Laberintos Humanos: La capilla

El comisario Pierro no le dio ninguna solución a Jaime Amasis, por lo que el hombre regresó a la chacra para despedirse de los maíces que había cultivado.

Pero, tras sus pasos, también fue hasta el lugar Bautisto Solón, quien le sugirió que alzara una capilla bajo ese molle, se consiguiera una imagen esa misma noche y él se encargaría del resto.

Perdido por perdido, como Amasis no era vago aunque lo acusaran de vagabundo para quitarle el fruto de su esfuerzo, hizo lo que Solón le dijo y en la mañana estaba allí el oratorio, pequeño pero coqueto, con un santito que había encontrado en la casa abandonada y restaurado. Ese mismo amanecer, Solón pasó para ver cómo los vecinos se persignaban al pasar junto al altarcito.

A la tarde se juntaron para exigirle a Amasis que se fuera, como ya lo tenían advertido, argumentando que, aunque abandonada, esa tierra y sus choclos eran propiedad de todos los que usaron alguna vez ese lugar para reunirse, porque ese rancho fue algo así como un club natural del barrio desde que sus dueños lo dejaron.

Usted no es nadie para trabajarlo, dijo uno ya casi furioso y Solón se puso de pie entre todos y les preguntó si sabían de donde salió el barro que se usó para alzar la capillita. De allí mismo será, le respondieron. Sí, dijo Solón, del mismo sitio en el que ustedes orinaban cuando bebían en la casa abandonada, ¿no es cierto?

Del mismo modo, agregó, este vagabundo no era nadie hasta que comenzó a trabajar los surcos, y como el oratorio, creo que también tiene derecho a su lugarcito.

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