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El viento empieza a sentirse con más fuerza entrada la tarde. Afuera, la Puna se impone con su geografía amplia e imponente. La altura, el clima y la distancia marcan el ritmo. Pero puertas adentro, en el campamento de Mina Lindero, dedicada a la producción de oro, la escena es otra. El comedor está lleno, hay conversaciones cruzadas, risas, rutinas compartidas. Hay algo que se construye todos los días y que no figura en los mapas: comunidad.
En el salar de Arizaro, a 3.600 metros sobre el nivel del mar, y con operaciones que alcanzan entre los 3.700 y 4.000 metros, más de 560 personas viven y trabajan diariamente. Allí, el desafío no es solo productivo: es humano.
La experiencia pudo conocerse de primera mano durante un Fam Press organizado por Mansfield Minera entre el 28 y el 30 de julio, en el marco de su Programa Puertas Abiertas. Periodistas y comunicadores recorrieron el campamento, el mirador de mina, el área de trituración y sectores clave de la planta de procesos, lo que permitió observar de cerca el circuito productivo y las medidas de seguridad implementadas.
Además, pudieron conversar con trabajadores de distintas áreas, que compartieron sus experiencias y pusieron en palabras cómo se vive y se trabaja día a día en el campamento.
"Para Mansfield Minera es muy importante abrir las puertas de Lindero y que los medios puedan conocer directamente nuestra operación, conversar con nuestros trabajadores y comprender el trabajo que realizamos todos los días", señalaron desde la empresa.
Pero más allá del recorrido técnico, hay una idea que aparece de manera recurrente: la de comunidad. Y en Lindero, ese concepto no es abstracto. Se construye en la rutina diaria.
El campamento funciona como una pequeña ciudad en plena Puna salteña. Actualmente cuenta con 578 plazas de alojamiento y 568 personas alojadas, en instalaciones con estándar de hotelería tres estrellas. Hay comedor, gimnasio, salas de recreación, playón deportivo, canchas, un espacio de fe, kiosco, lavandería industrial, plaza saludable y la llamada "Plaza de las Luces", entre otros espacios pensados para la vida diaria.
En ese contexto, el clima impone sus propias condiciones. El viento, que suele intensificarse por las tardes, atraviesa un territorio donde todo parece extremo. Sin embargo, puertas adentro, la dinámica cambia: el ambiente se vuelve confortable y hasta familiar.
El comedor
El comedor es uno de los mejores ejemplos. Allí se sirven unas 850 raciones diarias, con un esquema nutricional que alcanza las 3.000 kilocalorías por persona. Hay desayuno, almuerzo y cena, además de servicios en oficinas y un comedor satelital en mina. También funciona un quincho con capacidad para 60 personas, donde se realizan alrededor de 35 asados mensuales. A eso se suma un aspecto clave para una operación en aislamiento: existe un stock crítico de alimentos para 40 días ante contingencias, en el marco de siete años ininterrumpidos de servicio de alimentación segura.
La logística interna es otro de los pilares. En hotelería, lavandería y limpieza, se cubren más de 4.300 metros cuadrados por día entre módulos, oficinas y espacios comunes. La lavandería procesa unos 3.600 kilogramos de ropa por mes y se realiza recambio semanal de blanquería. El campamento se divide en un sector sur con 140 módulos independientes y un sector norte con 284 plazas: habitaciones con TV y Direct TV plan premium.
El acceso a Lindero también forma parte de la experiencia. Por vía terrestre, el recorrido implica unos 450 kilómetros en un viaje de aproximadamente 11 horas, a través de una flota de siete buses ejecutivos cama, equipados con internet y baño, un servicio único en la Puna.
En paralelo, el transporte aéreo mediante aeronaves Beechcraft, de 8 y 16 plazas, permite trasladar mensualmente a unos 500 trabajadores. En total, el sistema moviliza cerca de 2.450 pasajeros por mes, con más de siete años de operación sostenida.
El tiempo libre también tiene su espacio. El campamento cuenta con gimnasio equipado para entrenamiento cardiovascular, musculación, boxeo y funcional. A esto se suman salas de recreación con videojuegos como PlayStation 5 y counter strike, además de juegos como metegol, pool, ping pong y sapo. También hay lugar para el karaoke, las transmisiones de TV, peñas y guitarreadas.
Pero una de las escenas más llamativas aparece de noche: la cancha de fútbol profesional para 5 y 8 jugadores, que se convierte en un punto de encuentro incluso cerca de las 22, cuando la temperatura desciende con fuerza. Allí, algunos trabajadores juegan desafiando el frío de la altura y sosteniendo una rutina que combina recreación y encuentro. A esto se suma la cancha de vóley y distintas propuestas recreativas en espacios comunes que completan la vida social del campamento.
Todo este entramado se apoya en una serie de valores que la empresa define como centrales: integridad, cuidado del medio ambiente, salud, seguridad, respeto por las comunidades y búsqueda de la excelencia. En paralelo, la operación se apoya en prácticas vinculadas a las 3R: reducir, reusar y reciclar.
En ese marco, la mina combina dos dimensiones que conviven en simultáneo: por un lado, una operación industrial de gran escala; por otro, la vida cotidiana de una comunidad que se organiza, comparte y se adapta.
En Lindero, el desafío no es solo geográfico ni productivo. Es humano. Y se construye todos los días.
Innovación y precisión
Detrás de la vida cotidiana del campamento, la operación de Mina Lindero existe un circuito que transforma la roca extraída en oro. El recorrido comienza con el material proveniente de mina, que atraviesa distintas etapas de trituración para reducir su tamaño y prepararlo para las fases posteriores del proceso.
Luego, el mineral pasa por aglomeración y es llevado a los pads de lixiviación, donde mediante un sistema controlado se aplica una solución que permite disolver el oro contenido en el mineral.
Esa solución es trasladada a la planta de procesos, donde se recupera el oro para su posterior refinación. A través del circuito ADR, el oro es concentrado y separado para su posterior refinación. En paralelo, y debido a las características del yacimiento, parte de la solución atraviesa la planta SART, donde se recupera cobre en forma de concentrado, generando un subproducto comercial y optimizando la eficiencia del proceso general.
De esta manera, el recorrido del oro en Lindero se sostiene en una operación integrada, donde el monitoreo constante y la coordinación entre áreas permiten que cada etapa del proceso funcione de manera continua y segura.
"El principal recurso de la minería es la gente"
Desde hace ocho años, Leandro Licciardi forma parte de Mansfield Minera y llegó a la compañía durante el inicio de la operación de Mina Lindero. Como gerente de Administración de Campamento, su mirada está puesta en un aspecto central de la actividad minera: cómo acompañar a las personas que viven y trabajan en un entorno de altura.
La mirada de Licciardi pone el foco en un aspecto central de la actividad: detrás de la producción, los equipos y la infraestructura, está el principal recurso que tiene la minería: la gente.
"Nuestra función dentro de la administración es hacer que la gente realmente trabaje y viva en un lugar confortable, seguro y cómodo. Eso también ayuda a que la operación se sostenga", señaló.
En ese sentido, destacó los servicios que acompañan la vida cotidiana dentro del campamento. "De alguna manera acompañamos a que tu vida en sitio, dentro de lo que es una minera, sea lo más llevadera posible", explicó.
El compromiso está puesto en las personas. "Nos esforzamos día a día para que sientan a Mansfield como su segunda casa, como un hogar, y que cuando estén acá realmente su trabajo valga la pena", dijo.
Esa mirada integral se vincula con los tres ejes que, según Licciardi, sostienen la gestión: seguridad, vínculo con las comunidades y comunicación.
"Trabajamos por la obtención del mineral de una manera segura, por sobre todas las cosas. La seguridad es un punto que no se negocia: todos nuestros procedimientos y movimientos dentro de esta compañía tienen que tenerla como prioridad. Está ante todo", remarcó.
Otro de los ejes centrales es el vínculo con las comunidades. En ese sentido, destacó el trabajo articulado con Tolar Grande, por ser el anillo más cercano a la operación, y San Antonio de los Cobres, a través de proveedores, empleo y servicios, como parte de un nexo que buscan fortalecer de manera permanente.
Además, destacó la importancia de la comunicación interna como una herramienta fundamental. "Creo que la clave del éxito de esta gestión se debe por sobre todas las cosas a la comunicación, el respeto y el compañerismo", sostiene.
"Ante una necesidad de cualquier empleado de Mansfield Minera, para nosotros eso se transforma en un desafío. Vivir en un campamento significa que te escuchamos y que actuamos", finalizó.
La historia detrás del descubrimiento
Desde el mirador de mina, con la operación desplegada al fondo, Facundo Huidobro observa un paisaje que conoce desde hace más de dos décadas. Gerente de Relaciones Institucionales de Mansfield Minera SA, fue protagonista de una etapa clave en la historia del proyecto: los años de exploración que permitieron identificar el potencial del yacimiento que hoy es Mina Lindero.
"Lo que se ve al fondo son las diferentes caras que corresponden a los bancos de producción, que se van profundizando porque la mineralización de oro, plata y cobre continúa hacia abajo", describió.
La operación prevé avanzar hasta alcanzar unos 200 o 300 metros de profundidad, con una proyección de aproximadamente ocho o nueve años más de producción. En el proceso, el material mineralizado continúa hacia la zona de trituración, mientras que la roca estéril es separada y depositada en la escombrera.
La historia de Lindero comenzó mucho antes de la construcción de la mina. Durante los trabajos de exploración, el equipo buscaba nuevas oportunidades en una región con gran potencial geológico.
"En ese momento, junto con Jorge Kesting, necesitábamos tener una buena noticia después de tanto buscar. Uno de los pocos lugares que no habíamos revisado bien era este", relató.
La clave apareció al analizar el alineamiento geológico del salar de Arizaro con la orientación de Bajo La Lumbrera. Ese indicio llevó al equipo a recorrer la zona y, en 1999, encontrar nuevas evidencias de mineralización.
"Eran unas intrusiones raras, rocas que nunca habíamos visto, pero tenían muy buenas posibilidades. Cuando empezamos a analizarlas dieron contenido de oro, cobre, plata y algunos lantánidos", explicó.
En el año 2000 apareció el objetivo que daría origen a Lindero. "Empezamos a estudiar este lugar. Hoy me preguntaban por qué se llama Lindero. Fue una casualidad: un lugareño me dijo 'ese cerro es Lindero' y me gustó el nombre", recordó con emoción.
Con el avance de los estudios, los primeros muestreos y trabajos de exploración confirmaron que la mineralización tenía continuidad. Luego llegaron los estudios geofísicos y las campañas de perforación que permitieron conocer en profundidad el yacimiento.
"Antes de avanzar hacia la construcción hubo alrededor de 50 kilómetros de perforación para conocer en profundidad qué teníamos", finalizó Huidobro.