Por robar un chancho le aplicaron todo el rigor de la ley

En estos tiempos de vacas flacas, en materia judicial, donde muchos jueces hacen el juego del gato con el ratón en los casos de gente que robó a manos llena, los encargados de impartir justicia tratan de mitigar ese proceder aplicando a rajatabla el tenor de la ley en los delitos de menor cuantía. En estos procesos, de trámite sumarísimo, los magistrados le sacan lustre a los expedientes y a las penas le ponen un moño para darle más brillo.

Por obvias razones nadie cuestiona que un ladronzuelo sea llevado a juicio y que pague por lo que hizo, como debe ser. La sociedad aplaude cuando algún juez se pone las pilas y le impone a un ratero, además de la pena, una serie de tareas a la hora de otorgarle la libertad condicional. A algunos los obligan a terminar sus estudios, a buscarse un trabajo y hasta les prohíben salir a bailar. No será mucho, “pero algo es algo”, diría un conformista. 

Días pasados, el juez capitalino Pablo Farah, vocal de la Sala III del Tribunal de Juicio, hizo lugar a la solicitud de suspensión de juicio a prueba presentada por Hugo Orlando, un changarín cuarentón que llegó a la audiencia imputado por el delito de “abigeato”. En el sentido literal de la palabra, cualquiera podría pensar que el hombre se robó una manada de vacas, caballos, mulares, cabras, etc. No. Nada de eso. El pobre vecino del pueblo de General Pizarro, en el departamento Anta, había sustraído un chancho de unos 40 kilos para degustarlo con la familia en las festividades de fin de año. Para ser exacto, en la Nochebuena.

Hugo Orlando reconoció el delito y aceptó la imposición de una condena de un año de prisión en suspenso. Para redondear la cosa, en el mismo fallo el juez Farah también le impuso al cuatrerito una serie de condiciones: resarcir al dueño del puerco con la suma de 1.200 pesos pagaderos en cuatro cuotas de $300 cada una; realizar tareas comunitarias en la Escuela 20 de Febrero de la localidad de General Pizarro, consistentes en la entrega quincenal de pan casero durante tres meses; abstenerse del consumo de estupefacientes y de abusar de bebidas alcohólicas, etc, etc. Todo ello bajo apercibimiento de revocarle la libertad condicional.

El fallo, sin duda, una “pinturita”, un monumento a la expresión de cortesía procesal “Será Justicia”. Sin embargo no faltará un futbolero que haga un comentario mordaz al comparar esta sentencia con un gol convertido en la boca del arco por el delantero del equipo rival. “Así, cualquiera...”. Y de paso, plantearía estos interrogantes:

 ¿Cuántas veces los jueces, en el amplio sentido de la palabra, hacen honor a la tradicional frase de cierre de sus fallos, como en el caso del vecino del pueblito de General Pizarro que robó un chancho para darse un gustazo en la Navidad?

¿Qué pasa con los “peces gordos”, con los funcionarios corruptos, con los que roban a carrada y se enriquecen a costa del Estado?

¿O es que la expresión “Será Justicia” es aplicable solo para los ladrones de poca monta?

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