Importa China, no Venezuela

El bicho que instrumenta la peste sorprende con su astucia ejemplar para la destrucción que desorienta a los epidemiólogos, a los ministros de salud y a los presidentes que nunca aciertan en la estrategia de combatirlo. Porque, en definitiva, apenas comienzan a conocerlo.

El bicho es sagaz. Experto en mutaciones. Se transforma y adopta distintas variantes o cepas. Los desorienta. Se resignifica. Revoluciona más que la revolución socialista de octubre, que generó la extinta Unión Soviética. O que la televisiva "primavera árabe". Derivó en el invierno salafista. Para comenzar, el bicho se lo llevó puesto a Donald Trump, The Fire Dog. Y arrasa con quien fuera (o se creyera) el socio principal: Bolsonaro.

El bicho reproduce una apertura de caminos geopolíticos hasta para la Argentina. Donde a sus pensadores les cuesta creer que el país puede transformarse en una ficha valiosa. En la estrategia de quienes diseñan el tablero internacional.

Hoy se debaten las dos grandes potencias que se deben tener en cuenta. Terceros abstenerse.

Estados Unidos, ya sin Trump. Y China, la cuna del bicho.

Con la combinación de totalitarismo represivo y de capitalismo casi salvaje, China hoy le moja la oreja y le palpa las nalgas a Estados Unidos.

Para desatar una Guerra Fría infortunadamente menos cinematográfica que la transcurrida durante el siglo anterior.

Una Guerra Fría más real.

China es, en efecto, una conflictiva prolongación de aquella extinguida Unión Soviética que debió resignarse a ser nada menos que Rusia.

Pero amenazante porque Rusia participa, con China, en la triple alianza que incluye a Irán. Significa también la presencia de Siria. La constelación del universo chiita que se impone como el otro desafío para el mayor aliado de Estados Unidos en la región. Aparte, claro, de Israel. La Arabia Saudita.

Biden, El Abuelo Dulce

Es por China que Joe Biden, El Abuelo Dulce, reproduce en América latina un cambio de frente digno de Riquelme. Para desubicar a los oportunos presidentes que jugaron por la geografía de Trump. Bolsonaro, en gran medida. Y Duque, el menos estudiado. El colombiano casi responsable de aportar la inteligencia que condujo al laberinto del riesgo Venezuela.

La plácida gestación del Grupo de Lima servía de lobby descarado para instalar como presidente artificial a Guaidó. Es la invención que se atribuye -según la información probablemente mala- a Luis Almagro, Secretario General de la OEA. Almagro es otro animador del Grupo de Lima que, con el paraguas de Bolsonaro y de Trump, se redujo a la sucesión aburrida de reuniones de consorcio.

Alcanzaron, primero, la magnitud de la monotonía. Y después de la inutilidad. Cuando el virus desmoronó al propietario del paraguas para facilitar el desembarco del Abuelo Dulce. Claro que el desmoronamiento no es gratis. Tampoco es barato. Legitima la inconformidad de 70 millones de americanos que prefieren las supersticiones de Trump. Aunque, en pleno delirio de la barbarie, haya que asaltar el Capitolio.

Pero Biden no tiene tiempo para vacilar. Primero tiene 78 años. Y debe rápidamente encarar los cambios brutales producidos durante la pesadilla de Trump. Debe volver a la racionalidad ambiental. Anexarse al acuerdo climático y hasta sentarse a tratar los temas nucleares con Irán. A los efectos de contener a Rusia y desarticular lazos extremos con América Latina y sus líderes referenciales. Como Bolsonaro, Duque, los aliados de Macri, El Ángel Exterminador.

Para mantener en el poder a Macri se desperdiciaron 50 mil millones de dólares que pusieron al Fondo Monetario en el aprieto más incómodo de la historia. Por si fuera poco, Macri perdió la elección. Contra el ciudadano honorable Alberto Fernández, El Poeta Impopular, secundado por la figura fuerte de La Doctora. A La Doctora se la hace responsable por mantener las mejores relaciones con los peores enemigos de Estados Unidos. China y -como propina para la caja de empleados- Rusia, e Irán.

Sin chinos en la Bahía

Acaso impulsado por la indolencia, el Secretario de Estado Tony Blinken, El Afrancesado (como Jorge Telerman), conversó durante una hora con Felipe Solá, El Felipista de la primera hora. Consta que El Afrancesado no utilizó siquiera medio minuto para reclamar sobre Venezuela. Tampoco mencionó la ociosidad multilateral del Grupo de Lima. Lo que les importa es China, no Venezuela.

La posible instalación de otra base china en el sur atormenta a la eficiente diplomática que funciona como Encargada de Negocios en Buenos Aires. La señora Mary Kay Carlson dirige la embajada desde la partida del señor embajador que celebraba los 4 de Julio disfrazado de John Wayne.

La conectada MaryKay suele mostrarse monotemática con el síndrome de China. La dama acompañó al almirante Craig Faller, Jeff Chandler, jefe del Comando Sur, que mantuvo una solemne entrevista con el ministro Rossi, El Chivo. Jeff Chandler después se fue a Ushuaia con el pretexto de donar dos hospitales de cartulina y para ver qué había de cierto. "Pero no había ni polvo de chinos en la Bahía".

La avanzada de EEUU se cerró con la visita de Juan González, el joven con rostro de policía bueno, nacido en Colombia. Hijo de nostálgico combatiente revolucionario pero que hoy reporta a Biden como asesor en temas de Seguridad Nacional. Para tormento de los abundantes occidentalistas de Argentina el riesgo de Venezuela ni siquiera figuró en la agenda.

Tampoco figuró en la agenda el consorcio de Lima. Ni en el almuerzo con el líder unánime del felipismo. Ni entre las mollejas y chinchulines que se sirvieron en la casa de Sergio Massa, El Conductor. Tampoco le zumbaban los oídos a Massa por los maleficios enviados por los patriotas de su coalición que esperaban ser invitados. Costaba sacarla a MaryKay de China mientras Juan González, el comprensivo policía bueno, con su capacidad seductora indagaba sobre el más enigmático producto regional. El Peronismo.

 

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