Mujeres indomables

Si bien las mujeres modernas gustan vivir su propia vida y construir un mundo donde van ocupando lugares expectantes y creando nuevos e históricos espacios, a menudo, sufren y se sienten incomprendidas y solas en su proceso de ser mujeres.

Aunque parezca extraño que un varón reflexione sobre la realidad de la femineidad en éste tiempo, creo que puede ser una mirada que aporte cierta objetividad y despojado de apasionamientos feministas o machistas. Ésta es mi intención al incursionar en cuestiones de la mujer y su situación en la sociedad actual, y a la vez homenajear a las grandes mujeres de la historia.

En el Concilio Vaticano II, en diciembre de 1965, la iglesia emitió un comunicado sobre la mujer, "Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora, las mujeres pueden ayudar tanto a que la humanidad no decai ga".

Aún así, en la misma iglesia el reconocimiento de su dignidad y su lugar en la construcción de la comunidad, implicó un penoso y largo tiempo de conflictos para lograr algunos puestos de servicio, siempre en categorías menores.

La presión de grupos conservadores sigue cargando sobre sus espaldas la responsabilidad del pecado original y otros males, de manera absolutamente injusta, cuando, a pesar de la cultura de su tiempo, Jesús tenía un pensamiento claro, tan claro, que el Primer Apóstol de la Resurrección fue una mujer, María Magdalena.

El papa Francisco ha avanzado en el reconocimiento de la mujer en la iglesia y reclama enérgicamente por sus derechos en cada foro público que se le presenta, y ha modificado algunos cánones del Código de Derecho Canónico, el 11 de enero pasado, para que no queden dudas de las posibilidades reales de servicio de la mujer, dentro de la iglesia.

Las mujeres pueden acceder a las llamadas órdenes menores de lectorado y acolitado, y participan con voz y voto en varios dicasterios vaticanos. Es normal para Bergoglio este tipo de decisiones ya que la iglesia en América Latina y en varios países del tercer mundo, encuentra su fuerza pastoral en la presencia activa de las mujeres. "La mujer, dice el Papa, tiene una misión en el cristianismo reflejada en la figura de María.

Es la que acoge a la sociedad, la que contiene, la madre de la comunidad. La mujer tiene el don de la maternidad, de la ternura, si todas esas riquezas no se integran una comunidad religiosa se transformaría en una comunidad dura y machista, mal sacralizada. El hecho que la mujer no pueda ejercer el sacerdocio no significa que sea menos que el varón".

Toda esta postura, paradójicamente, contrasta con la realidad social de nuestra región, muy a pesar de su religiosidad popular y de su gran dependencia clerical.

Cultural e históricamente, nuestra región se caracterizó por construir una sociedad matriarcal colocando al hombre por encima y con carácter de nómade, a diferencia de la mujer que se le asignó la responsabilidad del hogar y la educación de los hijos. El hombre como proveedor del sustento generó una dependencia económica y se otorgó, asimismo, un poder casi absoluto sobre el uso y el abuso del cuerpo y el alma de la mujer.

Circulan en nuestro acervo de dichos, poemas y refraneros populares una enorme variedad de cantos que ponen a la mujer como sometida a la voluntad despiadada del varón, "la mujer es como el cuero, cuanto más fuerte se golpea, más rápido se ablanda" y todos aplaudimos esta impiadosa narración.

La infidelidad del hombre es tratada con cierta tolerancia, sobre todo en los sectores rurales, pero la infidelidad, sea real o supuesta, de la mujer es castigada con severidad, incluso con la muerte.

 

Esta violencia cultural es transmitida desde niños en la vida cotidiana, donde las abuelas mismas se encargan de que sus hijas sean tolerantes y sumisas al varón.

También en el ámbito de la formación escolar, o institucional, se banaliza a la mujer y su esencia de esposa y de madre. Por ello, no es raro que instituciones como las policiales alberguen semillas de violentos en lo que se refiere a género. La violencia de género requiere un trabajo muy radical que toque las fibras más íntimas de las instituciones educativas y de la formación de los actores sociales.

Las instituciones del Estado que trabajan sobre la violencia de género no deben achicar su mirada sobre los colectivos sociales de una minoría solamente. Ciertamente estos sectores han conquistado múltiples derechos que eran necesarios, pero el Estado debe priorizar hoy el cuidado de la mujer desde todos los ángulos posibles, sin generar una nueva guerra de géneros.

La Iglesia se adelantó en sus documentos a reconocer a la mujer y su lugar en el mundo, en la sociedad y en ella misma, aunque el proceso en la práctica se hizo más lento. Pero el Estado debe acelerar los procesos de transformación cultural para garantizar el derecho a la vida y a una vida digna de las mujeres, que hoy no sólo son referentes de ternura y humanidad en la sociedad, sino actoras concretas y comprometidas en su transformación.

La mujer debe eliminar de su vocabulario la palabra "aguantar", y admitir que el hombre no es una simple ayuda en el hogar, sino parte integrante de esa familia y participa activamente de su construcción y desarrollo.

Ellas seguirán siendo reinas en el hogar y en la sociedad, pero deberán ser mujeres indomables a la hora de cuidar su dignidad.

 

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