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Después de la oscuridad más profunda siempre llega la luz.
El pasado viernes 7 de agosto, el Teatro Provincial de Salta fue escenario de un concierto que el público y, tal vez, la propia Orquesta Sinfónica de Salta tardarán en olvidar. En el podio, el maestro Jorge Lhez, quien fuera director titular de esta formación, regresó como batuta invitada con un programa engañosamente simple. Dos obras maestras que comparten la misma tonalidad de mi bemol mayor, unidas por algo más que la armadura de clave.
Abrió la noche el Concierto para clarinete n.º 2 en mi bemol mayor, Op. 74, de Carl Maria von Weber (1786-1826), compositor a quien recordamos en el bicentenario de su fallecimiento. Este concierto fue escrito en 1811 para el legendario clarinetista Heinrich Baermann y está cargado, en cada compás, de la sensibilidad operística de su autor. El solista fue Raúl Traver, clarinete asistente de solista de la propia orquesta, y su interpretación fue, sin exagerar, de las que dejan huella. Transitó desde el sombrío registro grave del instrumento al agudo brillante sin una sola fisura audible, sostuvo el aria sin palabras de la Romanza con el fraseo de un auténtico cantante y con un control extraordinario de las dinámicas exigidas por el compositor. Mención especial a sus sobrecogedores pianissimi en este movimiento. En la Polacca final resolvió los pasajes de mayor riesgo técnico con una seguridad que jamás se sintió expuesta. No hubo un solo compás forzado. El maestro Lhez lo acompañó con el pulso de quien sí sabe cómo dialogar con un solista. La orquesta se replegó cuando debía ser confidente y avanzó cuando el discurso así lo exigía, sin imponer nunca un peso ajeno a la partitura. Fue una lectura sensacional, de esas que recuerdan por qué el clarinete, en las manos correctas, puede cantar como una voz humana.
Como propina, Traver nos obsequió una deliciosa versión para clarinete solo de la “Zamba de mi esperanza” con inmediata conexión con el público que no hizo más que ratificar su exquisita sensibilidad musical.
La segunda parte trajo la Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, Op. 55 "Heroica", de Ludwig van Beethoven (1770-1827), obra que en 1804 reinventó los límites de la sinfonía. Beethoven pensó al principio en dedicársela a Napoleón, a quien admiraba como símbolo de libertad, pero furioso borró esa dedicatoria cuando el francés se coronó emperador. Lo que quedó es una obra que ya no habla de un hombre en particular, sino del heroísmo mismo, de la lucha, la caída, el duelo y, finalmente, la superación. El maestro Lhez condujo una versión que no le tuvo miedo a los momentos más ásperos que Beethoven imaginó a propósito, esos instantes donde algo parece salirse de lugar y que muchos directores prefieren suavizar. Aquí sonaron con toda su fuerza y con un equilibrio de los planos sonoros realmente notable. La marcha fúnebre del segundo movimiento tuvo el peso justo, ni apurada ni exageradamente lenta y con una expresividad que en más de un oyente provocó escalofríos, y el pasaje de los cornos en el tercer movimiento, que evoca una cacería, sonó con el brillo que pide la partitura. Hubo momentos, sobre todo hacia el final, en los que la orquesta pareció redescubrir una obra que suena desde hace más de dos siglos, como si la tocara, y nos dejara escucharla, por primera vez.
Salí del Teatro Provincial con una certeza y una pregunta. La certeza de que solista y director habían estado sensacionales, cada uno en su terreno, y que la orquesta los había seguido con una entrega que honra sus 25 años de vida. La pregunta me la dejó, hace tiempo, un músico de la propia orquesta, y esa noche volvió a inquietarme ante la extraordinaria respuesta colectiva que observé por parte de los músicos hacia un director invitado y que ya lo he observado en otras ocasiones con otros directores invitados. Si en un cuarto de siglo ningún director titular logró imprimir su voz propia a la orquesta, ¿no será hora de que la orquesta misma, sostenida y no gobernada por batutas invitadas, sea quien construya colectivamente esa voz? Lo pienso en voz alta, sin una respuesta cerrada, más como una invitación a que el público salteño, que esa noche aplaudió calurosamente ambas obras, también se la haga.