Ayudándome a cavar en el sitio en el que soñaba sus mejores sueños, el albañil dio con el borde de una laja. Lo primero que sentimos fue el golpe, entonces me miró y me alertó que se trataba de un tapado. Son peligrosos, dijo pensando que acaso fuera de aquellos en que los patrones escondieron sus cosas de plata cuando llegaron los Varela. A mí se me hace que ahí hay otra cosa, le dije y el albañil me dio la pala, sonriendo, y me dijo que entonces era mejor que siguiera cavando yo, que a él le daba un poco de miedo.

Yo puse el filo de la pala bajo el borde de la laja, hice palanca con el mango y logré moverla, entonces sentí que, de abajo, brotaba una fuerza que era mayor que la mía. Empezaron a salir sapos, culebras, ratas que, si fuera imaginable, eran peores que las reales porque se trataba de espantos. Se escucharon risas de salamanca, sones de cajas y alguna anata lejana, pero finalmente fueron decenas, cientos de voces que se superponían como si fuera un coro caótico.

Levanté la laja porque si hay algo que es superior al miedo, al menos en mí, es en estos casos la curiosidad, y vimos con el albañil esa suerte de catacumba húmeda. No había allí ni un doblón, ni una vasijita con monedas, sino esas voces que costaba diferenciar. Una a una fueron saliendo y atendimos, sorprendidos, a los más variados cuentos que se pudieran escuchar, algunos jocosos, otros bastante oscuros, algunos con moraleja. Tuve la debilidad de querer anotarlos o grabarlos, codiciando aquel tesoro que se me presentaba generoso.

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