Enseñanza de la liebre

La liebre me contó que, hace muchos siglos, un hombre vino a tener una conversación con las liebres de la Quebrada de Huichaira. Le había escuchado a su abuela decir que se sentó sobre una piedra y esperó hasta que, saliendo de atrás de un churqui,se le acercó una de nosotras.

Usted sabe cómo somos las liebres, don Dubin. Correteamos a campo traviesa, casi danzando, dando saltos y curvas bellas, pero cuando conversamos solemos ser incisivas con nuestras palabras. Pero ese hombre tenía algo distinto y le dijo que era imposible conversar con alguien sin asociar a quien habla con algo que está en nuestra propia mente.

Lógico que eso no es escuchar a la persona con la que se habla sino escucharse a sí mismo, pero ¿qué se le va a hacer? ¿Y qué podemos hacer entonces?, le preguntó la abuela liebre. Le propongo algo: dejar que surjan las asociaciones sin preocuparnos por ellas. Si las queremos expulsar, se agarran más fuerte, se resisten y se quedan en nuestra cabeza.

Si en cambio las dejamos como si fueran un color más que vemos, un ruido apenas molesto, entonces nos podemos ocupar en prestarle atención a la persona con la que conversamos, y quien le dice que realmente empecemos a saber quién es el otro con el que hablamos. Le aseguro que eso nos volverá mejores.

Interesante, le dije, ¿y quién era esa persona? Don Dubin!, me dijo levantando las patas delanteras, no se menosprecie a si mismo con esa pregunta. ¿Acaso cambia en algo que si le digo que era San Francisco o era el Buda o era el zapatero de la esquina?

 

Últimas Noticias

Últimas Noticias de opiniones

Últimas Noticias de Edicion Impresa

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...