El hombre sale de su casa a eso de las 6 de la mañana, cuando el termómetro en Tolar Grande ni siquiera sueña con sobrepasar el cero grado centígrado. El viento y el frío le señalan si habrá sol o si estará nublado; si habrá nieve o si llegarán más o menos visitantes a ese lugar incrustado en la Puna salteña.
Camina 7 kilómetros mirando hacia el este y es, sin dudas, un testigo cotidiano de una de las maravillas del planeta: los amaneceres de cielo limpio, a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar.
Porfidio Puca, 47 años, tiene esposa y siete hijos. Orgulloso y solitario guardaparque en los “ojos de mar” cercanos a Tolar Grande. Desde ese lugar, un informe publicado por El Tribuno en el año 2009 hizo girar la atención de la comunidad científica mundial, tras el hallazgo de los famosos “estromatolitos”, singulares organismos que cumplieron hace 3.400 millones de años un papel crucial en la evolución de la vida: liberaron el oxígeno a la atmósfera y crearon la capa de ozono. Tiempo después, y ante el riesgo de contaminación, la Provincia desarrolló una reserva para conservar semejante hallazgo.
Porfidio señala con su mano izquierda los imponentes cerros y con su derecha traza una línea imaginaria que llega al borde de las pequeñas lagunas de reborde blanquecino que marcan el límite de un salar.
“Desde el cerro hasta la parte donde hay pasto, hay agua dulce, y desde ahí hasta el salar es agua muy salada y pesada. Ahí están las cianobacterias”, indica con precisión empírica y a la vez científica.
Porfidio desmistifica. “Sí se conoce la profundidad de los ojos de mar. Tienen cerca de 8 metros y son como cuevas subterráneas que están conectadas. Ahora están más grandes porque nevó y el deshielo trae más agua”.
Fue empleado municipal 9 años, pero hace dos años decidió rendir para afrontar la responsabilidad del cuidado de ese patrimonio de la humanidad. “Tuve la suerte de ir a rendir en la Secretaría de Ambiente y me fue bien”.
El hombre camina hasta su trabajo. “A eso de las 8 comienzo. Doy una vuelta y levanto la basura que la gente deja o los plásticos que arrastra el viento. Guardo todo y espero a que vengan los visitantes para guiarlos y para que no se manden ninguna macana. A mí se me hace que la tierra y estos lugares son prestados y que tenemos que cuidarlos”, reflexiona.

La necesidad de un pequeño refugio

 A Porfidio se le nota el orgullo y la responsabilidad que ostenta sobre su trabajo.
“No quiero ser el único que disfrute de estas cosas tan lindas, y por eso me gustaría estar más tiempo aquí para enseñar a cuidar, pero el frío y el viento pegan fuerte. Sería lindo tener un pequeño refugio para estar más tiempo y atender a las visitas. Yo estoy hasta las 3 de la tarde y si alguien viene a las 5 o 6, aquí no hay nadie. A veces caminan por las orillas o se quieren meter al agua y no hay nadie para evitarlo”, explica con angustia. La reserva tiene los accesos bien delimitados y existe una carteleria indicativa, pero es evidente que no muchos le prestan atención, por las huellas que existen en el salitroso lugar.

 

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