Diego, el mito y la novela

Diego Armando Maradona es una figura del deporte mundial que se erige también en un referente social, político y cultural, un verdadero genio del fútbol que aparece como el héroe mítico de un pueblo.

Sin duda, es el argentino más reconocido en el mundo, junto al Papa Francisco (quien por su investidura eclesiástica sustentada en la lógica milenaria de una institución universal debe ser considerado con otros parámetros), a Evita, al Che Guevara y a Carlos Gardel.

Niño - futbolista - joven - atleta - luchador llevó muy alto el estandarte de un deseo, el que sostuvo y que por momentos le exigía tantos desvelos que el placer se convertía en dolorosa certeza.

Nada conformaba a Maradona: solamente el juego del fútbol.

Cruzados por un arduo deseo, las mujeres y los hombres que escriben la historia (siempre producto social pero con un margen de individualidad), se tornan ante los ojos de sus semejantes en seres a los que es difícil aprehender. Sus obras o proezas rozan algo de lo maravilloso o mágico.

Nace así la leyenda.

Pero a veces la articulación con el entramado social cede paso a una visión que va más allá de lo histórico, que atañe a lo real, eso que no admite explicación, eso que es imposible de nombrar y que por lo tanto se carga de un sentido religioso: el mito.

No podemos dejar de pensar en las manifestaciones de amor hacia esas figuras. Recordemos los funerales de Eva Perón, por ejemplo, que duraron dos semanas y en los que el pueblo desfiló conmovido bajo una lluvia pertinaz. Evita se acercaba, en esos días de fines del mes de julio y principios de agosto de 1952 al mito, a su identidad de santa o de mártir.

En este 2020 atribulado por una pandemia sin precedentes, cuando el mundo se pregunta qué será de la salud y del futuro del planeta, o sea la casa (del griego "oikos", la casa, la morada), irrumpe lo real de la muerte de un héroe del deporte: Maradona.

Las multitudes del mundo lo saludan y se sienten apesadumbradas por su partida.

Las palabras, los gestos, las imágenes y los símbolos adquieren su dimensión de memoria y rescate. Una historia personal que deviene en la historia de una sociedad.

El niño Maradona parte desde su alborada infantil en un barrio pobre de Buenos Aires, tras el sueño del fútbol, al que seguirá fiel durante la adolescencia y la juventud. Con los años, los trofeos y los triunfos, se convertirá en un referente y en un interlocutor de la sociedad. No sólo será el artista de la cancha, sino también será el maestro y el técnico. Como en el camino del héroe (El héroe de las mil caras de Joseph Cambell), regresará con los dones y el triunfo de su periplo, en una era en la que no solamente determina la palabra, el canto, las loas, sino en la que intervienen los complejos mecanismos de la comunicación, la tecnología, la globalización y la ciencia.

La sociedad mira al protagonista del mito, lo ama y admira, y, a veces, lo cuestiona con crueldad.

Amor y odio acosan su figura y su cuerpo. Precisamente, en ese lugar, el cuerpo, el personaje siente los dardos del amor y el odio.

Un ejemplo es Eva Perón, amada y odiada en extremo. Su cuerpo sintió el embate de esas pasiones. Lo mismo, me atrevo a afirmarlo, sintió el cuerpo de Maradona, lugar donde la mirada de los otros se concentra, donde se escribe y se marcan los logros y las derrotas, los ataques y la pasión.

Lugar de exigencia y brillo, el mito configura el arquetipo de un pueblo o de una época. Diego Maradona tuvo que ocupar ese lugar asignado y elegido desde la infancia. Hijo de la clase trabajadora, heredero de la dignidad de esa clase, asumió el llamado de una vocación y de un talento y fue fiel a ese designio.

Es que en Maradona donde se condensan los rasgos más distintivos de un país, o mejor dicho, de una condición de ser y de estar que caracteriza a sus habitantes más allá de sus diferencias y singularidades.

Encarna la matriz mítica (monomito) argentina que pareciera exigir cada tanto ser actualizada y cumplida: el ascenso y la caída, la vuelta contra sí mismo, la presencia de un sino que condena a muchos a la repetición de la frustración y la destrucción de los propios logros, el desencuentro que insiste.

Su muerte lo reviste de un manto de sacrificio y martirio. Los últimos años de Maradona no fueron los de una serena vejez, sino posiblemente los de una turbulencia existencial. Pero nadie pensaba en la posibilidad cierta de su deceso repentino, porque tenía acostumbrados a sus compatriotas, al igual que este país del sur, al resurgimiento luego de las crisis, a la reconstitución después de las caídas. Sólo falto que el día de sus funerales lloviera como en los días de los funerales de Evita.

Lo otro se repitió, aunque con sus matices diferentes, tal cual: los rostros surcados por el llanto, la tristeza de los humildes, el dolor de las multitudes populares, las largas filas para despedir al mártir.

Unos pocos núcleos semánticos constituyen el mito. La historia en cambio exige detalles y una mirada amplia.

Protagonistas de la historia como San Martín, Yrigoyen , Perón y el mismo Néstor Kirchner son sujetos en los que rebasa el documento y la actuación política. Es difícil la construcción del mito a partir de sus acciones. En cambio, hay personajes más proclives al mito como Evita y Maradona.

Poco se sabe en realidad de Maradona y su familia, a pesar del abundante material periodístico. Poco se sabe de sus ancestros gallegos evidentes en su apellido y de sus bisabuelos y tatarabuelos croatas por el lado materno. "Doña Tota" se llamaba Dalma Salvadora Franco.

Poco se sabe de sus lecturas en el Colegio Comercial. Como casi nada se sabe acerca de Evita y sus lecturas de Amado Nervo y de Rubén Darío y de su admiración por las heroínas de las novelas románticas.

Desandar estos caminos no es sólo tarea de los biógrafos sino de los novelistas.

 

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