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Crímenes entre escolares: el Estado debe actuar sin demoras

Domingo, 05 de abril de 2026 01:25
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El alumno santafesino que, en su escuela, asesinó a un compañero e hirió a otros dos, no siguió atacando al resto de los chicos como parecía ser su plan, porque el portero y otro alumno lo redujeron. Estamos ante un síntoma trágico de lo que viene ocurriendo en nuestra sociedad. Más allá de las versiones y las especulaciones que genera un episodio tan violento, ocurrido justamente en el lugar de contención por excelencia, como es la escuela, lo más importante es prestar atención a lo que sugieran psicopedagogos, psicólogos, psiquiatras y docentes.

Es muy claro que G.C. de 15 años, cometió un crimen planificado, y que estaba dispuesto a realizar una masacre. Probablemente, la Justicia deba declararlo inimputable debido a que aún no está vigente la nueva legislación penal juvenil. Algo es evidente: ese día, este adolescente decidió ir a la escuela dispuesto a convertirse en un criminal serial. Y por lo que informan los testigos y allegados, era plenamente consciente de sus actos y actuaba sin rencores ni reproches morales.

Dejarlo impune y librado a su suerte hablaría muy mal de las instituciones argentinas y pondría a la sociedad en estado de indefensión.

Pero el hecho en sí mismo es un desafío a los gobiernos. La tragedia de San Cristóbal no es una excepción, sino que se encadena con muchos otros episodios de violencia en el seno de las escuelas, que siempre son un reflejo de lo que ocurre en la sociedad.

Cuando existen conflictos previos, pueden nacer de rivalidades entre grupos o tratarse de acoso severo y en grupos hacia un compañero vulnerable (bullying), que va acumulando odio y lo descarga sorpresiva y brutalmente. No parece ser este el caso de GS.

Otro factor probado es que muchos alumnos tienen acceso a las armas. El joven de San Cristóbal usó la escopeta del abuelo.

En 2004, en Carmen de Patagones, un alumno de 15 años mató a tres compañeros e hirió a cinco con el arma de su padre. En el año 2000, en Rafael Calzada, en el conurbano sur, un joven de 19 años mató a un compañero tras sufrir acoso escolar. El año pasado, en Mendoza, una alumna de 14 años llevó una pistola 9 mm de su padre (policía) a la escuela, realizó disparos al aire y se atrincheró durante cinco horas, sin causar heridos.

Los hechos violentos son diversos y se multiplican.

Hace pocos días, en una escuela de Salta, un joven fue a clases armado con un machete que escondía en la mochila, dispuesto a usarlo en una posible pelea barrial. Y no se debe ignorar que son muchos y frecuentes los episodios similares ocurridos desde hace tiempo en escuelas de diversos puntos del país, donde se registraron peleas entre chicos y chicas con armas de puño, sin que falten grescas de las que participan los alumnos y sus padres y madres, que concluyen muchas veces en ataques a los docentes.

Probablemente influyen las tensiones que se viven en los hogares y en los barrios, muchas veces fruto de la pobreza que obliga a ambos padres a ausentarse, o por la fractura familiar; ese clima obliga a los menores a crecer luchando por la supervivencia y los pone a la defensiva.

Esa actitud, explica lo que parece inexplicable, porque la alteración de la salud mental y la aparente ausencia de sentimientos y de conciencia moral también son el resultado de una sociedad cuya calidad de vida viene deteriorándose durante décadas sin que los gobiernos ni las instituciones se hagan cargo eficientemente del tema. Un tema crucial, que no aparece en las estadísticas de la Encuesta Permanente de Hogares pero que compromete al futuro del país.

Un desafío lacerante pero insoslayable.

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