Se frustró con el primer robo, fue por el segundo y le fue peor

El ladrón es un ser ambicioso por naturaleza y audaz por convicción y mucho más cuando no consigue un botín que lo apetezca, que le llene los bolsillos. La sed voraz por lo ajeno lo obnubila y por eso procede sin medir consecuencias para sí o para sus eventuales víctimas. 

Esa voracidad por lo que no es suyo es mucho más fuerte que los riesgos que pueda correr. Según los expertos, los ladrones proceden de esa manera porque “sienten placer por desafiar los límites”. Explican que esa conducta explica por qué estas personas cometen delitos que en determinadas circunstancias las pueden conducir a la cárcel, al hospital o al mismo cementerio.

Algo de esto sucedió el lunes pasado con Maximiliano A., un ladronzuelo de 29 años que decidió hacer de las suyas en barrio San Carlos, un coqueto complejo habitacional de clase media alta, ubicado en la zona sur de la ciudad de Salta. Ingresó a una vivienda en las primeras horas de la madrugada, luego de escalar una tapia. Cuando estaba en plena acción, los ladridos del perro despertaron al dueño de casa y eso le arruinó el pastel. Tras escuchar ruidos en la cocina el hombre se dirigió al lugar. Creía que era uno de sus hijos que, como todo joven que regresa de una salida nocturna, siempre lo hacen con la panza vacía y empiezan a raspar las ollas. No era su hijo, era un ladrón.

El delincuente estaba armado con un cuchillo y luego de reducirlo le exigió al morador que le entregara dinero. En esas circunstancias apareció en escena la esposa y al advertir lo que sucedía comenzó a pedir ayuda a gritos. Por esta situación el sujeto se puso nervioso y no le quedó otra alternativa que darse a la fuga, llevándose de la casa solo tres cuchillos sierrita. Los hijos de la familia corrieron hasta la dependencia policial, ubicada a pocos metros, pero el maleante no pudo ser localizado.

Ya en la calle parece que Maxi tomó en cuenta que el magro botín no era suficiente para satisfacer sus apetencias. Movido por su orgullo se sintió interpelado al pensar que arriesgó el pellejo por tan poca cosa. Pensó también que en esas condiciones no podía regresar a su “aguantadero”, donde lo esperaban sus amigos, a quienes les había prometido que volvería con cosas de valor para luego revenderlas.

Maxi esperó un par de horas y a las 5 de la mañana decidió ingresar a una vivienda vecina del mismo barrio. Lo hizo con la misma modalidad que la anterior, pensando que quizás tendría mejor suerte, pero los hechos confirmarían que esa noche no sería su noche. En esta ocasión, el dueño de la propiedad, como el caso anterior, escuchó ruidos extraños en el comedor y se levantó a verificar qué sucedía.

Lo hizo de manera sigilosa y así fue como observó que el ladrón se calzaba las flamantes zapatillas de marca que había estrenado el día anterior. El intruso hizo un gesto de satisfacción al comprobar que le calzaban como anillo al dedo. Sin más trámite arrojó sus mugrientas Pampero en un rincón y fue por otras cosas. Mientras tanto, el vecino regresó al dormitorio y le pidió a su esposa que llamara al servicio de emergencia 911. Luego, el dueño de casa decidió enfrentar al ladrón, quien al verse acorralado extrajo uno de los cuchillos robado anteriormente y amenazó de muerte al propietario.

En esos momentos, la policía tocó el timbre de casa y esto llevó al ladrón a huir hacia el fondo de la vivienda. Los uniformados encontraron a Maxi oculto en un rincón y al verse rodeado se entregó sin ofrecer resistencia. El vecino denunció que el sujeto se había apoderado de las zapatillas, una mochila con varios bienes de su propiedad, entre ellos cámaras fotográficas. Tras la detención, la fiscalía penal 3 realizó distintas diligencias procesales, las que permitieron imputar al frustrado ladrón por los delitos de “robo calificado por el uso de arma y con escalamiento”.

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