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Pocas postales son tan emotivas para los salteños como ver una formación ferroviaria cruzar el Valle de Lerma. Sin embargo, detrás de la nostalgia y de los encendidos discursos de inauguración, la realidad del Tren Urbano Campo Quijano – Salta es hoy una dolorosa radiografía de la desidia. Este proyecto, que nació con la promesa de unir eficientemente a la Ciudad de Salta con Cerrillos, Rosario de Lerma y Campo Quijano, representaba un potencial social enorme que lamentablemente amenaza con descarrilar definitivamente bajo el peso de problemas estructurales, fallas técnicas y la falta de inversión sostenida.
La brecha entre las promesas políticas y la realidad del pasajero diario es abismal. Tres factores exponen las razones por las cuales este servicio estratégico jamás logró funcionar como se esperaba:
1- La trampa de las frecuencias y los horarios: Un tren que aspira a competir con el sistema de colectivos (SAETA) o a aliviar el tránsito caótico de la Ruta 68, no puede operar bajo un esquema testimonial de apenas una o dos frecuencias diarias. Para el trabajador de Cerrillos o el estudiante de Quijano, si el tren no coincide con sus horarios obligatorios, deja de ser una opción real. Mientras el colectivo ofrece previsibilidad y flexibilidad, el tren quedó atrapado en una rigidez horaria insuficiente.
2- La infraestructura obsoleta: Lanzar un servicio sobre vías antiguas, con pasos a nivel clave que carecen de barreras automáticas y una infraestructura propensa a fallas técnicas, garantizó que las suspensiones del servicio se volvieran crónicas. El tren se convirtió en una lotería: el usuario común nunca tuvo la certeza de si ese día la formación saldría o si se quedaría a mitad de camino.
3- La falta de una política de Estado: Las marchas y contramarchas entre los fondos nacionales de Trenes Argentinos y la coordinación provincial demostraron que el tren se utilizó más como cotillón para una foto de campaña que como un plan serio de movilidad metropolitana a largo plazo.
Sin embargo, Salta necesita desesperadamente vías alternativas de conectividad para descomprimir sus rutas saturadas.
Este escenario viene a recordarnos, de manera tajante, que en el transporte público los parches no funcionan. Los habitantes del Valle de Lerma merecen un sistema digno, seguro y previsible; no un museo itinerante sobre rieles que opera solo cuando el clima, la burocracia o la suerte lo permiten.