9 mm que portaba el narco no era la provista por la Jefatura de Policía. Se trataba de un arma de idéntico calibre, pero que figuraba como robada en 2002 a la Policía de Córdoba. Esto confirmó con más fuerza que Flores estaba metido hasta el tuétano en cosas “non sanctas”. 

Si bien, a esta altura, no se puede afirmar de manera categórica que la Policía local esté contaminada con la delincuencia, el dato de la realidad grafica que la mayoría de los cuadros vinculados con el narcotráfico pertenecían a la unidad especial de lucha contra las drogas y que las manchas que salpican a la institución en ese sentido no se borran con una simple fregada.

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