Paco, después de dejar plantada a su novia en el altar, caminó toda la noche pensando en esa mujer misteriosa que había entrado a la iglesia para hacerlo dudar de todo el destino que se había trazado. Ya casi al alba llegó ante un balcón bajo, y vio tras las cortinas los ojos de Perla que lo miraban, como si lo estuvieran esperando, aunque luego supe que Paco ignoraba la dirección de esa mujer misteriosa.

Ella entreabrió la ventana y apenas los labios para no decir nada, que era lo mejor que podía hacer dada la situación. Paco apenas si pudo preguntarle quien era, y ella lo invitó a pasar. Cuando entró a la casa, ella ya estaba sentada al piano, con las manos sobre el teclado sin tocar nada, porque no sabía hacerlo, y entones Paco pudo haber sospechado que todo era una actuación. Se sentó en un sillón tapizado con motivos florales y la miró largamente hasta que ella se volvió hacia él y le ofreció un café.

No esperó respuesta y se perdió en la cocina, de donde regresó con una bandeja, dos tazas y la azucarera que puso en una mesa ratona, se sentó en otro de los sillones, se alisó la falda y dijo, como si esa fuera la respuesta que Paco esperaba, que se llamaba Perla. Allí mismo el hombre supo que estaba perdido y que no era más que una zoncera: un tono de voz, una manera de sentarse, un modo de dejar caer los ojos. Cosas que no definen a una persona pero que se convierten en una trampa mortal para el alma de los hombres, nos dijo Blanca, que son los seres menos despiertos que hay sobre la tierra.

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