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Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina, dependiente de la Universidad Católica Argentina, detalla los ingresos mínimos que necesita un hogar para ubicarse en cada estrato social. Para integrar el 3% más rico se requieren al menos $30 millones mensuales, mientras que $800.000 marca el límite entre el segmento bajo no indigente y la pobreza extrema.
Tras la salida de la convertibilidad se consolidó en Argentina una matriz social profundamente heterogénea que persiste hasta la actualidad, con importantes brechas tanto en ingresos como en acceso a oportunidades entre los distintos niveles socioeconómicos.
En ese contexto, el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) presentó un informe que describe la situación de los hogares según el lugar que ocupan en la pirámide social. En el tercio superior se configura un estrato de clases medias-altas y altas plenamente integrado a los circuitos formales, globalizados y de alta productividad. Se trata de un segmento con acceso estable a bienes públicos de calidad, capacidad de ahorro, inversión en capital humano y redes de oportunidad, además de la posibilidad de proyectar decisiones económicas a largo plazo.
En términos de ingresos, para formar parte del 3% de mayores recursos el hogar debe percibir al menos $30 millones mensuales. Luego se ubica el 7% correspondiente a la clase media alta, con ingresos desde $15 millones. A continuación aparece el 20% de sectores medios integrados, cuyo piso se sitúa en $5 millones.
En el tercio intermedio se concentra una amplia clase media y media baja aspiracional, sostenida por inserciones laborales formales y semiformalizadas, cuya estabilidad depende críticamente del ciclo económico. Este grupo acumula expectativas de movilidad, pero enfrenta frustración, incertidumbre y desconfianza política ante la recurrencia de crisis macroeconómicas, la volatilidad del ingreso real y el deterioro de bienes públicos clave.
Para integrar el 20% del estrato medio aspiracional se requieren ingresos mínimos de $3.500.000 mensuales, mientras que el segmento medio bajo vulnerable necesita al menos $2 millones.
En el tercio inferior de la distribución se agrupa una población inserta en trabajos informales, inestables o de mera subsistencia, condicionada por un entramado de baja productividad, menor nivel educativo acumulado, fragilidad laboral y fuerte dependencia de asistencia estatal. El ODSA advierte que la debilidad de los ingresos provenientes del trabajo dificulta romper el círculo de la pobreza y perpetúa situaciones de exclusión económica, social y territorial.
Según el informe, el 20% que integra el segmento bajo no indigente necesita contar con ingresos de al menos $800.000. Esa misma cifra funciona, a la vez, como el límite máximo para el 10% que se encuentra en situación de pobreza extrema.
En relación con este último segmento, el estudio sostiene que las medidas de liberalización aplicadas entre 2023 y 2024 profundizaron la crisis previa. Sin embargo, hacia el segundo semestre de 2024 la estabilización macroeconómica y una recuperación parcial de los ingresos comenzaron a moderar las tasas de pobreza e indigencia.
No obstante, el ODSA observa que la mejora registrada en los indicadores sociales durante el período 2023-2025 se vincula principalmente con la desaceleración inflacionaria, más que con una recomposición genuina del poder adquisitivo o un aumento sostenido de la capacidad de consumo de los hogares.
El informe también analiza el escenario actual y plantea que el régimen libertario abre la posibilidad de dinamizar sectores competitivos, atraer inversión y reordenar incentivos que podrían elevar la productividad y habilitar nuevas trayectorias de movilidad social.
Sin embargo, advierte que sus límites aparecen en la falta de mecanismos inclusivos de transición y en la desarticulación del entramado productivo existente, lo que podría profundizar la informalidad y la pobreza estructural si no se acompaña de una estrategia capaz de generar empleos formales y políticas activas de integración territorial y fortalecimiento del capital humano.
Finalmente, el ODSA considera que sin una estrategia explícita de inversión, tanto interna como externa, orientada a expandir el tejido pyme, profesionalizar la economía informal y fortalecer el capital humano, la estabilización macroeconómica podría derivar en un orden social más desigual, con menor movilidad ascendente, mayor fragmentación y una sociedad marcada por la supervivencia más que integrada por oportunidades.