El día que Maradona le cumplió el sueño a una madre salteña

“No te puedo expresar con palabras lo que siento”. Esta remanida frase es lo que generalmente escuchamos de los hinchas con sentimientos arraigados, cuando intentan explicar con la razón lo que el corazón gobierna, lo que significa la pasión por un equipo de fútbol o por un ídolo. Es que ese sentimiento es absolutamente profundo y visceral. Pero con Diego Armando Maradona la cosa cambia, y mucho. Definir lo que fue Diego para el futbolero... es otra cosa.

Diego fue la pelota, el potrero, la rebeldía, la magia en su máxima pureza, el fútbol mismo. Ninguna persona de carne y hueso que transita o haya transitado por esta vida se va a parecer más al fútbol que Maradona mismo, la expresión más acabada del amor por la pelota. Y aunque se busquen las mejores palabras, no hay forma de calificar ese sentimiento a corazón abierto hacia quien dentro de una cancha nos hizo disfrutar como nadie.


El escritor uruguayo Eduardo Galeano ya había descripto a Diego como un “dios sucio, pecador, pero el más humano de los dioses”. Y precisamente la historia que les voy a narrar, refleja su enorme calidez humana y la simpleza de pocos. La humildad de los grandes, pero de los grandes de verdad.

Esta entrañable historia que quedará marcada a fuego en mis retinas y en mi corazón mientras viva, ocurrió a finales de 1979, cuando Diego ya era una estrella del olimpo del fútbol indiscutida. Ya se había codeado con la gloria máxima, ya se había consagrado campeón mundial con la selección juvenil de César Luis Menotti, y era pretendido por los clubes grandes de nuestro país y de Europa. Ya se había calzado la celeste y blanca de la Mayor. En esa ocasión, Argentinos Juniors, club donde jugaba Diego, vino a concentrar a Salta, en una de las contadas veces que el mejor futbolista de todos los tiempos pisó nuestro suelo salteño, para disputar un partido en Jujuy, en el marco de los recordados torneos nacionales.

Por aquel tiempo yo era un pibe de 14 años, fanático futbolero que estudiaba y hacia changas para poder sobrevivir, porque no sobraba el mango en casa y había que ayudar a los viejos. En ese afán, laburaba en un kiosco, vendía golosinas en la cancha, también ayudaba en un puesto de diarios donde me encantaba hojear y explorar ese universo mágico de los suplementos deportivos. Y precisamente, leyendo un diario, me entero que Maradona concentraría en Salta para jugar luego en Palpalá, frente a Altos Hornos Zapla. 

El plantel del bicho de La Paternal se hospedó en un hotel de la zona norte de la ciudad, camino a Vaqueros, y fui hasta allí. Me acuerdo que caminé cerca de 3 kilómetros, sin importarme para nada el cansancio. Solo quería cumplir el sueño de mi adolescencia.

Esperé pacientemente verlo a Diego, aunque sea de lejos, hasta que de pronto bajó por una escalera junto con sus compañeros. Le grité, e inmediatamente giró su cabeza y se acercó hasta donde yo estaba. No lo podía creer. Barrera y guardias de por medio, le pedí que me firmara un autógrafo y él, con una simpleza admirable e increíble para una estrella de su talla, le pidió al guardia que me dejara pasar. Era casi irreal ese instante, creía estar soñando. Lo abracé, no lo quise soltar nunca, y le dije que por él me despertaba a las 5 de la mañana para ver a esa selección juvenil fantástica de Menotti. Quizás mi aspecto de pibe changarín lo sensibilizó, tal vez. Porque él, Diego, se conmovía como nadie con la pobreza, porque él mordió el polvo de la vulnerabilidad como pocos y gambeteó diariamente el hambre en Villa Fiorito. Y esa sensibilidad de quien lo vivió, afloraba en él.

Recuerdo que me preguntó si había llegado solo. Le respondí que sí, que venía de laburar y que lo único que quería era verlo. Y aquí comienza el sueño, el que yo más deseaba cumplir. Me corrí a un segundo plano, porque se trataba del sueño de mi madre. Con esa sonrisa inmortal que caracterizaba al Diego pibe, me preguntó si quería ver el entrenamiento del plantel, que se iba a desarrollar en una cancha de rugby, al frente del hotel. “¿En serio Diego!?”, le contesté. Al rato salieron rumbo a la práctica. Maradona me llamó y fui caminando a su lado hasta el predio. No terminaba de caer. Tras la práctica, se quedó pateando a unos arcos de hockey y me pidió que me ponga de arquero. Era demasiado. Estaba alcanzándole la pelota a un genio.

Le agradecí, y ahí nomás me animé y le dije: “Mi vieja ama el fútbol, es fanática de Boca y te quiere conocer”. Diego me tocó la cabeza y no dudó: “Traela mañana, que tenemos la tarde libre”, fue la respuesta. Así de simple!

Llegué a mi casa con el corazón explotando y le exclamé a mi vieja (Bernardina Gareca): “¿Sabés con quién estuve!?”. Le expliqué todo, le mostré el autógrafo y no me creía, hasta que le conté que el mismísimo DIEGO MARADONA, aquel por el que madrugábamos unos meses antes para adorarlo en ese viejo televisor blanco y negro, nos iba a permitir verlo en el hotel. Esa noticia la conmovió, y hasta mi viejo (Pablo), que no era tan futbolero, se emocionó como pocas veces.

En esa oportunidad, Maradona había traído a Salta a su familia para que conozca nuestra provincia. Estaban los “soles” de la vida del gran ídolo argentino: don Diego, doña Tota, sus hermanos más chicos (Lalo y Turco) y por ese entonces su novia, Claudia Villafañe.

Cuando llegamos al hotel con mis viejos, le expliqué al guardia que Maradona en persona me había dicho que iba a recibir a mi madre. Incrédulo, el portero habló a alguien para que le avisara al 10.

A los pocos minutos, salió a recibirnos don Diego, su papá. El Pelusa estaba en la piscina junto a sus hermanos. Lo esperamos, y cuando apareció fue algo mágico. Mi vieja, que no salía del asombro, le había llevado un muñeco de peluche enorme, hecho con sus propias manos y que guardaba en una vitrina, producto de horas eternas de confección de lo que para nosotros significaba otra pequeña entrada de dinero de una familia humilde. Y Diego, con el muñeco en brazos, nos trató de una forma tan cálida que hasta doña Tota y don Diego se sumaron animadamente a la charla futbolera que terminó, picada de por medio, en el quincho del lugar.

Con una vetusta cámara de fotos, en tiempos muy lejanos a esta actualidad de celulares inteligentes, de alta definición, de redes sociales, de globalización y “minuto a minuto”, yo intentaba inmortalizar ese momento único con lo que tenía a mano. Y no me arrepiento de haberlo documentado: le había cumplido el deseo a mi madre.

En ese entonces, Maradona, con casi 20 años y con la fama ya sobre sus espaldas, nos había abierto la puerta de su intimidad, integrando incluso a los suyos, a sus queridos, a sus sagrados... a su familia. Y en ese impensado encuentro demostró ser tan grande, generoso y tan simple a la vez, y por qué sembró lo que sembró en tanta gente, más allá de su zurda de ensueños y de su gambeta increíble.


La historia de la camiseta

El periodista cuenta otra experiencia con Diego que le llegó hasta el alma. 

A comienzos de 1981, Maradona fue transferido de Argentinos Juniors a Boca y su vida personal y mediática comenzaría a ser otra.

Un día, se me ocurrió mandarle una carta con copias de las fotos de aquel momento vivido en Salta, a una dirección que él me había dado cuando lo conocí. La respuesta esta vez tardó en llegar. 

Sin embargo, una mañana, el cartero dejó en mi casa un paquete con mi nombre. Cuando me fijé el remitente, no podía dar crédito de lo que veía: la encomienda tenía el logo de “Maradona Producciones”, la firma que por aquel entonces gestionaba la carrera del mejor jugador del planeta.

Al abrirlo, me di con una camiseta de Boca, la emblemática con la que Diego conquistó el Metropolitano 81, con el número 10 y una tarjeta autografiada. Nunca lo hubiera imaginado. La guardé como un tesoro, ni siquiera la usé y aún la conservo intacta.
Pasaron casi 40 años de aquel inolvidable momento. Las vueltas de la vida me llevaron a incursionar en el periodismo, desde hace varias décadas. Hoy me animo a narrar y compartir esta historia que guardé por mucho tiempo como una “gran hazaña” de changuito. 

Con la muerte de Diego sentí la necesidad de contar y resaltar en primera persona ese costado humilde y bien de barrio de aquel Pibe de Oro, quién luego se convirtió en una de las personalidades más notables del mundo. Un genio que se hizo bien de abajo. Ese crack irrepetible e inigualable que ahora pasó a ser inmortal.

 

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