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Llegaron en silencio...

Lunes, 25 de marzo de 2024 01:03

Llegaron en silencio como luz del amanecer y provocaron uno de los mayores sucesos religiosos y socio culturales que se pueda suponer.

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Llegaron en silencio como luz del amanecer y provocaron uno de los mayores sucesos religiosos y socio culturales que se pueda suponer.

Jujuy 1968. La quietud en Puna y Quebrada es un hecho ancestral como el cielo azul o el viento que enseñorea su existencia entre tolares y juncos dando vida a una tierra rica e injustamente postergada.

Su gente humilde y laboriosa de andar cansino, no conoce otro norte que penetrar amistoso en sus entrañas y extraer el pan de cada día. El sudor y limitación en los derechos fue siempre su moneda de cambio. Así construyeron su historia generación tras generación, escribiendo con sacrificios y sueños un mundo que paradójicamente tarda demasiado en aparecer.

En ese ámbito sucedió un hecho impensado y trascendente, sin dudas Dios los estaba observando y envió a los Claretianos, misioneros de la Congregación de San Antonio María Claret provenientes de España, provincia claretiana de Bética. Querían que este lugar sea una ciudad sin esquinas para el desaliento, la tristeza o la desesperanza. Eran hombres dispuestos a dejar la vida por salvar almas.

Allí comenzó algo que solo el Señor podía prever, de todas maneras noches y días no bastarían para cubrir tantas distancias como necesidades humanas existían bordando su geografía. Era cuestión de creer, rezar y arremangarse.

Monseñor José María Marques Bernal fue el primero, designado obispo de la Prelatura de Humahuaca se instaló lleno de esperanzas y ferviente deseo de servir presuroso lo que demandaba su corazón. Como todo comienzo lo esperaban días aciagos, pero cuando prima la vocación, se convierten en tierra fértil para brindar la "Palabra" en espíritus anhelantes y hambrientos de Dios.

Monseñor así lo entendió sembrando el espíritu cristiano en Quebrada, Puna e Iruya (Salta) junto a los sacerdotes José Marrero, Tobías Martín, Luís Llerena, Casimiro Trigero, José Manuel Domínguez, Cándido Orellana, José Rodríguez Murillo, Ricardo Aparicio, el Hermano Esteban Navas y José Sevilla, todos españoles.

¿Cuánto tiempo pasó? mucho, tanto como para que aquel grupo de españoles hoy estuvieran reducidos a tres. Algunos descansan ya en la profundidad de esta bendita tierra jujeña, casi diría que gustosos lo aceptaron.

Miles de anécdotas se fueron construyendo en esos años de entrega no exentos de sacrificios; algunos de ellos con el inconfundible sello impreso en su forma, palabras y gestos propios de Santos. Aquí quiero aclarar, hablo de Santos con mayúsculas y lo digo porque tuve el privilegio de conocerlos desde sus llegadas.

En el tramo final de su misión y vida, monseñor Márquez Bernal pernoctaba en el hogar "Buen Pastor" ya próximo a emprender el regreso definitivo a España. Allí todos los días lo asistía con mucho agrado recibiendo como pago sus palabras y sanos consejos. Cuando retornó a España lo sucedió monseñor Pedro Olmedo, carismático y generoso como lo demostrara en su época sacerdotal.

La tarea continuó con la misma intensidad, en el camino hubo algunos intercambios entre miembros que regresaron a su patria y otros que llegaron con igual carisma cubriendo los lugares previamente establecidos de La Quiaca, Abra Pampa y Humahuaca.

Son tantos los aspectos relevantes a destacar que de ninguna manera pretendo en este conciso capítulo detallar, sencillamente porque resultaría imposible tan ímproba tarea.

Hoy, con la misma humildad que se les conoció, pero cargando el peso de los años se lo puede ver al padre Pedro Olmedo, Carlos Halcón y Miguel García Carreño en Santa Victoria Oeste, La Quiaca o Santa Catalina. Sus estirpes de linaje tan encumbrados como hijos del Creador les sirvió para enfrentar los duros inviernos, caminos e incomodidades de la Mina Aguilar, La Quiaca y la totalidad de los pueblos de la Quebrada y Puna. Los caseríos lindantes conocieron sus predicas y mensajes cargados de fe y esperanzas.

Queda mucho por decir, pero prefiero en el silencio que dejo, crezca el espacio de quienes aman al prójimo como a Dios al menos intenten investigar esta férrea tarea de casi 56 años de entrega, amor y abnegación.

A mí solo se me ocurre una frase que pretende ser una reflexión: "Son verdaderamente hijos de Dios sembrando la palabra y sirviendo a los hombres haciendo realidad lo de Mt. 25".

 

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