Argentina, perdida entre La Ilíada y La Odisea

"El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha" podría ser la primera obra con la envergadura necesaria para marcar el inicio de la literatura en nuestra lengua. Sucede lo mismo con las obras de William Shakespeare en la literatura inglesa; Moliere y Víctor Hugo en la francesa, y Turguéniev, Tolstoi y Dostoievski en la lengua rusa. Sin embargo, debemos remontarnos a Homero, y a La Ilíada y La Odisea -siglo VIII a. C.-, para tener lo que se considera el origen de la literatura greco-romana. De la literatura occidental en realidad.

"La Ilíada es el relato de la Guerra de Troya. La Odisea narra el regreso de Ulises a su reino de Ítaca. Uno describe la guerra, el otro la restauración del orden. Ambos trazan el perfil de la condición humana. En Troya: la avalancha de las masas rabiosas manipuladas por los dioses. En la Odisea: Ulises circulando entre islas y buscando una escapatoria. Entre los dos poemas, una violenta oscilación: maldición de una guerra aquí, posibilidad de una isla allá. Por un lado, el tiempo de los héroes, por otro, una aventura interior". El párrafo, extraído del delicioso ensayo "Un verano con Homero", de Sylvain Tesson, sirve como punto de partida para esta nueva propuesta de reflexión. Dos poemas magníficos; uno que detalla el desborde de la hibris y el desbalance cósmico que provoca esta desmesura al punto de enojar a los dioses que -ironía aparte- provocaron la guerra. El otro narra la fatigosa restauración del orden; el lento restablecimiento de esa hibris perdida. El fin de la desmesura.

Sin saberlo -sin proponérselo-, Homero "crea" la literatura y nos enseña que el hombre es solo una criatura en un mundo saturado de fuerzas poderosas. Sobre algunas podrá ejercer algún grado de influencia; sobre otras no tendrá el menor grado de control. Aun así, deberá sobrellevarlas a todas y vivir.

De dioses y de hombres

Homero nos muestra a dioses veleidosos, llenos de ardides y de artimañas; yendo de orgías y bacanales a conspiraciones contra los propios hombres o contra otros dioses tan poderosos como ellos. Por diversión o para paliar el aburrimiento; para fortalecer su poder o para disimular el tedio y el hastío que les produce la inmortalidad. Para mantener el equilibrio entre sus egos y sus vanidades o para consentir a sus propias contradicciones. En Homero, el hombre común no es más que una moneda de cambio que se usa para mantener la paz y el precario equilibrio entre los dioses. En La Ilíada, Zeus busca la guerra de los hombres para lograr la paz del Olimpo. En La Odisea, busca apaciguar a los hombres con el mismo fin. En ambas obras Homero nos muestra dioses "demasiado humanos".

Hefesto dirá a su madre Hera y a Zeus, su padre y rey de todos los dioses: "Funesto e insoportable será lo que ocurra si ustedes disputan así por los mortales y promueven alboroto entre los dioses. Ni siquiera en el banquete se hallará placer alguno, porque prevalecerá lo peor". Sabias palabras. Si los dioses se pelean e incitan a la pelea entre sus inferiores; mal destino nos espera a nosotros, sus inferiores y meros mortales.

La Ilíada

En el poema de Homero, Aquiles no es invencible; el mito de su talón es más reciente. Está dotado de una capacidad de lucha inigualable y de una velocidad es sus pies que lo hace invulnerable. Homero se refiere a él, una y otra vez, como "el de los pies ligeros". Uno tras otros sus rivales caen por su lanza formando ríos de sangre. Es tanta la matanza y el desborde que hasta los dioses se horrorizan.

Dioses menores buscan hacer desbordar los ríos para limpiar el campo de batalla y contener su furia; no lo logran. Aquiles se enfrenta al propio río Escamandro en un canto de una belleza y una fuerza singular. La hibris se ha roto. Aquiles sigue la matanza buscando a Héctor, a quien los dioses salvan tres veces. Pero, como en toda tragedia griega, cuanto más intente el héroe alejarse de su destino más se acercará a él. La profecía dice que cuando Aquiles mate a Héctor encontrará pronto la muerte. Y Aquiles corre desaforado hacia ella.

Al fin, Aquiles da muerte a Héctor. Y en el colmo de la hibris rota, atará el cuerpo del guerrero a su carro y lo arrastrará por todo el campo de batalla ante la vista de toda su familia y de ambos ejércitos. La profanación de su cadáver es imperdonable. La hibris descontrolada sólo atrae más horror. Los augurios son tenebrosos.

Luego vendrán el sacrificio de Príamo -arquetipo del dolor de un padre que hace lo imposible por restaurar el honor de su hijo ultrajado-, la tregua y los funerales de Héctor; y la batalla final. Apolo -dios de la luz y de la música- empuja con su aliento la flecha disparada por Paris, la que se clava en la espalda de Aquiles recorriendo el camino hasta su corazón; matándolo. Luego de haber vencido a un rival tras otro, luego del hastío que le producían esas victorias incontables con desenlace anticipado; Aquiles sonríe por fin mientras se desploma de cara sobre la tierra; sabiéndose muerto.

La Odisea, en cambio, es la historia de un interminable naufragio. Un manual de catástrofes sin fin. Apenas iniciado su retorno, Ulises humilla y mata a Polifemo, lo cual desata la ira de Posidón, su padre. Le falla a Eolo, el dios del Viento, y más tarde le fallará a Helios, el dios del Sol. Se perderá en la isla de los lotófagos -con el peligro de perder la conciencia de sí mismo-, recalará en la isla de Circe -superando el riesgo de perder su forma humana- y más tarde perderá años enteros junto a Calipso, corriendo el riesgo de perder su propósito. La Odisea es la historia trágica de alguien que anhela volver pero que no vuelve. De alguien que solo consigue naufragar una y otra vez tras cada intento. Que quiere volver después de diez años de una guerra desmedida y que demora otros diez años en lograrlo. La Odisea es una búsqueda interior;, el poema del regreso a uno mismo. A uno mismo y al hogar.

Ulises retorna con la ayuda de los dioses, quienes buscan restaurar el orden de una vez. Vuelve, se deshace de los pretendientes de su esposa Penélope, recupera su reino. En fuentes no homéricas, este retorno es insatisfactorio porque a poco de volver el desatino se desata otra vez. Haber retornado no le es suficiente. Saquea a los reinos vecinos; desata de nuevo la ira de los hombres y de los dioses. Ve conspiraciones donde no existen. El equilibrio es siempre precario. La paz es efímera; la guerra es la constante. Hay que hacer esfuerzos por mantener la paz. Todo el tiempo, todos los días.

En un ataque de paranoia, muere a manos de Telégono -su hijo con Circe- y hace que la propia Penélope y su hijo Telémaco abandonen Ítaca tras su muerte. Telémaco ni siquiera busca reclamar el trono; lo abandona todo. La memoria de Ulises se pierde. Poco es más trágico para un griego que perderse en la memoria colectiva. Telémaco se casará con Circe - la amante de su padre- y Telégono -hijo de esta amante y hermanastro de Telémaco- se casará con Penélope. Fiel a la esencia de toda buena tragedia, cuando los héroes más luchen contra una profecía más apretarán el nudo en torno a sus gargantas.

Al comienzo de La Ilíada, Homero usa los primeros versos para descerrajarnos una verdad demoledora que se repetirá a lo largo del poema: reinar sobre los hombres es más sencillo si ellos mismos se desgarran. El trono de los dioses se erige sobre nuestros escombros. Los hombres somos factores de equilibrio de las artimañas de los dioses. Nosotros podremos disponer de nuestras vidas; ellos disponen de nosotros.

Otra lección para los tiempos que corren es que la civilización se da cuando se tiene todo por perder; la barbarie, cuando hay todo por ganar. Quizás la pregunta natural que surja es, ¿qué es lo que "hay tanto por ganar" cuando la barbarie, la locura y el desatino nos ganan el día a día por doquier? Bajo la apariencia plácida y familiar de las cosas hay una cara que aguarda el momento de romper el mundo en pedazos.

Homero nos enseña que la vida impone deberes. El más importante: no romper la mesura del mundo. Y si toca reparar una falta, no por eso hay que apartarse del camino ni dejar de lado los objetivos prefijados. No debemos olvidarnos quiénes somos; el lugar del que procedemos ni el lugar hacia el que vamos.

También nos hace ver que no todos los hombres somos iguales: "Hay hombres que distinguen lo maravilloso, mientras otros no son capaces de verlo". Algunos son favoritos de los dioses; otros no. Algunos ven destellos de lo maravilloso en las grietas de la realidad. Otros carecen de esa doble visión. Algunos descifran la realidad y luchan por cambiarla. La mayoría solo se contenta con contemplarla; aun cuando esa contemplación sea otra forma de perdición.

Me pregunto si no nos haría bien leer a Homero. Reconocernos en la hibris rota tras peleas absurdas, nimias e inconducentes. Preguntarnos si vale la pena vencer a Héctor sabiendo que su muerte acarrea la nuestra propia. Si está bien mancillar su cadáver atándolo al carro de nuestra victoria. Me pregunto si vale la pena la guerra siquiera. Qué es, acaso, lo que esperamos ganar con ella. Me pregunto si no es hora de volver a casa. Sin perdernos en la isla de los lotófagos, donde parecemos estar instalados tan cómodos; si podremos vencer la tentación de fallarle a Eolo o a Helios; si podremos no recalar en la isla de Circe ni perder incontables años sin propósito alguno disfrutando del amor engañoso de Calipso. Me pregunto si podremos volver a los brazos de Penélope en Ítaca; sin romper otra vez la hibris por culpa de nuestra necedad e ignorancia. Me pregunto…

Para Homero, todas las desgracias sobrevienen cuando el hombre no está «en su sitio», y todo el sentido de la vida consiste en devolver a su lugar lo que hemos sacado de su lugar. En estos días de tanto desatino y desasosiego, de tanta hibris rota y desatada; quizás sea bueno volver a Homero y dejarnos conquistar por la magia de esos versos eternos escritos dos mil quinientos años atrás. Y aprender algo de ellos. Sin culpar al mar, como siempre, por nuestros eternos y sucesivos naufragios.

 

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