Tienen autismo y con la ayuda de un profesor armaron una súper banda de hits

Ver y escuchar a Suerte Music es una suerte. La banda de chicos con autismo de la escuela San Martín de Porres, en Isidro Casanova, conmueve hasta la médula. Esos chicos quieren rock de verdad. Y lo tocan con la pasión de un power trío, aunque sean cinco.

Ezequiel Giménez (bajo y voz), Nahuel Josenge (voz), Luz Serna (batería y voz) y Franco Bienchi (teclados) copan cada espacio de la pequeña sala de ensayo de la escuela con acordes y melodías de canciones que parecen haber sido compuestas para ellos.

Persiana Americana, Extraño Ser, Another One Bit the Dust son algunos de los temas del enorme y variado repertorio que interpretan. A veces, en locales colmados de gente. Como fue la vez que tocaron en Pinar de Rocha, en el 2015. Donde se lucieron con un cancionero que atravesó diferentes estilos e incluyó un show de baile de Nahuel durante un clásico Michael Jackson.

El director de esta orquesta rockera es Roberto Lázaro, el profesor de música de ellos, que en el 2013 decidió formar la banda para que sus alumnos aprendan a tocar instrumentos y ayudarlos a mejorar su capacidad cognitiva.

Pero algo que empezó como una terapia rápidamente se convirtió en un proyecto más grande. El cual terminó con varias presentaciones en el Centro Cultural San Martín y la grabación de dos discos, con canciones para chicos con trastorno generalizado del desarrollo (TGD), en donde enseñan los números y el nombre de los colores.

"La mayoría de estos chicos los tuve desde niños. Y había chicos que no verbalizan. Yo noté que ahora se expresan mucho mejor, como adolescentes", remarcó el profe. Y añadió: "Que ellos me puedan hacer un chiste, es también un gran logro".

No sólo hacen covers; también tienen temas propios. La canción "Parte del mundo" es una de ellas. La letra habla del autismo y en su estribillo le recuerda al oyente que "todos necesitamos amor, todos tenemos la misma ilusión, a que se realicen nuestros sueños, si me tratás bien estoy mejor".

Agustín Otazú, que da asistencia técnica al grupo, cuenta con una sabiduría filosófica envidiable como fue la experiencia de haber grabado un disco: "Fue única porque no muchos tienen esa posibilidad. Nosotros la disfrutamos mucho", comenta.

En el escenario, cada uno de ellos despliega su talento como si fueran estrellas del rock consagradas. Nahuel y Ezequiel parecen haber nacido para performar en vivo. Cantan, se mueven, agitan al público.

Luz, que aprendió batería a los once años, mantiene el ritmo como un reloj y por momentos puede creerse que se está escuchando a Meg White, la inquebrantable drummer de The White Stripes.

"Es una oportunidad de ser mirados desde otro lado. De que alguien los vea, los admire, los valore. Es una gran posibilidad de inclusión", explicó el director de la escuela, Andrés López Pell.

Además de este proyecto, Lázaro armó una orquesta de Tango, con muchos más integrantes, que derrite el corazón de cualquiera que los escuche tocar Adiós Nonino de Astor Piazzolla.

"Esto puede servir de ejemplo para otros chicos que con esta patología para que sepan que ellos también pueden ser protagonistas y ser admirados", resaltó Lázaro, que tiene planeado crear una banda de folclore.

Suerte Music no sólo llena el aire con música que viene de lo más profundo del alma sino que además les da un canal de expresión a estos chicos que parecen volar cuando están tocando.

"Cuando cantamos sentimos el corazón. Porque la música se siente no se aprende", reflexiona Ezequiel, con la sutileza que puede encontrarse en Fito Paez.

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