Laberintos Humanos: El rapto

El cabecilla de la jauría, tras decirles a Aurelia y Blanca que debían acompañarlos, volvió a su carácter de cuadrúpedo para dirigirse hacia la banda del río. Los otros cuatro animales, murmurando gruñidos para no bajar el clima de amenaza, las rodearon y ellas debieron hacerles caso.

Lo hacían en parte por la amenaza que una turba de canes produce, paralizando a la gente, pero a la vez por la sorpresa de escuchar que su jefe hablara con palabras comprensibles. Pero al caminar con ellos fueron recuperando la sangre fría. Blanca acarició la cabeza de uno negro y corpudo que dejó que su mano le repasara los pelos del cráneo. Aurelia retomó el paso ágil y juvenil que la caracterizaba y treparon un barranquito bajo, como de medio metro, sobre el que se entretejía una arboleda espinosa cuya boca se abría como si fuera la de una cueva.

Las mujeres debieron bajar la cabeza para entrar, pero para los perros era más fácil, era su lugar, un sitio a su tamaño. Siéntense, les ordenó el caudillo de los canes para echar su vientre sobre la tierra y la hojarasca, apoyar el hocico sobre sus patas delanteras y contemplarlas con algo así como una sonrisa. Los otros también se echaron, y tanto Blanca como Aurelia buscaron sus lugares bajo las ramas que las cobijaban del sol. Pronto nuestros maridos van a notar nuestra ausencia, dijo la mujer del comisario y el perro claro asintió con la cabeza: sabemos que usted es la esposa del comisario Pierro, dijo. Bautisto Solón también nos interesa, agregó refiriéndose al novio de Aurelia.

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