El progreso se lleva el refugio del escritor

No se me ocurrió otra manera de llamar a esa vieja casona solariega ("qué frase trillada!", me diría el escritor), cuando vi cómo la picota del progreso (otra!) derrumbaba la que había sido el refugio del escritor Félix Infante, en calle La Madrid, a pasitos de la Belgrano. Don Félix, los jujeños de hoy, quizás recuerden su imagen serena, casi totalmente calvo, con algunos breves manchones de canas, sus anteojos oscuros y grandes aumentos, su cuerpo doblado por los años, su bastón, y siempre, siempre, la sonrisa cordial, bonachona, y la mano tendida dando la bienvenida a su casa.

Félix llegó a Jujuy siendo un niño de tres años, traído por su familia. Había nacido en la "Joya bella de Bolivia", Tupiza, un día de abril de 1905, pero una de las tantas convulsiones políticas del vecino país obligó a los Infante al exilio en nuestra provincia.

Félix quedó prendado de Jujuy, del clima y paisajes parecidos a los tupiceños, y de igual calidad hospitalaria. Esas características, más la vocación que ya venía en sus genes, crearon al observador minucioso, al admirador de la belleza y la serenidad, al buceador de la historia, sus personajes y sus vericuetos. Unido todo ello a su destino de maestro, fue inevitable que se conformase su destino de poeta, historiador y narrador.

 

Sus obras mostraron a Jujuy con el más profundo sentimiento. "Viento Norte y otros cuentos de La Almona" en 1962; en 1964 "Calles de mi ciudad, el porqué de sus nombres"; en 1972 "Crónicas del Jujuy de antes"; en 1977 "Llegó la guagüita y más cuentos de La Almona"; en 1978, "Jujuy en sus orígenes, en sus sacrificios y en sus hombres y mujeres"; en 1980 "Don Pablo Soria"; en 1981 "Palpalá, su historia a través de los tiempos", "Los hermanos Jiménez, héroes quebradeños olvidados", "Jujuy y la guerra de la Independencia Argentina, 1810- 1822". La Municipalidad de San Salvador le encomendó y editó "El libro de los Intendentes", obra que escribió asistido por el periodista Mario Solís, "San Antonio: bosquejo de su historia", "Jujuy en sus raíces", "San Francisco de Alava: crónica de su fundación y exterminio" (1975) y "Tumbaya, la bella" (1988).

Además Félix dejó decenas de valiosas notas periodísticas, disertaciones magistrales, y participaciones en congresos de literatura e historia que conforman colecciones de oro de las letras provincianas. Fundó el centro de estudios "Coronel Manuel Eduardo Arias", inspiró tenazmente la imposición del nombre de "Escolástico Zegada" a la Enet 1 de Jujuy, y por más de 20 años, fue presidente de la Biblioteca Popular de Jujuy, cargo que ejerció ad honorem. Había recibido innumerables distinciones, pero seguramente entre las más queridas, debe haber guardado en su memoria su designación como ciudadano ilustre de esta ciudad, con la que borró definitivamente las fronteras entre su lugar de origen y el que eligió para descansar eternamente; y la imposición de su nombre a la Escuela Primaria de La Almona, donde ejerció la docencia con la sencilla pasión que lo distinguía.

Con Carmen Lina Calderón, jujeña de pura cepa, se casó un lejano 1933. Ella fue su compañera por 67 años, y además, su ángel tutelar, la silenciosa y privilegiada testigo de los otros silencios: los inspiradores y creativos en los que Félix se hundía por las tardes, acompañado de un vasito de vino, unas hojitas de coca y sus infaltables musas y sus sueños. Ayer, comenzaron a demoler su casa.

Esa "casona solariega", con un patio interno que se apropiaba de los soles, con pasillos luminosos de pisos lustrosos y macetones de plantas generosas y perfumadas, y con su habitación/biblioteca con ventana a la calle La Madrid, donde Félix recibía a los amigos y desde donde miró pasar la vida, hasta que cerró sus ojos cansados (en julio del año 2000), feliz de haber vivido tan bien, tan humildemente, tan fructíferamente para la tierra y la gente que amó. Las topadoras ahora harán su trabajo frío, poderoso, impiadoso.

Ojalá que mañana construyan lo que construyan en ese rincón de la calle La Madrid, los nuevos dueños encuentren un lugar para poner una pequeña placa que recuerde que allí, estuvo durante muchos años, como un luminoso faro de cultura, el jujeñísimo querido refugio del escritor Félix Infante.

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