Drama y optimismo:  dos historias de salteñas obligadas a reconvertirse por la pandemia

Carina Colque tiene la concesión del quiosco de la escuela primaria de villa Esmeralda desde hace 16 años, pero como no hay clases presenciales por la pandemia del COVID-19 lleva seis meses sin poder trabajar y no ve que lo pueda hacer en lo que queda del 2020. 

Las personas con carros de golosinas que venden afuera de los establecimientos escolares o las que tienen el negocio dentro de los mismos hasta ahora se mantuvieron en silencio, pero forman parte de uno de los sectores afectados por el coronavirus que no recibió ni recibe ningún tipo de ayuda estatal y difícilmente puedan retomar la actividad este año.

La situación tomó a Carina completamente por sorpresa como a todo el mundo y descolocó económicamente a su familia. Sin embargo, Carina es una persona inquieta, trabajadora y mira hacia adelante, ni bien vio que no podía reabrir su quiosco se reinventó y empezó a vender maples de huevos. Se mueve entre zona sur y La Silleta, tiene clientes particulares, de almacenes, sandwicherías y vecinos, y realiza entregas a domicilios.

“La verdad que la estoy padeciendo en lo económico, sinceramente me cuesta mucho el día a día, pero trato de ser positiva y tener fe en Dios, él provee todo lo que uno necesita. Me levanto temprano y salgo a vender huevos en la calle, y como soy diabética, ahora que se puso más feo con el tema del COVID, nos organizamos con mi marido y mi hijo, y salen ellos”, manifestó con ánimos Carina.

La mujer empezó vendiendo golosinas en una mesita afuera en la vereda de la escuela, después pasó a un carrito con el que estuvo bastante tiempo hasta que logró la concesión del quiosco. Recuerda que cuando se hizo cargo, el negocio era “muy chiquito, luego un poquito más grande y así”, a medida que pasaron los años fue mejorando su situación, pero ahora tiene un nudo en el pecho porque todo ese esfuerzo no le sirve.

“Me estabilicé con el tema estructural y pasó esto de la pandemia”, cuenta Carina que a principios de año sacó un préstamo en el banco 

para poder adquirir una heladera exhibidora y una buena cantidad de mercadería para surtir el negocio. Las cuotas y los intereses los tuvo que seguir afrontando y una parte de las cosas arregló con una hermana que tiene almacén, y otra parte, lamentablemente la perdió. Es que tenía la esperanza de volver a la escuela por lo que conservó golosinas que se le terminaron venciendo.

Carina tiene dos hijos, su esposo también se quedó sin trabajo. El hombre es jardinero, y por la pandemia en abril redujeron el personal donde trabajaba y él quedó afuera. Por suerte tienen movilidad para ir entregando los huevos que compra a un mayorista, así la reman a diario. No ven la hora de que este año se termine de una vez y todo se vuelva a acomodar.

El quiosco de la escuela de comercio 5082 “Adolfo Güemes” está a cargo de Alejandra desde hace dos años. Para la joven fue un golpe durísimo quedarse sin su única fuente de ingresos. “Me quedé sin nada, realicé una inversión grande y las cosas se me vencieron, esa plata nunca más la voy a recuperar”, contó. Su tono de voz era de impotencia y amargura.

Alejandra tenía tantas expectativas para este año que se puso a renovar cosas en su negocio. “Compré una máquina para hacer panchos y no tuve la oportunidad ni de probarla. Me quedé con las cuotas, me costó horrores pagarlas”, comentó, agregando que tampoco tuvo la “suerte” de acceder al IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) ni de consultar en la Anses los motivos por lo que no se lo dieron.

La joven se llevó a su casa la fotocopiadora y con lo poco que le ingresa está subsistiendo. Pudo revender algo de gaseosas, pero muchísimos fardos ya están vencidos y tiene que tirarlos, aclara que no es fácil vender botellas chicas de medio litro, mucho menos en esta época. Alejandra es podóloga pero no ejerce desde que le diagnosticaron síndrome del túnel carpiano en la mano, fundamental para esa labor. 

De cara al 2021, la emprendedora apela a la sensibilidad de las autoridades de la provincia para que brinden una ayuda económica a las personas que trabajan en los quioscos de las escuelas, como un impulso para que puedan retomar. 

En el caso de ella, como las clases están suspendidas no paga el alquiler del local, pero asegura que sabe de otros casos, en otros colegios, de quiosqueros que a pesar de no estar trabajando los obligan a abonar el alquiler del lugar lo que considera injusto.

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