El hombre y su cajoncito de frescos duraznos

En el fondo de un mercado raleado de vendedores y clientes, un hombre con su barbijo y el cajoncito de duraznos es acaso la imagen más descriptiva. El mercado fue y siguió siendo, tal vez de manera creciente, no sólo fuente de trabajo y aprovisionamiento, sino de vida social. La foto que publicamos es del sábado, cuando supo estar rebosante hasta hace unas semanas. Los duraznos son de esos productos que hicieron a nuestra identidad, que aportaron a la economía de tantos de nuestros vecinos del campo tilcareño así como las papas, los maíces, las habas, los quesos, las flores. Acaso el hombre se haya llegado siempre, en temporada de duraznos, con su cajoncito, pero la imagen lo describe hoy casi solo. Por los grupos de WhatsApp se está empezando a correr la información de que tal productor llegará con sus hortalizas, sus frutas, y el dato corre para beneficio mutuo: mejores precios de siembras conocidas para el consumidor, ventas rápidas para que el agricultor haga a su vez sus compras y regrese pronto a la cuarentena. En algunas zonas de cultivo, los vecinos vuelven a la vieja costumbre del trueque. Quien tiene una producción la cambia por la que tenga el otro, y si el guiso está al menos subsanado, resta acaso la necesidad de plata para pagar cuentas, para comprar remedios, para mandar a los hijos. Hoy, sin embargo, las filas más largas siguen siendo ante el cajero automático.

Pese a que muchos se tranquilizan pensando en que la tierra nos seguirá dando de comer si la cuarentena se prorroga y la economía se detiene, cuesta pensar en desprenderse de necesidades que, si bien no son básicas, hace tiempo que empezaron a parecerlo: la televisión y el celular, entre ellas, el combustible, el transporte. Desde los primeros días de la cuarentena, cuando se fueron vaciando las calles por las que frecuentaba el turismo en una economía turístico dependiente, las conversaciones sobre el retorno a las labores de los abuelos, a sus saberes y costumbres, se fue repitiendo más y más, al principio casi como una broma porque pocos recuerdan tantas cosas, y con los días como una utopía esperanzada. Muchos de los que tienen un jardín, un patio, andan pidiendo semillas. Ante una economía puesta en duda por un virus, para algunos la tierra y sus surcos parecen ser la única certeza y terapia contra la incertidumbre. Qué tanto hemos cambiado nosotros para poder confiar en ella, es acaso la pregunta que resta por responder. Ante una situación extrema la tierra va a estar pero, ¿estamos nosotros en condiciones para retornar a ella?

 

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