Veintitrés años después del final del apartheid, la tensión racial entre blancos, negros, hindúes y mestizos sigue viva en las zonas rurales agrícolas de Sudáfrica.

El fin del racismo no incluyó una transformación radical de la estructura económica y social, y solo la comunidad de origen indio -clases medias en el antiguo régimen- prosperó más que las demás desde entonces.

La riqueza y las propiedades siguen concentradas abrumadoramente en manos de las personas de raza blancas.

Si bien la élite integró algunos negros vinculados al poder, los pequeños propietarios de fundos agrarios blancos conviven con la población negra y son acusados usualmente de explotar y maltratar a los trabajadores rurales de color.

Al mismo tiempo, los granjeros son víctimas a menudo de brutales robos con violencia, que organizaciones afrikáners atribuyen a motivaciones raciales y causaron el año pasado 70 muertos en Sudáfrica.

La cada vez más tensa situación económica potencia los disturbios vinculados a la distribución regresiva de la riqueza, y es habitual que las personas blancas menos adinerados se armen aduciendo que actúan en defensa propia y de todos sus bienes, una costumbre que viene desde los tiempos del apartheid.

 

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