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La partida de Romina Yan dejó una huella imborrable tanto en el mundo del espectáculo como en el seno de su propia familia. Sin embargo, detrás del dolor público por su ausencia, se ocultaba una realidad oscura y silenciosa que acaba de salir a la luz. Después de 16 años de silencio, su hijo Valentín Yankelevich decidió relatar el calvario de violencia física y psicológica que debió atravesar junto a sus hermanos en su propio hogar.
Cuando la actriz falleció en 2010, Valentín tenía apenas siete años. En ese momento, Darío Giordano -marido de la artista y padre de los niños, a quien Valentín hoy prefiere no llamar "papá" por no haber cumplido jamás ese rol- les prometió cuidado y protección. No obstante, lejos de cumplirse esa promesa, la convivencia se transformó en un calvario. Con diez, siete y tres años, los hermanos comenzaron a sufrir agresiones verbales y físicas constantes.
"Era realmente el infierno vivir en esa casa", confesó Valentín en una estremecedora entrevista. Según su testimonio, el hostigamiento diario incluía desde ser tomado de los pelos y arrastrado por la escalera hasta quedar encerrado en su habitación con la comida fría horas después. La violencia psicológica también dejó profundas marcas a través de la desvalorización constante: frases como "Vos no vas a hacer nunca nada en tu vida, no servís para nada" minaron su autoestima durante su niñez. En medio de ese contexto, las ocho horas diarias de clases se convirtieron en su único refugio cotidiano.
El rescate definitivo llegó gracias a los almuerzos semanales que su abuelo materno, Gustavo Yankelevich, compartía con cada uno de ellos por separado. En esos encuentros, los hermanos se quebraron y pidieron auxilio de manera directa: "No queremos vivir más en esa casa". Tras varios años de un complejo proceso judicial, la Justicia decidió otorgarle la tenencia definitiva a su abuelo. Lejos de disfrutar de una etapa de descanso, Gustavo, a sus 65 años, tuvo que reestructurar su vida por completo para contenerlos: "Volvió a ser padre, él tenía que ser abuelo, y era el mejor abuelo, y pasó a ser el mejor padre", reflexionó Valentín.
En paralelo a la resolución judicial, el joven debió lidiar con el miedo constante y la presión de versiones instaladas por el entorno paterno que buscaban desacreditar a su abuelo. Sin embargo, el tiempo y el amor familiar permitieron sanar las heridas.
Hoy, instalado en un presente luminoso, Valentín canaliza su energía en el automovilismo, una pasión que retomó de la mano de su abuelo en un momento bisagra de su vida, y se siente acompañado en cada carrera por la presencia espiritual de su madre.
Al mirar atrás, el joven valora haber recuperado las ganas de vivir y transformó su doloroso pasado en un mensaje de concientización: "Decidí que quería contarlo también para ayudar a otra gente, si alguien puede escuchar esto, tanto adultos como niños, que los niños hablen, que hablen, porque alguien los va a escuchar", concluyó con esperanza.