Democracia, educación y valores

Desde estas notas se ha hecho hincapié en numerosas oportunidades, en forma directa o indirecta, en la no muy clara relación entre educación y democracia.

En en principio, todo haría pensar que a mayor nivel educativo es también mayor el compromiso de la sociedad con los sistemas democráticos tradicionales. Sin embargo, hay abundancia de contraejemplos que muestran que esto no es necesariamente así.

Por un lado, está el caso, podría decirse emblemático, de la Alemania nazi, pero no debe olvidarse que también en Estados Unidos el nazismo tuvo una enorme influencia hasta el ingreso de ese país en la Segunda Guerra, para no hablar de la fuerte presencia del fascismo en Francia, antes, durante y después de esa guerra y proyectada hacia la actualidad, tratándose todos estos países de sociedades que pueden considerarse ampliamente "cultas".

En otro escenario, Cuba ostenta un muy elevado grado de educación, lo mismo que muchos países de Asia que, al mismo tiempo, poseen gobiernos con grados diversos y en algunos casos, extremos- de autoritarismo.

Por nuestra parte, la Argentina dispuso de gobiernos con amplias libertades y acatamiento a la Constitución - si bien con severas restricciones al ejercicio del sufragio - después de la Organización Nacional al mismo tiempo que los índices de analfabetismo superaban el 80%; a la vez , en épocas recientes y en la actualidad, la Argentina ha sido gobernada con importantes figuras de muy alta preparación, pero con explícitas manifestaciones, muchas veces, en contra de la democracia tradicional que exige nuestra Constitución.

Es evidente entonces que no existe una clara correlación directa entre educación y democracia, y que la democracia tradicional basada en el respeto escrupuloso de los derechos humanos literalmente hablando y no en la versión interesada de las izquierdas y populismos- de las libertades individuales, la prensa libre, la justicia independiente y el protagonismo de los parlamentos, no depende -exclusivamente al menos- tanto del nivel de educación de la población, como de algo más importante que son los "valores".

Valores y ciencia

En la ciencia el concepto de "valores" no tiene mucho prestigio, porque se asocia con el punto de vista de quien manifiesta justamente sus preferencias e ideologías cualesquiera que ellas sean; en tanto, la ciencia se esfuerza por descubrir y/o explicar fenómenos, a la vez que, cuando lo consigue, se regocija con los pronósticos o anticipaciones que sus teorías hacen posible.

Por el otro lado, los valores, al menos aparentemente, se supone que se neutralizan entre sí, en el sentido de que todas las opiniones serían pretendidamente equivalentes, con lo que inclinarse por una en particular sería inútil toda vez que una opinión en contra parecería ser igualmente válida.

Más allá de que algunas creencias pueden cuanto menos desafiarse crudamente, como la Astrología, que supone que un cuerpo celeste remoto impacta sobre nosotros, siendo que el agujero negro de nuestra galaxia no nos afecta en absoluto y si bien probablemente sería imposible "imponer" una opinión respecto a un tema por sobre cualesquiera otra, la Estadística podría echar una mano para establecer alguna rutina que permitiera establecer si un conjunto de valores aplicados a personas o sociedades podría proporcionar "soluciones" mejores que otro conjunto diferente.

Traducido a un ejemplo, si bien es "opinable" que la dieta alimentaria A pudiera ser mejor que la B o la C, podría testearse a un grupo equivalente de personas (de similares edades y otros atributos comunes) que siguen cada una de estas dietas y verificar luego de un tiempo qué registros de salud exhiben (concentración de azúcares en la sangre, lípidos peligrosos, etc.). Claramente entonces, el que muestre mejores indicadores en términos de una esperanza de vida más larga, por ejemplo, podría considerarse el "mejor".

De manera similar, podría también someterse a verificación si países enrolados en diferentes ideologías, a lo largo de varios años, han conseguido resultados iguales o dispares en términos de los indicadores que habitualmente se emplean para establecer comparaciones entre naciones: libertades públicas, PBI por habitante, índices de desarrollo humano, etc. y casi con seguridad, los países que estarían al frente serían una gran parte de los de Europa, Japón, algunos países de América, tanto del norte como del sur, países donde, justamente, la democracia tradicional contemplando todas las especificidades de cada sociedad- es ampliamente ejercida.

Los valores y su carencia

Se planteaba en las líneas precedentes un comparativo entre valores de uno y otro tipo y los resultados de cada uno de ellos a través de alguna forma posible de evaluarlos.

Sin perjuicio de ello, es claro que existe también una confrontación entre la pertenencia a algún tipo de valores, por una parte, y la carencia absoluta de ellos por la otra.

Justamente, la deserción de la educación, en el caso especial de la Argentina, ha llevado, de la mano de la explosión de la pobreza en las últimas décadas, que es su conexión inescindible, a la pérdida de valores.

Hay un segmento de la población que progresivamente tiende a hacerse mayoritario y que carece en absoluto de valores, sean estos “correctos” o “incorrectos”. El resultado es la ausencia absoluta de una conducta mínimamente funcional, no solo hacia la sociedad, sino especialmente en el seno del hogar, lo que, entre otras cosas, se traduce en la violencia familiar y los abusos y violaciones, especialmente     de menores.
Esta interpretación no equivale a la justificación de estos abominables y aberrantes crímenes, pero sí a tomar nota de las causas de esta claudicación de nuestra sociedad en materia de educación -aunque no solamente en este aspecto- las que se asocian directamente con la visión populista de una gran parte de los gobiernos de la Argentina desde largas décadas atrás, populismo que, por una parte, inculca sus valores distorsionados y enfrentados muchas veces a las explícitas cláusulas de nuestra Constitución.
 Al haber abandonado el rigor en la educación y provocar indirectamente su abandono, “produce” jóvenes no solo ignorantes sino carentes de códigos éticos de ningún tipo, lo que potencia la criminalidad dentro de los hogares y proyectada al conjunto de la sociedad.

Revalorización de valores

Es claro que nuestra nación necesita imperativamente una revalorización de los principios que la han hecho grande alguna vez, valores que justamente les permiten a otras naciones, incluidas muchas también de la América Latina de hoy, ejercer liderazgos. Estos valores son el cumplimiento irrestricto de nuestra Constitución, la adecuación a la cultura del trabajo, a los compromisos asumidos sean a través de contratos o de la palabra empeñada, el respeto a las opiniones de los demás, a la integridad de las personas y muchos otros valores más.
 Valores y principios contemplados justamente en los consejos de Martín Fierro a sus hijos, consejos que son diametralmente opuestos a aquellos del Viejo Vizcacha que desdichadamente nos seducen tanto y tan mal a los argentinos. 
Precisamente, estos consejos, como el propio Martín Fierro lo afirma, “no son para mal de ninguno sino para bien de todos” y bien nos haría ponerlos en práctica de una vez.
 

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