El padrecito me contaba esa historia de la muchacha engañada que llegó a un convento. La superiora la aceptó como criada, porque no se admitía a alguien que eligiera entregarse a Dios por haber sido despechada por el mundo. La unión mística exige intenciones más puras, y la muchacha sirvió allí por años. Con tanto ahínco se humillaba en sus haceres, que pronto se olvidó de sí misma.

Ya no quedaban en ella restos de aquella vanidosa que creyó poder ascender socialmente por causa de su belleza, nada había de quien quiso que el amor la salvara para colocarla en las salas de la sociedad arequipeña. De ese modo humilde se le fue la vida, hasta que una mañana, mientras pasaba el trapo con las manos por el suelo de la cocina, la superiora le tocó el hombro y la incitó a detenerse y levantarse. La muchacha alzó la vista, con dificultad se puso de pie y guardó el silencio respetuoso que la ocasión ameritaba. ¿Qué esperas?, le preguntó la abadesa. La muchacha, que ya era una mujer que comenzaba a envejecer, tuvo que pensarlo por un rato. Durante los primeros años, esperó que aquel joven que la enamorara regresara por ella, arrepentido.

Luego lo sustituyó, en su imaginación, por otro hombres. Finalmente, había deseado ser perdonada y acceder a la modesta dieta de las monjas, a sus horas de rezos y cilicios, pero ahora, confesó en el susurro de su voz sin fuerzas, ya no espero nada. Ya no espero nada, repitió como si fuera un consuelo y no una explicación, y recién entonces fue aceptada como hermana de clausura.

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