A propósito de lo sucedido en el centro de salud del barrio Intersindical, dos salteñas entradas en años conversaban. Y una de ellas le decía a la otra:

-Dicen que lo estaban haciendo sobre una camilla. ­Qué cosa! Vea, doña, lo que hace alguna gente para darse los gustos es de no creer.

-Sí, pues, ­qué cosa! ¿Sobre una camilla? ­Qué incómodo!

De ninguna manera vaya a interpretarse que este comentarista toma a risa lo ocurrido en la mencionada salita barrial. Pero se debería admitir que el relato, que no llega a tal, de la relación sexual supuestamente mantenida por un médico y una enfermera en un lugar de atención pública, en horas de trabajo, presenta ciertos perfiles confusos y hasta jocosos.

En primer lugar está lo de la camilla. Después tenemos los declarado por el ministro de Salud de la Provincia, Enrique Heredia, advirtiendo que “ahondar en los detalles del hecho (el presunto coito entre la enfermera y el galeno) es una falta de respeto, una invasión de la privacidad que está protegida por la ley (la privacidad, no la invasión), ya que esta situación está reservada al individuo y a Dios” (¿?).

Al otro día el ministro anunció que el médico involucrado en el escandalete había denunciado penalmente al vecino que, se asegura, lo halló en orsai con la enfermera, y a los pacientes que lo insultaron. Insólita actitud la del profesional, ¿no?, quizás, ganado por aquella idea que postula que no hay mejor defensa que un buen y oportuno ataque.

Lo confuso de este asunto que sirvió para que los ociosos fanáticos de facebook y de twitter diesen satisfacción a sus impulsos de meter cuchara en plato ajeno, fue aportado por varias crónicas periodísticas.

En una de ellas se dice que cuando los pacientes de la salita empezaron a oír gemidos que venían de uno de los consultorios, creyeron que eran de dolor, pero que después los identificaron como de placer (hay que tener práctica para eso), un señor “forcejeó la puerta del consultorio hasta romperla y encontrar a la pareja totalmente desnuda”. En otra crónica se afirma que ese señor simplemente “abrió la puerta y observó que el consultorio estaba con las luces apagadas”. Entonces, sigue el texto periodístico, “observó al médico y a la enfermera, con pocas prendas, teniendo relaciones sexuales”. ¿Cómo es la cosa? ¿Rompió la puerta, o la abrió, sencillamente? ¿Estaban los amantes “totalmente desnudos”, o “con pocas prendas”? Se supone que el aludido señor tiene dotes de nictálope para ver en la oscuridad.

En fin, no le demos más vueltas a la calesita. Y que se haga la luz para que de paso a la verdad de este caso que tiene sabor a sainete, ahondando en sus pormenores aunque al ministro Heredia le desagrade. ­Ojo con el orsai, que los están viendo!

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Debe iniciar sesión para comentar

Importante ahora

cargando...