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Frente a la crisis mundial hace falta un Estado fuerte

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Hoy, con la carrera electoral adelantada y en un clima de desconcierto, lo más importante es que impere la mesura. En los gobernantes, los opositores y, sobre todo, entre los ciudadanos. Con la grieta y la compulsión, el país no sólo no resolverá sus problemas, sino que verá amenazada su soberanía y la calidad de vida de la gente. La Argentina enfrenta un riesgo que excede la coyuntura política y económica: el riesgo de pérdida de soberanía en un mundo que se está reconfigurando de manera abrupta.

Esta advertencia, que parece ausente de la agenda política, surge de la constatación de que las grandes potencias están redefiniendo sus zonas de influencia en un contexto de tensiones crecientes, democracias debilitadas y mercados financieros en estado de alerta permanente. En este escenario, los países frágiles, endeudados o institucionalmente erosionados se vuelven territorios permeables. Y la Argentina, con su debilidad estructural, corre el riesgo de convertirse en uno de ellos.

China expande su influencia mediante infraestructura, créditos y control de recursos estratégicos. Estados Unidos redefine drásticamente su política exterior, con un acercamiento a la Rusia de Valdimir Putin mientras debilita a una Europa en plena crisis tecnológica, energética y económica. En este contexto, la Argentina aparece como un país vulnerable. Y esta vulnerabilidad pone en peligro a nuestra soberanía. Para sostenerla, la Argentina necesita algo más que un gobierno: necesita Estado.

La soberanía no se preserva con consignas ni con voluntarismo, sino con solidez estructural y una sociedad cohesionada. No basta con reclamar nuestros derechos en el Atlántico sur, porque lo que está en riesgo es todo el territorio nacional. En necesario fortalecer a las Fuerzas Armadas y a los sistemas de Inteligencia, adecuándolos a una época en que el manejo de la Inteligencia Artificial está en manos de empresas extranjeras, que intervienen en los sistemas de todos los países y logran influir en la opinión pública y en el ánimo colectivo, con recursos tecnológicos sobre los que hoy no tenemos ningún control.

Ese es el mundo contemporáneo, donde los límites de las naciones se vuelven difusos y donde, como en todas las anarquías, termina imponiéndose el que puede manejar el caos.

Basta con observar las violentas movilizaciones en España y Francia y el jaqueo de que son objeto otros países de Europa para obligarnos a repensar la soberanía en nuevos términos.

A esto se suma la amenaza latente del terrorismo antioccidental, que hoy convulsiona a Medio Oriente. La guerra entre Israel y EE. UU. contra Irán derivó en ataques a todos los países petroleros de la región y el bloqueo del estrecho de Ormuz. La consecuencia es un aumento del precio de los combustibles en todo el planeta. Es decir, el impacto de ese conflicto no es solo militar: desestabiliza mercados, altera rutas comerciales y genera incertidumbre financiera.

Al mismo tiempo, los analistas internacionales advierten un fenómeno combinado: endeudamiento récord, tasas altas, tensiones geopolíticas, desaceleración productiva y fragilidad bancaria, que podrían desembocar en un shock financiero global.

La Argentina enfrenta un mundo que se desordena y que presiona sobre los países débiles. La respuesta no puede ser el repliegue ni la improvisación. Por eso, debemos evaluar nuestras fortalezas y debilidades.

La democracia requiere un sistema político que produzca reglas estables, justicia independiente y políticas de Estado que sobrevivan a los gobiernos. Sin equilibrio macroeconómico, sin moneda confiable y sin previsibilidad, la Argentina quedará expuesta a cualquier turbulencia externa. Un país con salarios destruidos, informalidad creciente y pérdida de productividad es un país sin capacidad de decisión. Nuestra soberanía depende, entonces, de la reconstrucción de un Estado capaz de sostener las instituciones, la estabilidad general y la calidad de vida, porque, sin esos pilares, la soberanía se vuelve una palabra vacía. El desafío no es solo para el Gobierno: es para el país. Y es urgente.

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