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Al igual que los hermanos mayores, los perros pueden sentirse relegados ante la llegada de un bebé al hogar. La situación puede empeorar si los padres deciden apartar temporalmente a la mascota de la casa, creando un conflicto entre el niño y el canino. Separarlo por completo puede aumentar su desconcierto, ya que el animal relacionará la presencia del recién nacido con la pérdida de atención y de los espacios que hasta entonces ocupaba dentro de la familia.
Lo ideal es que ambos convivan desde un principio, para que se tomen cariño y no se vean como rivales.
Primeros vínculos
Posiblemente el perro manifieste un cambio de conducta y se la quiera tomar con el niño, porque desde un principio no lo han dejado acercarse a él. El desconocimiento lleva a los padres a tomar semejante decisión, ya que consideran que la presencia de la mascota en la casa puede ocasionar enfermedades o situaciones peligrosas para el chico.
Los lamidos y las travesuras frecuentes no son más que signos de cariño manifestados de un modo peculiar. No obstante, nunca hay que dejarlos solos, teniendo en cuenta la incapacidad de ambos para tomar conciencia de los alcances de sus acciones.
A veces, el perro es considerado una amenaza para el recién nacido, quien es protegido de cualquier germen que pueda invadir el hogar. Sin embargo, un animal bien aseado, cuidado y con sus controles veterinarios al día no debería ser considerado un portador de enfermedades ni un peligro para el niño.
Límites necesarios
Cuando el chico crece surge otro problema: el conflicto a la hora de comer. El simple olor de la comida atrae al animal, que se aproxima lentamente para servirse un bocado. El niño puede empezar a compartir su comida, conducta que debe ser controlada debido al riesgo sanitario que implica. Por eso, durante las comidas conviene mantener una rutina clara y evitar que el chico le entregue alimentos directamente al perro. Es allí donde el adulto debe intervenir para que el perro tenga cierto respeto por el chico.
Si no se toman las medidas requeridas, puede generarse un verdadero altercado cuando el niño intenta probar algún bocado. Con los controles adecuados, estos conflictos no pasan a mayores. Con el tiempo, el niño será más consciente de que no debe comer de la boca del perro, pero los padres deben ser los responsables de disciplinar a ambos.
Según las estadísticas, muchos de los niños mordidos por perros son menores de nueve años. En la mayoría de los casos, el niño, sin ninguna intención maliciosa, arremete contra el animal hasta hacerlo enojar: le arroja juguetes por la cabeza, le estira las orejas, lo patea o le pisa la cola. A pesar de todo, muchas veces el perro aguanta la "travesura" y no reacciona.
Esta conducta evidenciada en los niños debe ser controlada por los padres para que, con el tiempo, el menor aprenda a respetar al perro. La supervisión resulta indispensable, aun cuando el animal sea conocido y habitualmente se muestre dócil con la familia.
Juegos compartidos
Cuando se ve al niño acariciar al perro y este responde de la misma forma, o cuando ambos empiezan a jugar alegremente, es una buena señal. Significa que la amistad está evolucionando y que el conflicto llegó a su etapa final. Pero esto no significa que el animal vaya a actuar de la misma manera con otras personas.
En caso de que el niño sea hijo único y no acostumbre recibir a otros chicos en el hogar, puede presentarse un problema con la mascota cuando lleguen visitas.
Si el perro no está acostumbrado a ver a su pequeño amo en compañía de otros niños, procurará "defenderlo" por todos los medios cuando estos lo visiten.
Convivencia positiva
Cualquier raza puede adaptarse a los chicos. Lógicamente, hay algunas, como el bóxer y el ovejero alemán, cuyos ejemplares están predispuestos a tener afinidad con los niños. Sin embargo, la convivencia también dependerá de la educación recibida por el perro, su temperamento y la forma en que los adultos conduzcan la relación desde el principio.
Lo positivo de la convivencia entre perros y niños es que contribuye, en gran medida, a que los chicos aumenten su capacidad afectiva y su autoestima. Asimismo, ayuda a que manifiesten desde pequeños una mayor responsabilidad y aprendan a ocuparse de los demás. Si los padres establecen límites, mantienen los cuidados necesarios y acompañan el vínculo, el niño y el animal podrán compartir el hogar sin verse como rivales.
Por Walter Chihán, médico veterinario