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"Nací en las entrañas de la mina": una vida marcada por Tincalayu

José Castillo, de 44 años, creció siguiendo los pasos de su padre y hoy trabaja como operador de maquinaria pesada.
José Ariel Walter Castillo construyó su vida alrededor de la minería, una historia que comenzó en la infancia y continúa entre los paisajes de Tincalayu.

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Hay historias que comienzan mucho antes de elegir un oficio. La de José Ariel Walter Castillo está ligada a la minería desde su infancia, cuando su padre trabajaba en la mina Tincalayu y llevó a toda la familia a vivir allí. Aunque nació en Salar de Pocitos, fue en ese yacimiento donde creció, hizo la escuela primaria y compartió sus primeros años con sus hermanos.

La mina formó parte de su vida desde chico. Su padre era minero y él creció en ese entorno, hasta que a los 12 años dejó Tincalayu. Volvió a los 18 o 19, cuando ingresó por primera vez a Bórax. Después se marchó para trabajar en otra empresa, donde se formó como operador de maquinaria pesada. Hace 14 años regresó a Bórax y continúa trabajando en el mismo yacimiento que conoce desde la infancia.

A los 44 años, su recorrido está marcado por esas idas y vueltas, por el aprendizaje de un oficio y por una actividad que cambió considerablemente desde sus primeros años. Pero hay algo que permanece: su vínculo con Tincalayu y con la minería, una historia que comparte con su padre y que resume en una frase: "Soy un hijo de la minería directamente, porque nací en las entrañas de la mina y tuve esa suerte que varios quisieran tener: ser minero".

De la pala y el pico a las máquinas

La transformación de la minería salteña es algo que Castillo vivió a lo largo de los años, desde sus primeras experiencias laborales hasta su regreso al yacimiento.

"Antes era más pala y pico, como decíamos, poca tecnología", recordó. Según explicó, la actividad cambió mucho. La maquinaria pasó a ocupar un lugar central y las tareas que antes se realizaban a la intemperie se redujeron considerablemente. Actualmente, buena parte de las labores se concentra en otros procesos, dentro de las instalaciones.

El cambio no se limitó a las herramientas. Castillo también advierte diferencias en la alimentación, la atención al personal y la organización de las jornadas laborales. Son aspectos que conoció a través de su propia experiencia y de los recuerdos de su padre, cuya rutina de trabajo era muy distinta de la que tiene hoy.

Su padre trabajaba de lunes a sábado y descansaba desde el mediodía del sábado hasta el domingo, antes de volver a sus tareas el lunes. Era una dinámica que se repetía durante el año, hasta que llegaban las vacaciones.

Hoy, en cambio, Castillo trabaja bajo un régimen de 14 días de actividad por 14 días de descanso. La diferencia es importante para la organización de su vida familiar y para la posibilidad de aprovechar el tiempo con los suyos.

También cambió su propia tarea. Durante el período en que trabajó en otra empresa adquirió experiencia como operador de maquinaria pesada, una especialización que hoy forma parte de su trabajo en Tincalayu. Su recorrido laboral le permitió conocer distintas etapas de la actividad y regresar al yacimiento con nuevos conocimientos.

Los compañeros

En la minería, los vínculos que se construyen durante las jornadas laborales también forman parte de la experiencia de quienes trabajan en los yacimientos. Castillo habla de sus compañeros con afecto y los define como una segunda familia.

"Nosotros decimos que los compañeros son la segunda familia que tenemos", contó.

Su primera familia está en Salta, donde vive su hija. Sus padres residen en San Antonio de los Cobres, al igual que algunos de sus hermanos, mientras que otros viven en la capital provincial. Los días en la mina transcurren lejos de ese entorno familiar, pero junto a compañeros con quienes comparte tanto el trabajo como los momentos de descanso.

Entre los recuerdos que guarda de esa convivencia menciona los paseos, los partidos de fútbol por la noche y las reuniones con sus compañeros. Son algunas de las actividades que realizan durante los períodos que permanecen en el yacimiento y que, con el tiempo, se convierten en anécdotas compartidas.

También recordó una peregrinación que realizaron desde mina Tincalayu en dirección al Milagro salteño, una experiencia que menciona entre las vivencias compartidas durante su etapa en la mina.

Para Castillo, los compañeros ocupan un lugar importante en la vida cotidiana del trabajador minero. Durante los días de actividad, son las personas con quienes comparte las jornadas, las conversaciones y los momentos fuera del trabajo, mientras mantiene el contacto con su familia a la distancia.

Catorce días para trabajar

La vida en la mina tiene sus sacrificios. Castillo lo reconoce cuando habla de los períodos que debe pasar lejos de su hogar, aunque también destaca que el régimen de trabajo y descanso le permite disponer de tiempo para compartir con su familia.

"Es sacrificada, personalmente lo tenés que saber llevar, pero por ahí eso también hace que vos crezcas como persona y profesionalmente. Tiene sus sacrificios pero también sus réditos", explicó.

En su mirada, el esfuerzo tiene un propósito: darle lo mejor a su familia. Los días de trabajo exigen adaptarse a una rutina particular, pero las dos semanas de descanso le permiten volver a Salta y aprovechar el tiempo con sus seres queridos. "Cuando volves a estar cerca de tu familia, aprovechas el tiempo al máximo", expresó.

La comunicación también cambió la manera de atravesar la distancia. "Con los mensajes y las videollamadas ahora es mucho más fácil porque estás en contacto continuamente", contó.

La modalidad actual contrasta con la que conoció a través de su padre. Aquella rutina, con descanso desde el sábado al mediodía hasta el domingo, es parte de los recuerdos que utiliza para explicar cuánto cambiaron las condiciones de trabajo a lo largo de los años.

En la mina se trabaja con tincal, que, según explicó, sale como producto terminado y se destina a la ex exportación. Castillo se desempeña en el manejo de maquinaria, una tarea que forma parte de los procesos actuales de producción.

Al recordar la historia del lugar, señala que se trata de una de las minas más antiguas de Salta y estima que se acerca a los 70 años. Está ubicada en el sector salteño del salar del Hombre Muerto. Comenzó su explotación aldededor de1957 y constituye uno de los yacimientos de bórax más importantes, una historia que se entrelaza con la de las familias puneñas que crecieron y trabajaron en sus instalaciones.

El sueño

Cuando le preguntan qué significa la minería para él, José Ariel Walter Castillo responde sin dudar: "La minería para mí es casi toda mi vida". No necesita demasiadas palabras para resumir un vínculo que comenzó en la infancia, lo llevó a regresar a Tincalayu y hoy sigue formando parte de su identidad. Su historia está ligada a una actividad que marcó su recorrido personal y laboral, pero también a una región donde el trabajo minero forma parte de la vida de numerosas familias.

Con la experiencia de quien conoce ese mundo desde adentro, Castillo mira hacia adelante y se permite imaginar lo que vendrá. Está convencido de que la minería continuará creciendo y espera que ese desarrollo no se limite a la expansión de la actividad, sino que también se traduzca en posibilidades concretas para quienes viven en las comunidades del interior.

"Yo la veo creciendo mucho más", afirma con optimismo. Al pensar en el futuro, su mirada se dirige especialmente a los jóvenes de la Puna, que podrían encontrar en el sector una alternativa para formarse, aprender un oficio y construir un proyecto profesional sin tener que desvincularse de su lugar de origen.

En ese horizonte aparecen San Antonio de los Cobres y Olacapato, localidades donde la actividad minera tiene una presencia significativa en la historia de sus habitantes. Castillo conoce el valor que el trabajo puede tener para las familias de la región y considera que la preparación de las nuevas generaciones es una de las claves para que puedan participar de las oportunidades que se abran en los próximos años.

"Una vez más les pediría que miren más al interior, que las empresas capaciten", expresó. Su pedido está dirigido a quienes tienen la posibilidad de impulsar instancias de formación y acercar conocimientos técnicos a los habitantes de las comunidades puneñas. Para él, ampliar el acceso a la capacitación es una manera de generar condiciones para que los jóvenes puedan incorporarse al sector con herramientas que acompañen su desarrollo.

La preocupación por el futuro de los chicos también atraviesa su mirada sobre la vida familiar. Cuando le piden unas palabras para sus compañeros en el Día del Trabajador Minero, Castillo no se queda únicamente en el reconocimiento al esfuerzo que exige el trabajo. Elige transmitir un consejo que, según cuenta, suele compartir con ellos: "Tener fuerza, salir adelante, hacer estudiar a los chicos, a los hijos hacer estudiar".

La recomendación habla de una convicción construida a lo largo de su recorrido: el trabajo cotidiano cobra otro sentido cuando también permite pensar en el porvenir de los hijos. La educación ocupa un lugar central en ese horizonte, porque brinda conocimientos y herramientas para que cada uno pueda tomar sus propias decisiones y ampliar sus posibilidades.

En su mensaje, la minería aparece como una alternativa que vale la pena acercar a las nuevas generaciones, sin convertirla en el único destino posible. "Si hay alguna posibilidad de que ellos lo inculquen en la minería, sería mucho mejor", señaló. Lo dice desde el conocimiento de una actividad que lo acompaña desde pequeño y que, para él, puede representar una oportunidad para quienes sientan interés en seguir ese camino.

Su planteo también invita a pensar en el vínculo entre el crecimiento productivo y las comunidades que conviven con esa actividad. La formación de trabajadores de la zona permitiría que los jóvenes cuenten con mejores herramientas para aspirar a incorporarse al sector. En ese sentido, su pedido de una mayor atención al interior expresa una expectativa concreta: que el desarrollo minero contemple también a quienes habitan los territorios donde se lleva adelante.

La historia de Castillo tiene a Tincalayu como uno de sus escenarios fundamentales. Allí, entre los paisajes puneños y una actividad que se volvió parte de su vida, construyó una trayectoria que hoy le permite hablar desde la experiencia. Esa relación con el lugar también explica por qué, cuando piensa en el futuro, no mira solamente las posibilidades laborales, sino el potencial de las propias comunidades para acompañar el crecimiento de sus jóvenes.

En el Día del Trabajador Minero, su mensaje reúne dos dimensiones de una misma preocupación. Por un lado, el reconocimiento al esfuerzo de quienes sostienen la actividad; por otro, la importancia de que ese esfuerzo contribuya a abrir caminos para las generaciones que vienen. La capacitación, la educación y el compromiso de las familias aparecen así como parte de una apuesta que excede el presente laboral.

Castillo no pretende que los chicos repitan necesariamente su historia. Aspira, más bien, a que puedan conocer las alternativas que existen, prepararse y elegir con libertad qué hacer con sus vidas. Que algunos encuentren su vocación en la minería será, para él, una buena noticia; que todos tengan herramientas para decidir su futuro será todavía más importante.

Por eso, cuando imagina una minería en expansión, también piensa en los jóvenes de San Antonio de los Cobres, Olacapato y otras comunidades puneñas que esperan construir su propio recorrido. Su sueño es que puedan encontrar oportunidades en la tierra donde crecieron, acceder a la formación necesaria y participar de una actividad que conoce profundamente. Porque, para José Ariel Walter Castillo, el futuro de la minería también puede medirse en las posibilidades que les ofrezca a quienes hoy comienzan a imaginar su porvenir en la Puna.

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