Ortodoxos eran los de antes... En una nota anterior se presentó una pintura rápida de lo que representa el "laissez-faire", más conocido como "neoliberalismo", y cómo, debido a sus propias características, careció de anticuerpos para resolver los problemas que se le asociaban, hasta que Keynes, en una embestida contra su propia formación ortodoxa original, "cuyas fortalezas creo conocer bien", según sus propias palabras, encontró la respuesta que superaría las limitaciones del diseño original de las economías de mercado.

Keynes y los keynesianos

Un economista de apellido muy difícil sostenía que no había que confundir a Keynes con "los keynesianos", que son quienes se decían discípulos suyos propusieron como el nuevo libreto de la Macroeconomía en reemplazo del "laisez-faire". En efecto, Keynes sostenía que el capitalismo tenía un "problema con el alternador", queriendo decir con esta analogía que una vez que "se empujara el auto", o sea, se encauzara a las economías, éstas marcharían por sí solas. También decía que "cuando las economías están encaminadas, las ideas de los economistas clásicos (o sea, los ortodoxos) cobran nuevamente vigencia", queriendo significar que la asignación de los recursos por el mercado, conforme la tradición económica, no estaba en discusión, rematando con esta frase: "no es en el empleo de nueve millones sobre diez donde hay que centrar las críticas a la economía clásica, sino en su incapacidad de explicar por qué el millón restante no encuentra trabajo".

Los "keynesianos" (estos keynesianos), por su parte, descubrieron rápidamente que el empleo público era un lindo lugar para vivir, con un mínimo esfuerzo, de los impuestos que otros pagan, concentrados en sostener que "todavía no se ha llegado al pleno empleo", y que, consecuentemente, había que continuar agrandando el sector público, hasta que la inevitable suba de la inflación, sin que el empleo aumentara, creó un escenario propicio para el retorno de la ortodoxia que, imitando al fascismo que "tiraba el bebé junto con el agua sucia", esto es, el capitalismo junto con las libertades y la democracia, ahora se quería tirar a la basura a los keynesianos junto con el propio Keynes.

Parecía que los ortodoxos estaban cerca de lograrlo como el dueño del burro que casi logra acostumbrarlo a no comer, aunque se murió de hambre antes, con el "consenso de Washington" y otras iniciativas, rápidamente copiadas entre nosotros hasta por formaciones políticas que parecían incontaminadas de estas propuestas al presentarse como sus antípodas. Todo parecía andar bien hasta que la nueva gran crisis de 2008 obligó a los nuevos cruzados a "recular con chancleta", desempolvar "viejos" textos y resucitar, aunque fuera lo mínimo, de Keynes. Desde entonces las economías, aunque han zafado de los problemas más severos que generó la enorme hecatombe de 2008, no consigue estabilizarse del todo, y, lo peor, resulta más difícil ahora echarle la culpa a Keynes...

Aparición de chiflados famosos

Una economista, discípula de Keynes, decía que "las crisis son propicias para la aparición de chiflados famosos". En América Latina -aunque ahora también en algunos otros lugares del mundo- el retorno de la ortodoxia generó, como oposición a ellos, la aparición de un conglomerado de políticos y economistas -si puede llamárseles así- a quienes se ha bautizado con el nombre de populistas, que son el cuerpo social de "chiflados agrupados" que en un refrito de "marxismo keynesianismo - fascismo", que naturalmente no es ninguna de estas tres cosas, proclaman su rechazo a la economía de mercado y su reemplazo no se sabe muy bien por qué cosa -­qué cosa peligrosa...!-.

En la Argentina conocemos muy bien los experimentos populistas, e incluso, a través de algún mecanismo hemos exportado este diseño a otros países de Europa y América del Norte, con copias adaptadas a las idiosincrasias propias, naturalmente "exportaciones llave en mano", podríamos decir. Naturalmente, también conocemos sus resultados, pero, por alguna razón que sin duda explican muy bien los científicos sociales sociólogos, antropólogos- no logramos "vacunarnos" de estos experimentos desastrosos inflación, desempleo, pobreza extrema creciente- para no reproducirlos en el futuro y, en oportunidad de los recambios políticos que las circunstancias o el desenvolvimiento del péndulo democrático permiten, en lugar de aprender de las experiencias de la gran mayoría de la economías del mundo, incluidas las de nuestros vecinos latinoamericanos, caemos en los brazos de la ortodoxia, vieja o nueva, que repite los errores que Keynes ya les había señalado, sin conseguir resolver los problemas creados por el populismo, con lo que éste encuentra posteriormente una nueva oportunidad para volver a las andadas, y así "ad-infinitum".

La elección de otro camino

Keynes decía que la discusión "Estado vs. mercado" es inadecuada y en su lugar proponía que "el estado no está para hacer lo que el mercado resuelve bien, sino para hacer lo que nadie hace". Conforme esto, claramente no se trata de, en un partido de fútbol u otro deporte, por ejemplo, contentarse con los jugadores el mercado- y el árbitro el estado- porque, dejando en claro que el partido lo llevan adelante los jugadores, la sola presencia del árbitro sin que esté explícitamente determinado de antemano el reglamento y quede en claro cómo se prepara el campo de juego, se ordena el ingreso del público y un largo etcétera, el partido no se jugaría en plenitud, si es que puede llevarse a cabo.

En el plano de las economías, es claro que el "juego" lo ejecutan las familias y empresas y el gobierno es "de palo". Sin embargo, además de cumplir su papel de árbitro que se respete el reglamento y el "fair play"- hay una tarea institucional que también le compete, que es evitar los abusos el trabajo en negro, la degradación del ambiente, entre otros- y morigerar su propia conducta reduciendo a cero el déficit fiscal, por ejemplo- pero también interviniendo de manera no ominosa cuando la economía tuerce su rumbo, actuando sin prejuicios o eslóganes de los "custodios de la fe", esto es, los ortodoxos dogmáticos, o de los chiflados famosos, despejando los obstáculos que bloquean el progreso de las economías con rigor científico y profundo sentido práctico.

Claramente, no es cierto que "lo que abunda no daña", como lo deja en evidencia las inundaciones, pero tampoco es válido que el ascetismo puro sea una buena recomendación, por aquello del burro... También es bueno tener presente que los sacrificios consisten en hacer más de lo que se viene haciendo sin reclamar recompensas adicionales. En cambio, no es claro qué tipo de sacrificio es aquél que se les exige a las personas cuando se les priva de la oportunidad de trabajar porque el diseño de la política económica ha agudizado el desempleo...

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