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¿El terrorismo ganó la batalla cultural?

Sabado, 02 de diciembre de 2023 21:03

Todavía recuerdo -de manera vívida- el atentado del 11 de septiembre de 2001. Recuerdo el estupor ante los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas; las víctimas arrojándose con vida de ellas; el polvo elevándose como una bruma fantasmagórica desde las calles de Manhattan cuando implosionaron; la desolación de la gente; el heroísmo de los bomberos; todo. Recuerdo la impresión al recorrer "Ground Zero" - años más tarde -desde el subterráneo-; visitar el memorial, las miles de cartas de hijos y familias a las personas que perdieron la vida en ese acto barbárico y cobarde; meditar ante el único árbol que quedó indemne ante el salvajismo sin par.

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Todavía recuerdo -de manera vívida- el atentado del 11 de septiembre de 2001. Recuerdo el estupor ante los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas; las víctimas arrojándose con vida de ellas; el polvo elevándose como una bruma fantasmagórica desde las calles de Manhattan cuando implosionaron; la desolación de la gente; el heroísmo de los bomberos; todo. Recuerdo la impresión al recorrer "Ground Zero" - años más tarde -desde el subterráneo-; visitar el memorial, las miles de cartas de hijos y familias a las personas que perdieron la vida en ese acto barbárico y cobarde; meditar ante el único árbol que quedó indemne ante el salvajismo sin par.

Un año después, Osama Bin Laden publicó una larga carta reivindicando el ataque. El terrorista se explayaba en una extensa lista de quejas contra acciones de Occidente en los países musulmanes -un pilar de la propaganda yihadista-, y criticaba el apoyo de Estados Unidos a Israel y a su política en los territorios palestinos. También criticaba "la mentira, inmoralidad y el libertinaje occidental, como los actos de fornicación, homosexualidad, intoxicación, juego y comercio con intereses". La carta estremece.

Hoy, habiendo transcurrido un poco más de dos décadas, esa carta se hizo viral en TikTok en medio de la polarización por la guerra de Israel contra Hamas en la Franja de Gaza. Por supuesto, en esta era posmoderna y con la extendida incapacidad de leer un texto completo y de analizarlo con un juicio crítico, lo que se hizo viral son tramos breves y frases cortas descontextualizadas. Una brutal guerra cultural se libra en las redes con estos mensajes.

Es llamativo pero las generaciones jóvenes muestran un alto nivel de adhesión a la causa palestina, algo que toma por sorpresa al establishment americano y europeo. No deja de ser paradójico que quienes se vanaglorian de ser "consumidores críticos de los medios de comunicación hegemónicos" terminen consumiendo propaganda terrorista de una manera tan acrítica. Así, en todas las grandes capitales del mundo se ven marchas de apoyo masivo a Palestina y de protesta en contra de las acciones de Israel; bajo la consigna "Palestina libre", mensajes del tipo "¡Intifada, Intifada, viva la Intifada!"; críticas a los ataques y a las políticas de Israel acusándolo de "imperialista", "nazi", "genocida" y de imponer un "apartheid" al pueblo palestino y fuertes consignas antisemitas. Las pintadas en casas parisinas -y argentinas- "marcando" los lugares donde viven judíos resuenan en los ecos de los peores momentos de la historia.

En Argentina, Myriam Bregman, el Polo Obrero y colectivos LGTBQ+ son miembros activos de la "resistencia palestina" y se manifiestan en contra de Israel y del pueblo judío en general; exteriorizando un antisemitismo escalofriante. Me cuesta conciliar la idea de que justamente estas personas defiendan con tanta vehemencia Estados, ideas y personas que no dudarían ni un segundo en fusilarlos, ahorcarlos o degollarlos si conocieran sus ideas y sus preferencias sexuales. Para los terroristas la homosexualidad se paga con la vida; las mujeres son de su propiedad absoluta con derecho sobre su vida y su destino, y solo sirven como incubadoras para la reproducción, y las otras letras que representan otras formas de sexualidad son tan inconcebibles para ellos que los ahorcarían sin pestañear. Esto es lo que defienden Myriam Bregman y estos colectivos. No lo puedo entender.

Tampoco puedo entender que se defienda a psicópatas asesinos escudados tras una falsa interpretación del Corán. Los extremistas del Irán del ayatolá Jomeini, los talibanes de Afganistán, los terroristas de Osama Bin Laden y de Al Qaeda, desde Marruecos a Indonesia, asumen un Islam revolucionario basado en la violencia y el terror; totalmente contrario al espíritu de paz y amor del Corán y de la comunidad musulmana.

El problema identitario

Desde las postrimerías de la década del 80 la cuestión identitaria cobra relevancia. En 1989 tres alumnas en un colegio de Creil -Francia- fueron expulsadas al no aceptar quitarse el velo para entrar a la escuela. "La cuestión del velo de Creil" fue un fuerte movilizador del movimiento de reislamización francés, que comenzó a cuestionar conceptos como "laicismo" e "integrismo", dándoles una acepción racista y xenófoba. Los jóvenes franceses musulmanes, a su vez, dejaron de ser "beurs", "magrebíes" o "inmigrantes" para ser "musulmanes" a secas, en la connotación de "fanáticos", siendo rechazados y excluidos. El huevo de la serpiente estaba plantado.

La identidad musulmana fundada en la pertenencia religiosa surge en el seno de una sociedad que por siglos ha hecho de la igualdad una bandera y una política de Estado. Pero el Estado francés no fue el único no preparado para lidiar con la crisis.

En el seno de las más de 200 organizaciones islámicas que habían surgido en Europa en muy poco tiempo, el debate discurría entre cómo hacer convivir el pluralismo con la aplicación de la sharia; la ley musulmana.

La enseñanza islámica es diferente a toda enseñanza laica. Para comenzar, plantea que no puede ser mixta, que no todas las carreras pueden darse a las mujeres y que los docentes deben ser musulmanes. Busca que se apliquen las reglas relativas a la comida «halal» en el régimen alimentario de los comedores escolares y que se respete el tiempo consagrado a las cinco oraciones diarias. Más, plantea que todo el programa escolar sea adaptado a las enseñanzas del Corán. Todo esto es inadmisible para el Estado francés y para todos los otros estados europeos.

Así, el tema instaló en la agenda diaria social y política un problema muy complejo que puso de manifiesto que las autoridades, las instituciones y los Estados no estaban a la altura del pro blema. La «pertenencia comunitaria» como libertad y derecho se politizaba y se radicalizaba a una velocidad que los propios actores no pudieron ni supieron manejar acelerando la divergencia entre la politización moderada («democrática») y la «radicalizada» (militar) de los movimientos de reislamización.

No es llamativo que sea en Francia donde ocurran los mayores atentados perpetrados por la Yihad en Europa. La matanza en la editorial del semanario Charlie Hebdo; en un supermercado kósher; en el Estadio de Francia o en la sala de la Bataclan; muestran el lugar preferencial que ocupa Francia como blanco de la yihad. Para peor, para los yihadistas, Francia es impía y la lucha es justa porque su territorio forma parte del «dar al-islam»: la "casa u hogar del Islam".

Francis Fukuyama diría, años más tarde: "Las minorías culturales descontentas que no se han asimilado producen malestar en la comunidad mayoritaria, que entonces se atrinchera en su propia identidad religiosa y cultural. Evitar que esto se convierta en un «choque de civilizaciones» requerirá moderación y buen juicio por parte de los líderes políticos, algo que el propio proceso de modernización no garantiza". Más pronto que tarde, el "Choque de civilizaciones" vaticinado por el profesor inglés Samuel P. Huntington parece inevitable y la cultura identitaria -de uno y de otro lado- parece exacerbarlo.

Una integración genuina, sostenible y, sobre todo, verdadera, "nos exige a todos y cada uno que asumamos el conjunto de nuestras filiaciones y también, un poco, las de los demás. Como sucede con todos los ideales, aspiramos a ello sin conseguirlo nunca del todo, pero la aspiración es en sí saludable, indica el camino que hay que seguir, el camino de la razón, el camino del porvenir. Llegaré incluso a decir que es esa aspiración la que marca, en una sociedad humana, el paso de la barbarie a la civilización"; dice Amin Maalouf en su desafiante "El naufragio de las civilizaciones".

Me da miedo pensar que la batalla cultural esté perdida. Por un lado, la comunidad internacional clama por una solución que "respete el derecho internacional"; ignorando que el derecho internacional sólo es aplicable entre estados soberanos que se someten a un arbitrio superior. El terrorismo no es un Estado soberano y no es una organización con la cual un Estado pueda negociar.

Tampoco me convence la postura europea y su idea "de la proporcionalidad de la respuesta". Los actos de guerra son irracionales y desproporcionados por naturaleza. ¿Cuánta violencia configura una respuesta proporcional? De todas maneras hay que meditar si la respuesta militar contra el terrorismo es la respuesta correcta como lo plantea Shivshankar Menon, en la prestigiosa publicación "Foreign Affairs", tomando como ejemplo el ataque terrorista de noviembre de 2008 perpetrado por terroristas paquistaníes en Mumbai; lo que podría haber desencadenado una escalada nuclear. La situación no es equivalente pero la pregunta vale igual.

Si me preocupa que la juventud, por ignorancia, por exclusión, o por un colonización mental defienda al terrorismo y al ideario terrorista. Me da miedo pensar que puedan cobrar relevancia las palabras de Michel Houellebecq cuando dijo: "Probablemente a aquellas personas que han vivido y prosperado en un sistema social dado les es imposible imaginar el punto de vista de quienes, al no haber esperado nunca nada de ese sistema, contemplan su destrucción sin temor".

No me gustaría pensar que hemos perdido la batalla cultural contra el terrorismo. No quisiera ver caer más aviones sobre ciudades mientras, del otro lado, la gente sale a festejar. No me gustaría pensar que vamos de la civilización a la barbarie, a toda velocidad.

 

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