Las costras metálicas de los incas

El imperio Inca se extendió a lo largo y ancho de la cadena andina. Dominaron las alturas y algunos valles cordilleranos. La necesidad de metales para su expansión llevó a sus sabios o amautas a estudiar sobre como buscarlos, como explotarlos y como beneficiarlos siguiendo distintas técnicas metalúrgicas.

Algunas de esas técnicas fueron heredadas de culturas anteriores como Ancón, Chavín y Paracas. También asimilaron técnicas metalúrgicas y conocimientos mineros de los pueblos conquistados, entre ellos los del Collasuyo, la región austral del imperio. El inca enviaba sus emisarios y mitayos a los cuatro puntos del Tahuantinsuyo para proveerse de los minerales esenciales para la metalurgia y también para su farmacopea. Y no solo minerales para obtener metales o productos medicinales, sino también piedras preciosas o semipreciosas para sus adornos. Hermosos objetos ceremoniales de oro y plata están acompañados de turquesas, malaquitas, azuritas, lapislázulis y otras vistosas piedras de llamativos colores.

Los incas llamaron "pacos" a los cerros oxidados de colores amarillentos, marrones y rojizos. Esas oxidaciones de hierro férrico se generan cuando los sulfuros metálicos de las vetas, filones u otros cuerpos mineralizados, quedan expuestos en la superficie y sometidos a los agentes meteóricos. Se entiende que esos cuerpos metalíferos se formaron en el interior de la corteza a presiones y temperaturas más altas que las que reinan en la superficie. Al quedar expuestos, esto es exhumados por la erosión, sufren un desequilibrio y deben adaptarse a las nuevas condiciones ambientales. Es entonces cuando reaccionan formando óxidos, ocres u orín de hierro.

El mineral más común que se oxida es el sulfuro de hierro: pirita. Los óxidos formados por la alteración de los sulfuros metálicos se conocen como limonitas y el mineral principal es la goethita, un hidróxido de hierro. A esos manchones oxidados o sombreros de hierro los incas les llamaron "pacos" por analogía con los "carneros de la tierra", esto es los camélidos, y especialmente el guanaco y la vicuña. Cuando dentro de esos pacos encontraban mineralizaciones metálicas, recibían el nombre de "panizos". Precisamente existe un cerro Panizos en el noroeste de la Puna jujeña, que es límite con Bolivia, y donde ocurren esos panizos mineralizados.

Las zonas de oxidación de las vetas metalíferas permiten descubrir planchas de metales nativos, caso del cobre y de la plata. Las costras o planchas de cobre eran llamadas por los incas "charquis" o "charques", por su semejanza con la carne secada al sol. Estos charquis eran muy apreciados, ya que el cobre estaba allí directamente como metal nativo. Listo para ser trabajado por martillado y percusión, para obtener láminas para fabricar algunos de los tantos objetos de adorno u otros usos de valor.

Al cobre lo llamaban "anta" y de allí se piensa vienen los vocablos "Antisuyo" y "Andes". No sería ociosa la asociación de cobre con Andes, ya que la cadena andina alberga los yacimientos de cobre más grandes del mundo, especialmente en el norte de Chile y en el sur del Perú. En la mina Corocoro, de Bolivia, se ha mencionado la presencia de planchones de cobre nativo, de algunos metros cuadrados de superficie, incluso en el siglo XX. También las areniscas de San Bartolo, en el actual norte chileno, son ricas en mineralizaciones de cobre nativo.

Lo mismo pasaba en la vieja Chuquicamata, pero esas planchas de charquis se removieron hace siglos y solo quedan vestigios en la mayoría de los casos. Si lo que se oxidaba eran sulfuros o sulfosales de plata, o sea vetas superficiales mineralizadas con el metal argentífero, las costras, planchas o chapas eran de plata nativa.

Colque

Los incas llamaron "colque" a la plata, y por sus propiedades de maleabilidad y ductilidad pudieron trabajarla directamente a partir de esas costras metálicas. La plata estaba relacionada con Quilla, la diosa lunar. El templo de Coricancha en Cuzco tenía ídolos revestidos con finas láminas de plata para adorar a la Luna y otras de oro por el dios Sol, o Inti. Las minas que abastecieron de plata al inca fueron especialmente las de Porco, en la actual Bolivia.

Cieza de León comenta en 1553 que "... los indios dicen que en tiempo de los reyes Ingas mandaron este gran reino del Perú les sacaban en algunas partes de esta provincia de los Charcas cantidad grande de metal de plata y para ello estaban puestos indios, los cuales daban el metal de plata que sacaban a los veedores y delegados suyos. Y en este cerro de Porco, que está cerca de la villa de Plata, había minas donde sacaban plata para los señores. Y afirman que mucha de la plata que estaba en el templo del Sol de Curicancha fue sacada de este cerro, y los españoles han sacado mucha de él".

Las costras de plata nativa presentan formas raras y exóticas, como ramas de arbustos (arborescente) o rulos como caracoles. Chorolque hace referencia a esto último. Bernabé Cobo señala en 1653 que "… acudían de estas mitas a la labor de las minas de oro y plata y de los otros metales; porque eran muchas y muy ricas las minas que se labraban por cuenta del inca... pero las más afamadas eran las de Taracapá en la diócesis de Arequipa, las cuales estaban en unos arenales secos... Eran tan ricas estas minas que la mayor parte del metal que se sacaba de ellas era plata blanca sin mezcla de escoria...". Se refiere a Huantajaya, cerca de Iquique, donde se encontró abundante plata nativa que "se cortaba a cincel".

Los metales nativos son raros y por ello los incas también obtuvieron el cobre y la plata de las menas de esos metales, entre ellas minerales oxidados de cobre y sulfuros de plomo y plata. Sabían entonces reconocer no solo el metal, sino también los minerales que lo contenían. Llamaron así "tacana" a los sulfuros y sulfosales de plata (argentita, acantita, platas rojas o rosicleres), "sucu" a los haluros de plata, "soroche" a la galena argentífera, entre otras menas que reconocieron y fundieron. Para ello utilizaron ampliamente las huayras, unos pequeños hornos metalúrgicos alimentados con arbustos de las punas y emplazados en las bocas de las quebradas para aprovechar la fuerza del viento.

Cieza de León dejó un buen testimonio de ello en 1553 cuando dice: "... para aprovecharse del metal hacían unas formas de barro, del talle y manera que es un albahaquero en España, teniendo por muchas partes algunos agujeros o respiradores. En esto tales ponían carbón, y el metal encima, y puestos por los cerros o laderas donde el viento tenía más fuerza sacaban de él plata, la cual apuraban y afinaban luego con sus fuelles pequeños, o cañones con que soplan".

El oro nativo, al que llamaban cori, lo sacaron preferentemente de los aluviones auríferos donde aparecía en forma de chapitas, chispitas, pepitas y polvo. A las láminas o planchas de oro nativo de los aluviones las llamaron "charpas" y dada la alta maleabilidad y ductilidad del oro pudieron trabajarlo a puro martilleo y conseguir láminas finas como las que usaron en el ya mencionado templo de Coricancha, en el Cuzco.

La mayoría de los topónimos de cerros y ríos con la palabra cori hacen referencia a la presencia allí de oro nativo. Entre ellas Cori, Kori, Corimayo, Koricollo, Coricancha, etcétera. Sabían reconocer la mayor abundancia de oro, incluso el llamado oro grueso, en la base de los aluviones, en contacto con las rocas de basamento, a los que llamaron "llampos". Los llampos estaban oxidados del mismo color de los pacos, por la presencia de pirita, mineral que normalmente acompaña al oro y que se altera dando óxidos e hidróxidos de hierro, los que tiñen las rocas de colores ocres y rojizos.

Los cristales de pirita, transformados a hidróxido de hierro, recibieron el nombre de binches o binchos, y para los buscadores la presencia de esos binchos era "señal de que había oro". Junto con el oro aparecen los llamados minerales pesados, entre ellos la magnetita, que forman las arenas negras. La magnetita es un óxido de hierro magnético que se adhiere a la "piedra imán", a la que llamaron "wini". A las arenas de magnetita o arenas negras les llamaron "wini aco". La minería y metalurgia incaicas son un extraordinario capítulo de la ciencia y la técnica en el nuevo mundo. Ello fue desarrollado ampliamente en mi libro "Geología, ciencia y toponimia del Imperio Incaico" (Mundo Editorial, 2022).

 

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