Recordando a los héroes en el santuario de Jueya

Antiguito Chico, el santuario de los héroes de Malvinas levantado en Jueya por Nicolás Toconás, suele tener esos momentos que atraviesan el tiempo para fundirse con la historia. En esta ocasión, Juan José Gómez Centurión se encontró con los hermanos de Miguel Ángel Ávila, quien luchó en el combate de Darwin bajo sus órdenes, donde dejó su vida.

Nos dice que aún hoy, veinticinco de los cuarenta y seis hombres que pelearon bajo sus órdenes se saludan cada mañana en un grupo de whattsapp, recordando aquellos saludos en tierra argentina de Malvinas. Gómez Centurión nos dice que "este es uno de los miles de santuarios espontáneos que hay a lo largo de todo el país, donde la gente recuerda la batalla de Malvinas. Frente a toda una movida del poder que invisibilizó el tema, convirtiéndolo en un tema de la dictadura como si fuese solamente eso, hay cientos de lugares con gente el de Nicolás".

Sentados junto a durazneros ya floridos, nos dice que "prefiero hablar de recuerdo antes que de memoria. La memoria es un ejercicio sicológico que está contaminado por el acto intelectual de pensar las cosas, pero el recuerdo viene del latín diciendo que algo vuelve a pasar por el corazón. Aquellas personas que conocimos, las personas que combatieron, aquello que vivimos en la guerra o en el continente, los chiquitos que escribían cartas, los planes de oscurecimiento de las ciudades, las madres que tejían bufandas, nuestros caídos, mutilados, huérfanos".

De Nicolás Toconás recuerda que "lo conocí en el 81 cuando ya era un sargento muy caracterizado de la Compañía de Ingenieros 9, muy querido, y yo era un joven subteniente de veintidós años que llegué al regimiento 25. Después compartimos la campaña de Malvinas, donde yo tenía soldados cordobeses y, dentro de mis cinco suboficiales, tenía dos originarios de Jujuy, el cabo Ávila y el cabo Héctor Oviedo, que murieron combatiendo conmigo".

Nos dice que "eran dos típicos exponentes del valor jujeño: callados, sacrificados, abnegados, que murieron como buenos soldados. El cabo Oviedo muy cerca mío, el cabo Ávila un poco antes, en el combate de Darwin, el 28 de mayo entre las 6 y las 10 de la mañana. Los recuerdo cumplidores de su deber, buenos jefes, dando el ejemplo a sus subalternos, muy queridos, con ese espíritu particular del hombre de la Puna, de la Quebrada, ese sentido del deber y ese silencio que aprendieron de esta naturaleza".

Piensa que "estar aquí es volver a conectarse con un pasado que a uno le da mucho orgullo, y es volver a encontrar el sentido de lo que hicimos, porque es algo que tiene que ver con la patria, que es un modelo de sacrificio, de postergación de la satisfacción inmediata en beneficio de alguien que no conozco, pero que lo tengo mío. La patria nos convierte en sujetos de la historia, nos vincula con el pasado y con el futuro, y tiene que ver con nuestro sentido de trascendencia histórica".

Nos dijo que "venir acá es volver a encontrarle sentido a los muertos que enterramos, y volver a encontrar sentido de los muertos que matamos del otro lado, porque del otro lado también hay viudas y hay huérfanos. Nosotros no somos irresponsables de eso, es algo que volveríamos a hacer en defensa de la patria, y todo eso tiene un sentido que es el de los que vienen, que son esos changuitos que están correteando por ahí".

Centurión terminó diciendo que "tenemos heridas, pero la deuda de Argentina creo que es con el futuro, no con el pasado. Los héroes nos dieron el ejemplo de la juventud, ese sentido heroico de la vida, poner la vida al servicio de algo que es superior a uno. Ahí la vida tiene un sentido, y ellos son un ejemplo. La deuda la tenemos con el mañana, con el 35% de pobres que tiene la Argentina. Los que entregaron la vida lo hicieron generosamente, los que entregaron una amputación, una herida en el alma, lo hicieron con un sentido".

Minutos después, antes de que Carlitos Cabrera iniciara los acordes del Himno Nacional con su zampoña, Gómez Centurión se encontró con la llegada, inesperada para él, de cuatro hermanos de Miguel Ángel Ávila. Silvia Noemí Ávila luego nos dijo que "me siento muy orgullosa de mi hermano, que dio la vida por todos, y feliz de haber venido acá con mis hermanos, gracias a este cementerio que hizo don Toconás".

Recuerda que "mi hermano era un pan de Dios. Cuando estaba en el regimiento 25 y le daban franco, cobraba y compraba regalitos para los niños de la finca, y ya era como que cada Día del Niño lo esperarían a él. Siempre estaba pendiente de mi mamá, de mi papá, de todos", y la hermana mayor, Clara, agrega que "Miguel fue mi compadre, bautizó a mi nena, y aún guardo las cartas que me escribió cuando estuvo en Malvinas".

Clara Ávila nos dijo que "cuando se despidió de su ahijada, la llevó al cine. Ella tenía dos añitos. En las dos cartas que hemos recibido hablaba de los vecinos, de los amigos. Me pedía que, al regresar a Jujuy, le hiciera una torta de chocolate, y que fuera su madrina de casamiento, porque estaba de novio. Mamá lo esperó toda la vida, teniendo la esperanza de que los ingleses lo secuestraron, pero al fin se tuvo que resignar y, hasta el día que partió, lloró tanto. Para mí es un orgullo de ser la hermana de un defensor de la patria".

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