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La economía argentina parece haber ingresado en una zona de incertidumbre donde conviven dos diagnósticos opuestos. Por un lado, el Gobierno destaca la baja de la inflación, el equilibrio fiscal y la recuperación de algunos sectores vinculados a la energía, la minería y las exportaciones. Por otro, numerosos indicadores de la economía cotidiana muestran un panorama más complejo: consumo debilitado, actividad industrial estancada, utilización de capacidad instalada relativamente baja y dificultades para que la mejora macroeconómica se traduzca en una reactivación perceptible para amplios sectores de la sociedad.
La principal señal de alerta surge de la microeconomía. Comercios, pymes industriales, construcción y otras actividades intensivas en empleo continúan mostrando dificultades para recuperar dinamismo. Las estadísticas recientes reflejan caídas o estancamiento en ramas centrales como la industria, el comercio y la construcción, mientras la utilización de la capacidad instalada industrial permanece por debajo del 60%, un nivel que rara vez estimula nuevas inversiones productivas.
Existen indicios preocupantes: desaceleración de la actividad, menor dinamismo del consumo, dificultades en la generación de empleo formal y expectativas empresariales moderadas. Incluso el presidente Javier Milei reconoció que el crecimiento no es el esperado y moderó las perspectivas para 2027. Luis Caputo, por su parte, admitió que la economía crece menos de lo previsto, aunque ambos rechazan la idea de una crisis comparable con las del pasado.
El contexto internacional no ayuda. El mundo atraviesa una etapa de crecimiento moderado, tasas de interés relativamente elevadas, tensiones geopolíticas y una fuerte competencia por atraer capitales. En ese escenario, los fondos internacionales privilegian proyectos de bajo riesgo y alta previsibilidad. Argentina no compite solamente contra su propia historia, sino contra países que ofrecen estabilidad institucional consolidada desde hace décadas.
Al mismo tiempo, persisten interrogantes sobre la sostenibilidad política del programa económico, la velocidad de las reformas estructurales y la capacidad de sostener en el tiempo el equilibrio fiscal y monetario.
La incertidumbre política y la incertidumbre económica se alimentan mutuamente. El sector privado teme que un eventual cambio de gobierno produzca cambios en las reglas de juego y revierta las reformas recientes. La comparación entre el modelo libertario y el modelo kirchnerista no admite simplificaciones.
El kirchnerismo puede exhibir períodos de crecimiento del empleo, expansión del Estado y de programas sociales. Pero aún pesa el recuerdo de la inflación crónica, el déficit fiscal, los subsidios crecientes, el sistemático desvío de fondos públicos, la adulteración de los datos del INDEC, el endeudamiento y el cepo cambiario.
El modelo libertario, por su parte, ha logrado avances significativos en materia de reducción de la inflación, equilibrio fiscal y corrección de desequilibrios macroeconómicos. Sin embargo, enfrenta el desafío de demostrar que esos logros pueden coexistir con crecimiento sostenido, expansión del empleo formal, recuperación industrial y mejora del ingreso real de la población.
La verdadera discusión, entonces, debería centrarse en cómo resolver simultáneamente tres problemas históricos de la Argentina: estabilidad monetaria, crecimiento productivo e inclusión social.
La realidad social argentina ha cambiado profundamente en los últimos cincuenta años. Ningún gobierno ha logrado recomponer plenamente el poder adquisitivo de los salarios ni los niveles de igualdad distributiva que caracterizaron al país antes de la crisis abierta en la década de 1970. Las crisis recurrentes fueron erosionando los ingresos reales, ampliando la informalidad laboral y consolidando una pobreza que dejó de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un rasgo persistente.
En estos días, el clima preelectoral altera tanto al oficialismo como a la oposición. Un gesto de madurez política consistiría en comprender que la sociedad sigue esperando una síntesis capaz de combinar estabilidad, inversión, empleo y movilidad social. A fin de cuentas, la discusión de fondo no es quién tiene razón sobre el pasado, sino quién puede ofrecer una respuesta sostenible para el futuro.