Algo no funciona. Las luchas que se han desarrollado en defensa de la educación pública, por su gratuidad y por más y mejor presupuesto son históricas y tienen su especificidad en cada lugar. El presupuesto universitario es esencial para asegurar el vigoroso desarrollo de la enseñanza superior en nuestro país, pero es importante tener presente que una universidad con pocos graduados en proporción al total de alumnos incrementa fuertemente el costo presupuestario de cada graduado a cargo de los contribuyentes. En Argentina, el dato es alarmante. Según el Centro de Estudios de la Educación Argentina cada graduado en la Universidad pública le cuesta en promedio al Estado, $263.963.

El informe presentado por la entidad que depende de la Universidad de Palermo es de 2011 pero la situación no ha cambiado mucho a la actualidad. El promedio nacional de egresados es de 27 estudiantes cada 100 ingresantes. Uno de los más bajos de la región y del mundo.

En Brasil se gradúan en promedio 50 de cada 100 ingresantes, en Chile 59, y en Francia 67.

Si bien influye la particularidad argentina del ingreso gratuito e irrestricto a las universidades públicas (la mayoría, no todas), que facilita que haya un número mayor de ingresantes que en otros países, esto no posibilitó que se gradúen más alumnos. Mientras que en Brasil se reciben más de 4 personas cada mil habitantes, aquí son sólo 2,5 cada mil.

Hay que destacar que las diferencias en la graduación efectiva de cada universidad son considerables.

En el extremo superior de la lista encontramos a la Universidad de La Matanza con un promedio de 50,8 egresados. Mientras, en el extremos inferior figura la Universidad Patagonia Austral con apenas 3,3 de cada 100 ingresantes.

Deserción

Este fenómeno de la deserción universitaria está muy presente, por ejemplo, en el Ciclo Básico Común (CBC) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde un 40% de los alumnos abandonan antes de completar siquiera las materias comunes para ingresar en sus respectivas facultades. El fenómeno también llega a las privadas.

Impacto del presupuesto educativo
en la equidad distributiva

 

La enseñanza pública gratuita tiene un significativo impacto en la equidad efectiva del ingreso entre los sectores sociales, una vez que se presta atención al impacto diferencial del gasto público en estos niveles educativos en cada grupo socioeconómico. 

Pero este impacto no es uniforme, ya que depende esencialmente del nivel educativo que es financiado por el Estado, teniendo en cuenta su gratuidad. 

La gratuidad de la educación en el nivel básico es fuertemente progresiva, ya que los pobres se benefician casi el triple que los ricos, pero lo contrario ocurre cuando se considera el gasto en el nivel superior o universitario. Mientras los sectores ricos se benefician con casi el 30 por ciento de este tipo de gasto, los pobres apenas captan menos del 12 por ciento.



 Es decir que los ricos captan 2,5 veces más beneficios de la gratuidad en el nivel superior y universitario que los pobres.

Esta gran diferencia en el impacto redistributivo del gasto público en educación por nivel escolar, está directamente vinculada a la distinta escolarización que existe en nuestro país cuando se tiene en cuenta el nivel socioeconómico de las familias.

La histórica universalización de la escuela primaria argentina se pone en evidencia en la tasa de escolarización de los niños de entre 6 y 11 años no difiere entre el nivel socioeconómico “bajo” y el socioeconómico “alto”. Pero cuando se considera el grupo etario de entre 18 y 24 años, o sea esencialmente la población universitaria, la situación es muy diferente.

En la franja etaria de entre 18 y 24 años, la escolarización del nivel alto es casi 51 por ciento superior a la escolarización de la población con nivel socioeconómico bajo.

 Esto no es una novedad, ya que la graduación en la escuela secundaria argentina difiere notablemente según el nivel socioeconómico de las familias.

Para ser más preciso, el nivel de escolarización del nivel alto entre 18 y 24 años es de 60,2 por ciento. Mientras, en la misma franja etaria pero en el nivel socioeconómico bajo, el porcentaje llega al apenas 39,9 por ciento. 

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