Que no se pierda

Hasta este fin de semana, todavía se podrá ver por las calles de San Salvador de Jujuy, y en las ciudades y pueblos del interior, la expresión maravillosa de los grupos de adoradores que al compás de característicos villancicos navideños, que pasan danzando detrás de la imagen del Niño Jesús, llevando en andas delante de esos ballets populares, ancestrales, que terminan con la danza de las cintas.

Muy pocos conocen el origen de este baile, que según la historia, nació en Bavaria, en una fiesta típica en el siglo XIV con el nombre de "Maiphahl", que quiere decir "Palo de Mayo".

Cuentan que la costumbre se trasladó rápidamente a Inglaterra y luego a los Países Bajos, para llegar finalmente a España. Durante el reinado de Carlos V se popularizó para Navidad, como "Danza del Cordón". Naturalmente, fue España la que exportó la tradición a toda América, ya convertida en baile de adoración al Niño Dios, y se radicó especialmente en lo que hoy son los países de México y Argentina. Lo demás, ya lo sabemos.

Especialmente en Jujuy, esta bella tradición comienza cuando en los barrios de la ciudad, empiezan a escucharse los redobles de los tambores y los golpes de los bombos dando ritmo a los sonidos de quenas y tarkas. Son los pesebres armados por humildes familias tradicionales, donde grupos de diez o más parejas de niños y adolescentes ensayan el baile de las cintas. Todos tienen un poste o palo central del que cuelgan cintas de colores.

Así, bailando, se acercan con gráciles saltitos, toman una cinta y después giran con laboriosas coreografías, armando figuras y tejiendo redes y formas artísticas con las cintas. Después, las destrenzan y siempre bailando los mismos pasitos pero en reversa concluyen su acto. En las "casas de los pesebres" se cumple el rito de repartir un especial, un generoso saratoga a los músicos, y pan dulce y jugos a los bailarines. Cada grupo tiene sus instructores, generalmente muchachas jóvenes que heredaron de sus mayores la responsabilidad de conocer las coreos, las músicas y las letras de los villancicos que transmiten a los bailarines. La costumbre es espléndida. Ya no importa si nació en Bavaria o cómo la trasladaron a Jujuy los españoles. Hoy es una tradición jujeña que se completa cuando cada cuerpo de baile llega danzando hasta la Catedral Basílica, o a las iglesias del interior, donde espera el palo "oficial" de las cintas. Sin competir, simplemente participando, cientos de grupos, miles y miles de danzarines cumplen el ritual de adoración. Vestidos con prolijos uniformes, algunos disfrazados de angelitos con vistosas alitas de papel o de tela prendidas a sus espaldas, con los ojos brillantes de emoción, trenzan y destrenzan, alaban al Niño Dios, protagonizando con profundo amor y respeto, la dulce ingenuidad de una costumbre de alabanza que los acerca a Dios. Después los párrocos los bendicen, y bendicen al Niñito que trajo cada grupo y que quedará en custodia de las familias organizadoras hasta la próxima Navidad.

En estos días, callarán los atronadores sones de los músicos "pesebreros", los atrios de las iglesias conservarán las coloridas sombras de los bailarines consagrados y sus cintas cruzadas, que junto a los buenos augurios las fiestas de fin de Navidad, fin de Año y Santos Reyes pasarán a ser historia. Lo que no pasará, lo que no debe pasar -en la era de los celulares, los i-pod, las redes sociales y la tiranía de la vida digital- es la hermosa expresión cultural del amor al Niñito Dios, de esos niños y adolescentes que trenzaron y destrenzaron bailando hasta quedar rendidos, mientras con el último aliento se despidieron cantando el tradicional: "Oh...! Viva María; Oh...! Viva San José; Oh...! Viva el que nació". Que no se pierda jamás.

 

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