Día Mundial del Parkinson durante la pandemia

Por Dr. MARCELO MERELLO, médico neurólogo.

Luego de su descripción original en 1817, la enfermedad de Parkinson transitó su primera pandemia en 1918 y otros 101 años más tarde enfrenta la segunda (2019) aún sin haber logrado la ciencia médica su curación. Pero mucho ha cambiado en este tiempo en el diagnostico temprano y el tratamiento tanto de los estadios temprano o avanzados. Esto nos hace pensar que esta podría ser la última pandemia que la enfermedad enfrentara como espectador.

El reconocimiento temprano de la enfermedad ha demostrado ser crucial y el mismo se basa mayormente en el cuidadoso análisis de síntomas que no tienen que ver con motricidad o el temblor y si bien el diagnóstico de la enfermedad continúa siendo puramente clínico. La combinación de estudios de imágenes moleculares y la genética han tenido un impacto marcado en el diagnóstico del pequeño número de casos que no pueden ser determinados clínicamente.

A las rápidas técnicas genéticas que permiten determinar el riesgo de enfermedad cierto y la posibilidad de diferentes subtipos pasibles de tratamientos enzimáticos tempranos, terapia génica o la implementación de neuroprotección en momentos cuando aun los síntomas de la enfermedad no han comenzado, se le han sumado en los últimos años protocolos de investigación sobre la aplicación de inmunoterapia activa o pasiva (vacunas). Todos estos focalizados en mitigar la progresión de la enfermedad. Lamentablemente la mayoría se ha suspendido en el contexto actual, pero será rápidamente reactivada en 2022.

Luego de la introducción de la Ldopa en los 60, la implementación en los últimos años de las llamadas terapias avanzadas ha producido un vuelco dramático en el tratamiento de la enfermedad. Terapias avanzadas no hacen referencia a pacientes con enfermedad avanzada sino a nuevas técnicas de tratamiento diferentes a la medicación oral, que se aplican a los enfermos desde etapas relativamente tempranas cuando la medicación oral no produce beneficios aceptables. Su implementación en los últimos años ha impactado positivamente sobre la calidad de vida de los pacientes.

La infusión subcutánea continua de drogas a través de pequeñas bombas portables que no requieren de procedimientos invasivos para su utilización o la implantación quirúrgica de electrodos intracerebrales de estimulación (DBS) han mostrado un efecto muy beneficioso sobre la calidad de vida, la independencia funcional y las actividades de la vida diaria, por la reducción del temblor, los movimientos involuntarios y sobre todo por su efecto sobre los periodos de inmovilidad. Habiéndose demostrado que cuanto antes sean utilizadas mayor será el beneficio.

El aislamiento social, la falta de ejercicio y la ansiedad resultante de los largos confinamientos impuestos por la crisis del Sars-CoV-2, han tenido un impacto negativo en la calidad de vida de los pacientes con enfermedad de Parkinson. A esto, sumada la incertidumbre sobre si la enfermedad es un factor de riesgo para la infección por CoV-2, o el infundado temor a que la misma pueda producir en un futuro Enfermedad de Parkinson como secuela. Por ahora solo queda vacunarse, sin reservas con cualquiera de las vacunas disponibles, lo antes posible, maximizar el ejercicio y explorar formas alternativas de socialización esperando que en la próxima pandemia ya la enfermedad de Parkinson no sea un problema.

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