Bukele, un autócrata de Twitter

El Salvador, uno de los países más pobres de América Latina y ubicado entre los cinco más violentos del mundo, protagoniza uno de los acontecimientos políticos más exóticos de los últimos tiempos, de la mano de su joven y excéntrico presidente Nayib Bukele, de 38 años, quien con el auxilio de las Fuerzas Armadas y el respaldo de una importante movilización callejera se hizo presente en el edificio del Congreso para intimar a los legisladores a que aprobasen un préstamo de 100 millones de dólares destinado a financiar un programa de fortalecimiento de la seguridad pública.

La crisis institucional no es un rayo caído en medio de una noche estrellada, sino el resultado de una revolución política iniciada el año pasado, cuando Bukele, hasta entonces alcalde de la ciudad de El Salvador postulado por un partido casi inexistente, ganó en la primera vuelta las elecciones presidenciales, derrotando a las dos fuerzas que se habían alternado en el control del Estado desde los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra civil que azotó al país desde 1979 hasta 1992: el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), continuidad de la organización guerrillera izquierdista del mismo nombre, y Arena, la formación derechista que institucionalizó la participación del otro bando de esa sangrienta contienda, que causó decenas de miles de víctimas.

Emergente de una crisis

La trayectoria de Bukele es un paradigma de éxito surgido en el fárrago de una sociedad en crisis.

Hijo de un inmigrante palestino de religión musulmana que construyó uno de los imperios económicos más importantes de El Salvador, el actual primer mandatario inició una carrera empresaria a los 18 años en una agencia de publicidad de propiedad de su padre y en poco tiempo se transformó en uno de los publicistas más prestigiosos del país.

En tal carácter, fue contratado por el Frente Farabundo Martí para comandar sus campañas electorales, porque necesitaba "ablandar" una imagen pública salpicada por una historia de violencia.

Su éxito en esa tarea le otorgó un posicionamiento privilegiado dentro de la organización y fue su plataforma de lanzamiento político.

El primer escalón de su carrera pública fue en 2012 la conquista de la alcaldía de Nuevo Cucastlán, un suburbio acomodado de la capital. Pero su salto a la fama ocurrió el 2015 con su triunfo en las elecciones para la alcaldía de El Salvador.

Su gestión municipal en la ciudad capital, que entre sus logros más significativos registró la iluminación de todo el ejido urbano y la renovación de su centro histórico, estuvo signada por un estilo juvenil que lo llevó a implementar iniciativas innovadoras, como los cines al aire libre, y romper con la disciplina del FMLN con sus críticas contra las prácticas corruptas de funcionarios públicos de su propio partido.

Esa conducta hizo que en octubre de 2017 Bukele fuera expulsado del FMLN, cuyo Tribunal de Ética lo acusó de violar los principios del partido y por supuestas agresiones verbales y físicas contra una correligionaria, la síndica municipal Xochitl Marchelli, quien le imputó haberla calificado de "maldita traidora" y "bruja" y tras cartón arrojarle una manzana.

Inmediatamente, a través de una transmisión en vivo desde Facebook, el alcalde anunció la fundación del movimiento Nuevas Ideas, que en pocos meses recogió más de 200.000 adhesiones y se convirtió en el punto de partida de su campaña presidencial.

En febrero de 2019, con la consigna de "­Devuelvan lo robado!", Bukele alcanzó el 53% de los votos, contra el 32% del candidato de Arena, Carlos Calleja, y el escuálido 14,5% de Hugo Martínez, postulado por el FMLN.

Trump, evangélicos e Israel

Lo que aconteció desde su asunción tuvo las características de un terremoto.

En minoría en el Congreso, el nuevo mandatario buscó ampliar sus bases de sustentación con la puesta en marcha de un combate frontal contra el flagelo de la inseguridad pública, el principal problema que impacta en la vida cotidiana de un país azotado por el narcotráfico y por las "maras", esas pandillas juveniles extraordinariamente violentas que exportaron su metodología más allá de las fronteras salvadoreñas.

Desde el gobierno, Bukele profundizó el viraje ideológico que lo separó de la filiación izquierdista del FMLN. Con el lema de que "las izquierdas y derechas no sirven para nada", porque son etiquetas que "le suenan a chino a los millennials e incluso a la generación X", dio un giro de 180 grados a la política exterior de su antecesor, Salvador Sánchez Cerén (un dirigente del FMLN afín al "arco bolivariano"), tomó distancia del régimen cubano y de los gobiernos de Nicolás Maduro en Venezuela y de Daniel Ortega en Nicaragua e impulsó un sonoro acercamiento con la administración estadounidense de Donald Trump.

En esta aproximación, jugó un rol importante el movimiento evangélico, que cumplió un papel significativo en el ascenso de Bukele. Fueron los pastores evangélicos quienes construyeron el puente político entre el mandatario salvadoreño y la Casa Blanca. El secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, y el líder de la Coalición Latina por Israel, viajaron a El Salvador y su visita determinó el firme alineamiento de Bukele con las posturas de Washington en la arena internacional, incluso con el compromiso de trasladar a Jerusalén la embajada salvadoreña en Israel.

Esta alianza estratégica con la corriente evangélica de raíces culturales conservadoras, cuyo continuo avance hace que congregue a más de un tercio de una población mayoritariamente católica, llevó a Bukele a asumir posiciones firmes en contra del aborto y el matrimonio igualitario. 
Este embanderamiento agudizó su enfrentamiento con sus antiguos camaradas del frente Farabundo Martí, quienes sostienen que el mandatario salvadoreño pregona una “falsa izquierda” cuando en realidad es “de derecha” y lo acusan de emplear “el populismo, los recursos de la propaganda y de la mercadotecnia para confundir”.

Iniciativa arrolladora

Lo cierto es que la oposición, tanto de izquierda como de derecha, está a la defensiva frente a la capacidad de iniciativa de un presidente al que califican de “populista” y que sabe hacer un empleo eficaz de las redes sociales, no sólo como herramienta de comunicación directa con sus bases electorales sino como instrumento de gobierno. Para deleite de sus partidarios, Bukele gobierna por Twitter. Desde allí suele impartir directivas a sus ministros, incluso en horas de la madrugada, con golpes de efecto al estilo de “Se le ordena a la Ministra de Vivienda, Michelle Sol, que remueva al hijo del ex Presidente de la República de su plaza en FONAVIPO y que sus 4.000 pesos de salario pasen a ahorro de la institución”. La respuesta de la ministra, también por Twitter, no se hizo esperar: “Ahorita mismo, presidente”.

Los enemigos de Bukele advierten que el mandatario pretende modificar la constitución salvadoreña para habilitar su propia reelección. El Gobierno aún no dio señales de esa intención, pero meses atrás el mandatario se divertía en Face App ofreciendo como su nueva foto de perfil a un Bukele canoso, pero con la banda presidencial aún cruzándole el pecho y comentando “¡Después de gobernar 30 años El Salvador!”. Todo indica que el choque con el Parlamento es apenas la primera batalla de una guerra que dará que hablar.
 

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