Aquello que bebían Edmundo y Matías, pese a quien le pese, era una fresca limonada que volvía digeribles las empanadas fritas de mondongo, que aunque fuera vodka tampoco los condenaba por algún supuesto crimen, cuando Armando golpeó la mesa con el puño y les preguntó de dónde se conocían.

Tuvimos una novia en común, le respondieron, aunque en distintos momentos, aclararon. Y esa mujer se llamaba Agua y, dicen, se deshizo por una alcantarilla porque no nació mujer sino arroyo, dijo Armando sonriendo con ironía porque se creía cerca de deducir las conclusiones, pero lo que le respondió Edmundo fue más sorprendente.

Le dijo que había vivido siete años con ella, los mismos que el compadre Matías pasó en prisión, y nunca se le había pasado por la cabeza la posibilidad de estar viviendo con un arroyo, que yo no soy de tener gustos tan raros, aclaró.

Eso de que una noche de tormenta ella bajó por un huayco y encarnó en bella muchacha, y que golpeó a la puerta de la casa de la madre de Matías, donde fue atendida, son cosas que corren por cuenta de don Dubin, que dicen que las publicó en estos Laberintos. Vea, le dijo Edmundo a Armando tomándole la mano, yo no creería tanto en un periodista.

No es eso, dijo Armando titubeando cuando ya casi que se había creído un ganador, pero deben tener alguna explicación para que nadie sospeche nada raro al no volver a verla, pero en cuanto decía esto, ambos vimos con ojos azorados que la mismísima Agua, bella como siempre y sonriente, entraba por la puerta del almacén.

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