Roberto Romero, un salteño con visión de futuro

Con motivo de conmemorarse hoy 27 años del fallecimiento de Roberto Romero, su familia, El Tribuno y la empresa Horizontes S.A. realizaron esta mañana un homenaje, en el complejo editorial de Limache. Como todos los años, fue un acto abierto a todos los salteños que recuerdan al exgobernador constitucional.

La personalidad de Romero, como empresario y como gobernante, se proyecta mucho más allá del amor de su familia y de la afectuosa admiración de sus amigos.

La memoria colectiva lo ha consagrado ya como una de las figuras más notables de Salta en el siglo XX. Así lo atestiguan quienes compartieron tramos cruciales de la vida provincial, junto a él, o desde la vereda de enfrente.

Su capacidad para superar viejas grietas, algunas propias de la política y otras, de la convivencia, y convocar a todos, sin ningún prejuicio, fue un aporte muy valioso que las nuevas dirigencias deberían capitalizar.

Es probable que la trascendencia de Roberto Romero a través del tiempo se vincule con las características con que desarrolló su actividad, primero como empresario y, más adelante, cuando, a los 54 años, decidió volcar su experiencia en la política. Y esas características se vuelven cualidades en un país donde el proyecto político se vincula mucho con la aspiración de poder y demasiado poco con la vocación de gobierno; es decir, de construcción de futuro.

Mirada de largo plazo

La decisión de instalar la redacción de El Tribuno en el extremo sur de la ciudad es una prueba de esa mirada de largo alcance: en ese entonces, Limache era un suburbio poco poblado y Salta se extendía hacia el norte, con las universidades. Hoy, el Valle de Lerma es otro, completamente distinto. Y fue en ese momento cuando incorporó el sistema offset, pionero en el país. Y poco después participó de la creación de la agencia Noticias Argentinas y alentó a la empresa Papel de Tucumán, tratando de vencer el agobiante centro de gravedad con sede en Buenos Aires.

En ese mismo proceso se destacan iniciativas surgidas del conocimiento de la realidad social, como fueron el Ateneo El Tribuno y el suplemento El Tribunito, destinados a satisfacer necesidades populares.

Cuando decidió ser gobernador, Romero no habló de "resolver problemas a la gente", un cliché muy actual de la política que solo sirve para mostrar una sensación de emergencia y ubicar al candidato como un mesías. En cambio, recorrió cada localidad de la provincia mostrando, con detalle de necesidades, objetivos, recursos y plazos, lo que proyectaba hacer. Y lo hizo. Lo que no llegó a hacer, lo explicó.

Una vez en el gobierno, al reformar la Constitución, se negó a introducir la cláusula reeleccionaria. El concepto del rol proactivo del gobernante se manifestó en decisiones que la ciudadanía recuerda.

En materia de salud pública, aprovechó el conocimiento y la experiencia del médico Enrique Tanoni para potenciar como nunca antes la atención primaria.

En materia de educación creó centenares de escuelas, muchas de ellas de nivel medio, pensadas para los sectores de menores ingresos.

Como todos los años,  fue un acto abierto a todos los salteños que recuerdan

al exgobernador constitucional.

El impulso que dio al turismo fue otra iniciativa notoria, cuyas consecuencias se proyectan hasta nuestros días: el teleférico no es solo una obra, sino una muestra de la visión de futuro.

Probablemente, el proyecto del Norte Grande sea la idea más profunda sobre los conceptos de Estado, Federalismo y Desarrollo. Se produjo en un contexto muy especial del país: se proponía integrar las provincias del NOA y el NEA en un modelo productivo moderno, intensificando el transporte y el comercio con el norte de Chile (y de allí, a la cuenca del Pacífico), con Bolivia, un país históricamente hermanado con la Salta del Tucumán; con Paraguay y con el sur de Brasil. En esos días de 1986, el presidente Raúl Alfonsín ya impulsaba el traslado de la Capital Federal a Viedma.

Ambos proyectos compartían la meta de construir una Nación equilibrada, equitativa, capaz de generar riqueza y calidad de vida sin estar atada a un puerto hegemónico.

Y, sobre todo, aspiraban a una Nación moderna.

En este año electoral, estas miradas no aparecen. Existe consenso de que el déficit educativo es el problema más grave del país, junto con la pobreza, el desempleo y la violencia social. La palabra "federalismo" goza a su vez de un extraordinario prestigio. Sin embargo, ningún candidato hasta ahora se instala frente a la prensa, con un pizarrón, para dejar de lado la queja, ir más allá del diagnóstico y hacer lo que se espera de la política: explicar qué país, qué provincia y que ciudad quieren.

Explicarlo no es contar un cuento de hadas, sino establecer necesidades, objetivos, recursos y plazos. Como hizo Roberto Romero en la campaña de 1983. Esa es, probablemente, la diferencia que destaca su figura de estadista intuitivo, la recorta en la historia y la proyecta en el tiempo.

 

 

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