Inspirando y exhalando la música que le viene y la que crea ella misma

Internada en Jujuy, respirando su historia, la de su padre, la de la música que le recorre el alma, dice: "Es maravilloso, amo Jujuy, cuando llego siento que es mi lugar", ya relajada de todas las actividades que hizo por estos lares Florencia Dávalos. Durante toda la semana recorrió espacios como la Escuela Superior de Música de capital y el Centro Cultural "Tizón", la Escuela de Arte y el Centro Andino para la Educación y la Cultura de Tilcara, y la Casa del Tantanakuy de Humahuaca, repartiendo su energía y su arte.

Varias cuestiones la embarcaron, difundir la obra de su padre, el poeta Jaime Dávalos; la de enseñar a cantar; y la de compartir su propia música y creaciones, porque por su sangre corre también la creación.

Jaime Dávalos y su obra son patrimonio de la cultura argentina, que merece permanecer en la memoria, y a su vez las nuevas generaciones merecen conocer. Y en esa empresa se embarca ella.

Aquí en Jujuy su ángel anfitriona fue la cantora Mónica Pacheco, a quien la une una historia familiar desde la infancia, ya que sus padres en Salta fueron muy amigos y compañeros de guitarreadas y bohemia. Hoy juntas recorren repertorios que escucharon siempre en sus casas, y que recuerdan casi como un aroma de niñez.

CON PROFUNDO SENTIMIENTO / CADA INTERPRETACIÓN CON SU VOZ, RECITADA O CANTADA, TENÍA ESTE CONDIMENTO.

La noche del viernes la encontró en el escenario del Centro Cultural "Héctor Tizón", haciendo exquisiteces con su voz, es que va mechando los recitados de la poesía que ama, que elige y comparte, la poesía que crea, la que hereda, y la música, el canto, la interpretación. Nada como cantar lo que se siente profundamente. Así transcurrió su recital "Íntima Dehiscencia".

Apenas comenzó el recital, subió una de sus invitadas de la noche, Noelia Gareca. Una combinación increíble que calentaba la fría velada.

Más tarde también subiría su amiga-hermana Mónica Pacheco para cantar con ella. Primero la anfitriona entró copleando, ya cuando se acomodó en las tablas hicieron "Yerba buena", y luego una canción que Florencia recuperó con Mónica a pedido de su mamá.

Durante el espectáculo se permitió contar en confianza a los presentes el proyecto que desarrolla con el apoyo de una beca que ganó del Fondo Nacional de las Artes para difundir la obra de Jaime Dávalos. Y entonces hizo una de las mejores versiones que escuché de la bella y cierta "Zamba de los Mineros", que el poeta creara junto al Cuchi Leguizamón. Esa misma que Bruno Arias también eligió para grabar en uno de sus discos, y que recientemente hicieron juntos (Florencia y Bruno) en el homenaje a Jaime Torres que se hizo en el teatro Gran Rex de Buenos Aires.

ENSAMBLE / CON LAS MUJERES QUE HICIERON EL TALLER.

"Sirviñacu", "Warmillita", y ritmos de chacarera en el inicio de la despedida, se fueron mechando, sin que ella tuviera intenciones de terminar. Con total generosidad, abría la posibilidad de quedarse cantando un rato más, o "seguir en otro lado", como sugirió simpáticamente.

Una vez terminado el repertorio, se bajó de las tablas para invitar a las mujeres que habían participado durante la tarde del Taller de Ensamble Vocal Femenino, a que cantaran con ella al ritmo de la caja. Y volvió a subir para ofrecer dos temas más antes de su retirada final.

La excelencia de la guitarra, que le hizo el aguante desde que llegó al norte fue la del jujeño Leo Vargas, quien estuvo a la altura de las circunstancias como anfitrión musical de lujo.

La voz y la palabra en Tilcara

LA HERENCIA DE DON JAIME / LA PRESENCIA DEL HOMBRE Y DEL PAISAJE, LA PERVIVENCIA DE LA CANCIÓN.

Desde aun antes, cuando en la prueba de sonido ensayaba “El Jangadero” con el Coro de la Orquestita del Capec (Centro Andino para la Educación y la Cultura) y los vientos y violines de los alumnos de la Escuela de Artes 49, de pie ante el micrófono como si no hiciera tal cosa, Florencia Dávalos dejó en claro que su voz, de textura cálida, por momentos suave, siempre expresiva, era la protagonista de la sala “Barbarita Cruz”.
Luego, con una tonada venezolana con la que entró a la sala desde el fondo y “a capella”, la noche del sábado, que al terminar el show sumó algunas parejas del público para bailar la cueca y la chacarera, quedó definitivamente pautada.
Si la voz es un don o el resultado del trabajo, o ambas cosas más probablemente, no es el tema cuando como oyente uno se sienta para disfrutar del concierto.
Acaso sea más interesante decir que si su padre, Jaime Dávalos, poeta cuya obra ella se encarga de extender aún más, era entonces la palabra, ella es ahora la voz que dice y canta esa palabra.
El repertorio, compuesto por canciones de don Jaime, por una propia, por otras de mujeres compositoras como Violeta Parra y Chabuca Granda, no se alejó nunca de los modos de ese folclore que tanto se disfrutó desde los años sesenta, un modo que ya, con el correr de las décadas, es tradicional, pero también hubo versos como el de Nicanor Parra a su hermana y diarios de Jaime Dávalos, a quien Florencia redescubre en el escenario como pieza medular de la poesía argentina.
Palabras dichas, palabras cantadas, con la sola guitarra de Leo Vargas y algún bombo, alguna caja, el charango de Lucas Gordillo, las coplas recopiladas por Leda Valladares junto a quienes dictó, en la tarde, un taller de canto, junto a los niños y adolescentes del coro, vientos y cuerdas, desde la lectura de un poema colocado, como partitura, en el atril, dieron la pauta de la noche. (Ricardo Dubín)

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