Pero cuando algún paisano llegaba al destacamento con el cuento de que había encontrado un cadáver de brujo o de tigre, Estanislao Santamarina ya no creía poder mantenerse al margen del asunto. ¿No cree que debamos hacer algo?, le preguntó Prístino Quispe, que había comenzado como baqueano y ya era su asistente.

Si se refiere a lo que debemos, le dijo el comandante policial, vaya a saberse si me está hablando de lo que me encargaron hacer o de lo que es correcto. A mí me mandaron a normalizar estas provincias tras tantas guerras civiles, y acaso alguien piense que acabar con esos brujos, que se convierten en tigre, es justamente mi tarea.

Hay quienes dicen que los capiango pertenecen al pasado y no deben salir de allí, dijo el padre Buenaventura y Santamarina se levantó de su silla para responderle que hay mucha gente que dice muchas cosas. Si yo pudiera les echaría una mano, dijo, pero no sé si puedo hacer algo. Y fue justamente cuando dijo estas palabras que se dirigió a su catre y se quedó dormido.

Entonces, le contó Bautisto Pierro a Antonino Busca, fue cuando Estanislao Santamarina tuvo el sueño de que le hablo. Ya le dije que no es algo memorable el sueño que soñara un policía a mediados del siglo XIX, pero por algo se lo recuerda, dijo el subcomisario mientras le devolvía el mate al joven Busca.

Santamarina durmió, dicen, sólo unos minutos, y en esos pocos minutos tuvo el sueño de que le hablo, dijo. ¿Pero no me va a contar de qué trata ese sueño?, le preguntó Antonino Busca sin muchas convicciones.

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