Laberintos Humanos: Silencio y hedor

Acaso fue el silencio o algún hedor lo que nos detuvo. Al escuchar un gruñido leve, el comisario desenfundó su arma pero podía tratarse de algún guardián alertado por nuestra presencia nocturna en el lecho del río. El padrecito, Pierre Donadou Quispe, Bautisto Solón y yo aguzamos los oídos para no perder detalle.

Fueron apenas unos segundos. Luego escuchamos la voz de Blanca alertándonos, y sobre la de ella una decena de ladridos que espantamos con piedras que alzamos del suelo. Alguno de los perros, blanco de nuestros tiros, aulló su dolor y Pierro disparó contra esos ojos enrojecidos que nos miraron amenazantes. Un barullo de canes y cachorros se escabulló en las sombras, huyendo para perderse y tras ellos salieron Blanca y Aurelia de esa cueva baja de arbustos espinosos. Blanca tropezó con el cuerpo del perro de pelaje claro, ya muerto.

Luego nos contaría que era quien acaudillaba la jauría y fue el único que les habló. El resto eran sólo perros, dijo aún con la mirada aterrada y como si aquel que hablara no lo fuera. Alzó sus ojos hacia el comisario y le preguntó cómo era posible, pero no especificó si se refería a eso de que un perro hablara, de que hubiera muerto, de que las hubieran secuestrado o de que diéramos con ellas para salvarlas. Volvimos por la playa en silencio, Blanca muy cerca de Pierro, Aurelia de la mano de Solón, y apenas si alguna vez alguno de nosotros mencionó un detalle de lo ocurrido. Esa noche, al menos, no se dijo nada y cada uno de nosotros fue a su casa para tratar de descansar.

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