¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

19°
24 de Febrero,  Jujuy, Argentina
PUBLICIDAD

Los bultos (fragmento)

Jueves, 28 de abril de 2022 01:01

Otra estación a la media tarde y cuidemé los bultitos, ¿ya? cuándo no; paciencia; me da sueño, sin darme cuenta dormito unos segundos, bruscamente me repongo, aspiro hondo, abro bien los ojos, pero tras un pestañeo inútil caigo dormido del todo; la modorra me puebla como un arrullo poderoso, me entrego totalmente al sueño a pesar del último esfuerzo de la voluntad pegajosa.

Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

Otra estación a la media tarde y cuidemé los bultitos, ¿ya? cuándo no; paciencia; me da sueño, sin darme cuenta dormito unos segundos, bruscamente me repongo, aspiro hondo, abro bien los ojos, pero tras un pestañeo inútil caigo dormido del todo; la modorra me puebla como un arrullo poderoso, me entrego totalmente al sueño a pesar del último esfuerzo de la voluntad pegajosa.

Me despierto al rato; el tren se halla en plena marcha; me despabilo avergonzado, sin embargo nadie repara en mí, y hasta hay quienes duermen en insólitas posturas. Pero qué pasa, el del frente no está; los bultos, uno, dos, tres, cuatro y cinco, siguen en sus lugares tal cual los dejó; con quién se habrá encontrado tal vez en otro coche; mejor así, por lo menos me deja tranquilo; pasan los minutos, otra estación, de nuevo en viaje, y no aparece; me da rabia, por qué tengo yo que afligirme, que aparezca cuando se le dé la gana y si no aparece a mí qué me importa; súbitamente me pongo de pie, renegando entre dientes recorro el tren de punta a punta y no lo encuentro; dónde se habrá metido, hay que joderse, qué me hago ahora; ¿lo estará haciendo a propósito?, ¿para qué?, ¿por qué?; a lo mejor no es contrabando o es uno más serio de lo que pensaba; me fijo, asiento por asiento, en el coche comedor incluso, y no está, ni señas; a quién contárselo, pedir ayuda, ni soñando; lo más probable es que haya perdido el tren; un vasito de cerveza más, sirva otro plato, hay tiempo; se ensordece uno a veces con algún sabor, alguna sensación; merecido lo tiene, qué forma de viajar, se diría que lleva trapos o papeles viejos; y no digamos su falta de cortesía, señor, esas no son maneras; qué hago, qué hago, me dan ganas de irme a otro coche, y que se vayan al diablo sus cosas, qué tengo que comprometerme por un desconocido; pero no puedo, no puedo; además estará desesperado.

Mis bultos, mis bultitos, paren el tren, dónde hay auto de alquiler, por favor, pago lo que sea, Dios quiera que ese señor tan atento me los cuide mis bultitos…

Se me van como por encanto el sueño y el cansancio; no quiero ni pensar en el lío en que me estoy metiendo, ni que haya otra revisación aunque invente excusas inservibles, maneras ridículas de burlarla; de ésta si que no me salvo; bueno, si vienen les digo la verdad, que no son míos y chau; pero esa no es la verdad que siento, la que me deja conforme y no tardo en comprobarlo:

Esos bultos, señor, ¿son de usted?

Sí, son míos, míos..

Ah, está bien, boletos por favor, boletos.

Así que son míos, pedazo de estúpido, míos; los miro rencorosamente los odio, los patearía hasta cansarme; aunque no sé, algo me impulsa a ampararlos, a no abandonarlos. Me aquieto, trato de resignarme, qué más me queda. Cómo será mi desatención a los demás que recién me doy cuenta de que entramos melancólicamente en la noche y con ella en los últimos tramos del viaje; he perdido la noción de la distancia, del tiempo: mi traje está arrugado, sucio de tierra, en mi piel siento una sequedad agobiante, como si por horas hubiese estado la vida, el tiempo bajo mi piel, y yo encima, inalterable, inmóvil.

Me resigno a que no aparezca; ahora lo que me preocupa es que me registren en la llegada; cómo bajo los bultos para no llamar la atención con quién me encuentro, qué vergüenza, a cuál hotel voy, cómo averiguo del tipo, a lo mejor se consiguió nomás un auto y me estará esperando entre afligido y sonriente, el pobre, qué suerte, qué alivio bárbaro, me miro darle la mano, abrazarlo,

No, no es nada, al contrario, mucho gusto

el placer ha sido mío

Claro que de haber sido así tenía ya tiempo de haberme hallado en alguna estación anterior; lo más seguro es que esté la policía,

Usted es su compinche, confiese todo.

No, yo no sé nada, lo juro por mis hijos, no sé nada, es tan sólo una casualidad maldita.

Biografía del autor

Carlos Hugo Aparicio nació en La Quiaca (Jujuy) en 1935; y sus padres, como él lo contaba, decidieron trasladarse a la ciudad de Salta cuando los hijos tuvieron que iniciar sus estudios secundarios.

Su primer libro, de poemas, llevaba en el título el proyecto que iba a desarrollar a lo largo de su vida: se llamó Pedro Orillas, y fue publicado en 1965. Otros libros de poemas son El grillo ciudadano; Andamios, El silbo de la esquina, Romance de bar; pero es sobre todo con sus cuentos con lo que ganó un lugar importante en la literatura del norte.

Los bultos, su primer libro de cuentos, de 1974, tiene la originalidad de los temas que incorpora y del ritmo rápido. Cuenta en ellos la vida en esa franja geográfica y social que está entre la ciudad y el campo.

Sombra del fondo es otro libro de cuentos, en el que profundiza esa materia que le era propia; y con su única novela Trenes del Sur recoge lo que fue su vida en La Quiaca y su traslado a Salta.

Fue director de la Biblioteca Provincial Victorino de la Plaza; recibió el 2º premio nacional de cuentos de la Secretaría de Cultura de la Nación (hoy Ministerio), y fue miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras desde 1991.

Murió en la ciudad de Salta en 2015.